Hace cinco décadas se intenta resolver el misterio

Un dron da nuevas pistas sobre el pasado de las culturas amazónicas

Con un dron, arqueólogos retrataron las pinturas rupestres del río Orinoco con un detalle inédito. Sus hallazgos podrían responder a la pregunta sobre la forma como se relacionaron las comunidades amazónicas con otras culturas prehispánicas.

El bajo nivel del Orinoco permitió a los investigadores ver grabados en piedras desconocidos hasta la fecha. / UCL

El río Orinoco nace en Venezuela, en el estado de Amazonas, y hace de frontera con Colombia cuando se junta con el río Guaviare hasta el río Meta, muy cerca de Puerto Carreño, capital del Vichada. Aunque la mayoría es navegable, hay un punto en donde se vuelve imposible por la fuerza y velocidad de la corriente: los rápidos de Atures. Gracias al testimonio de viajeros como el geógrafo alemán Alexander von Humboldt, hoy sabemos que allí se encuentran algunos de los grabados y pinturas rupestres más grandes y numerosos de Suramérica. Son por lo menos cien. Algunos de treinta metros de largo. Otros tienen apenas unos centímetros.

En febrero de 2016, un equipo del Instituto de Arqueología de la Universidad College de Londres (UCL) fue a esa área y se llevó una sorpresa. Gracias al fenómeno de El Niño, catalogado entonces como uno de los más agresivos, descubrieron grabados nunca antes documentados. El río Orinoco había alcanzado su cauce mínimo en una década y sus hallazgos parecían confirmar una sospecha que tenían los investigadores desde hace más de 50 años: la zona de los rápidos de Atures fue, probablemente, uno de los “centros” de interacción de quienes habitaron el río Guaviare (llamado Negro en Venezuela y Brasil), la Amazonia, las Guayanas y los Llanos venezolanos y colombianos.

Una panorámica de los Rápidos de Antures. /UCL

“En 2015, cuando fuimos por primera vez, fue imposible ver la mayoría de los petroglifos por la fuerza de la corriente de los rápidos. Al otro año, El Niño nos reveló mucho más”, dice Philip Riris, arqueólogo de la UCL que trabaja con culturas precolombinas latinoamericanas desde 2007. Él es uno de los investigadores de la iniciativa, llamada formalmente Proyecto de Arqueología Reflexiva de la Isla de Cotúa-Orinoco y creada para entender cómo se conectaron tantas regiones distantes entre sí durante los dos milenios anteriores a la colonización española.

En los últimos tres años, el equipo de arqueólogos que conforman el proyecto ha pasado casi cuatro meses y medio en Venezuela haciendo trabajo de campo y el resto del tiempo en laboratorios de la UCL tratando de determinar la edad de ciertas piedras con pruebas de carbono o documentándose para saber exactamente dónde buscar. Los resultados de esas investigaciones aparecieron por primera vez en la revista Antiquity.

¿Cómo lograron los arqueólogos hacer uno de los retratos más fieles del arte rupestre en Suramérica? Un dron Phantom 2 Vision, que los arqueólogos de todo el mundo han incorporado a sus investigaciones desde 2014, fue la solución para capturar los grabados hechos en rocas de más de diez metros de altura, lisas y casi imposibles de escalar. Gracias a este dispositivo tomaron imágenes en alta resolución y mapearon la textura para poder registrar la técnica en la que habían sido hechas.

Encontramos dibujos de pulidores de hachas que nunca habíamos visto. En la isla Picure vimos 56 y otros 93 motivos entre figuras humanas, geométricas, puntos, dibujos de herramientas. Por fin pudimos determinar que hay ocho grupos principales de arte rupestre en los rápidos y 209 muestras, entre grabados y pinturas”, explica Riri.

Pero, aunque lograron documentar pinturas que en 200 años nunca habían registrado, necesitan mucha más información para determinar el lugar de este punto geográfico en la historia de las culturas indígenas. “Yo sugiero que los grabados revelan que hubo normas y valores compartidos a lo largo del río Negro, las Guayanas y el Orinoco. Los rápidos de Atures tienen una alta concentración de pintura rupestre, lo que sugiere que fueron muy importantes en el pasado”, dice Riri.

Para este arqueólogo, las imágenes son tantas y tan diversas que ha sido complicado determinar cuándo se hicieron. “Las figuras circulares, por ejemplo, tienen entre 8.532 y 7.836 años de antigüedad. Las líneas datan del año 2500 al 700 a.C. Son distintas. También encontramos, tanto en excavaciones en zonas de la Amazonia como aquí, rosarios y cruces de cerámica. La autoría, como la edad, suele ser muy difícil de determinar con el arte rupestre grabado y pintado”.

En el caso de los grabados “modernos”, por ejemplo, las cruces cristianas o la escritura en el alfabeto latino, es relativamente claro que se hicieron después del contacto europeo con las Américas (1492 d.C.). En el trabajo de campo encontraron una gran cruz grabada al lado de otras siete figuras que podrían datar del siglo XVI.

Una de las imágenes que los científicos vieron con el dron./ Philip Riris - UCL

Una de las imágenes captadas por el dron. /UCL

Sin embargo, eso no fue lo que más les llamó la atención. El grabado de una figura masculina tocando flauta resaltaba entre las 209 figuras que encontraron los investigadores. El mismo flautista había sido visto por sus colegas a lo largo de 50 años de investigación en las cuencas del alto río Negro, en Vaupés, la Amazonia colombiana, y en el río Isana, en Brasil. Sólo podía referir al complejo mito del Yuruparý.

“Esta práctica ha sido ampliamente documentada por antropólogos en muchos lugares de Brasil y Colombia. En el estado de Amazonas, por ejemplo, los piasoras practican una variación del Yuruparý llamado Warime. En 2012, arqueólogos brasileños identificaron grabados posiblemente relacionados con estos rituales en la región de río Negro, y creo que el flautista en los grabados de Atures puede reflejar esto también. Si bien es posible que estas comunidades nunca se hayan conectado directamente, la arqueología sugiere que las culturas muy separadas en el espacio tenían formas similares de expresar ideas sobre el mundo”, explica Riri.

Según el arqueólogo venezolano Alexander Mansutti, “esos ritos son estacionales, masculinos, y su objetivo es proteger la unidad familiar, garantizar una producción agrícola prolífica y restablecer el orden cosmológico”. El flautista del panel es único porque se puede vincular a prácticas indígenas que aún hoy sobreviven y que además demuestran que quienes las hicieron conocían los ciclos del río.

¿Cómo responde esto a la pregunta sobre quiénes éramos antes de la llegada de los españoles? Mientras que las similitudes en los estilos del arte rupestre del Orinoco y la Amazonia están ya documentadas desde hace más de 30 años por varios investigadores, esta es la primera vez que se pueden establecer relaciones en términos de creencias indígenas y sus variaciones. Incluso se puede hablar de prácticas compartidas.

Sin embargo, pese a que ya hay pistas claras que permiten sacar conclusiones, este es apenas el inicio de un largo camino de investigaciones y descubrimientos. Riri lo resume de manera concreta: “La diversidad de motivos en los grabados y el flautista mismo son prueba de la centralidad del Orinoco Medio. Pero aunque los ‘estilos gráficos’ sean parecidos, nos queda pendiente vincular las regiones vecinas a los rápidos a través de análisis más serios, como modelados 3D o análisis de carbono. El Orinoco Medio es una región históricamente poco estudiada de Suramérica. Nuestro trabajo es una pequeña parte de este rompecabezas”.

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