0-0 (Cuento)

Los dos lloramos como niños inconsolables o plañideras en pleno entierro. Y tosemos también. Y, llevados por la sincera solidaridad que genera la desgracia, nos hemos cobijado el uno, bajo el brazo del otro. Yo llevo una vieja pañoleta doblada sobre la nariz y la boca; Gerardo, un grueso suéter de algodón que además le cubre buena parte de la cabeza.

Cortesía

La leche y el bicarbonato de sodio que me apliqué en la cara, no han servido de mucho frente a la andanada de granadas lacrimógenas de los antidisturbios. El mero hecho de respirar es una tortura; mis mucosas nasales están en llamas, la garganta me pica cual si acabara de tragar chile, y un podrido sabor acre se expande dentro de mi boca, inaguantable, semejándose a una amarga bola de billar, dura y brillante, que se hubiera instalado en ella y se negara a ser tragada. La saliva ha desaparecido. Una certeza angustiosa expelen, ahora, las papilas gustativas. No me puedo quejar, siempre quise ser corresponsal de guerra, y esto, este momento, se le parece bastante. Digamos que se trata de un simple acto de masoquismo informativo.

Gerardo y yo nos encontramos por accidente, detrás de la misma patrulla, despanzurrada, patas arriba y humeante, detrás de la cual se guarecen ahora más estudiantes que intentan, en vano, repeler la embestida del escuadrón de antimotines. Parece una enorme bestia de hojalata víctima de un desinteresado cazador. Un laguito de aceite y gasolina se ha expandido a su alrededor. En cuestión de tiempo podríamos volar en mil pedazos. Pero, como dicen, son “los gajes del oficio” y, de una u otra forma, estaba escrito que yo terminara allí, haciéndole quite al destino.

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A nuestro alrededor suena todo un concierto de gritos, arengas, madrazos, tiros apagados de las balas de goma, y bombazos huecos de balas de gas; además de las explosiones secas de los petardos artesanales de los revoltosos que, aparentemente, vienen hoy de varias universidades…

Lo único cierto es que ya son varios los heridos, los detenidos y los vehículos destrozados, como este, detrás del cual Gerardo y yo intentamos consolarnos frente a la inminencia de la debacle. Pobres, tristes, tontos soñadores. No se supone que hubiera terminado así, por lo menos no esta vez. Lo único que habíamos planeado originalmente, Gerardo y yo, para una crónica a publicarse en mi periódico, era un partido de fútbol entre los estudiantes de la Distrital y los del escuadrón de antimotines de la Policía.

Contrario a su tradición, Gerardo no se encargaría de preparar la pedrea del día, con el coctel de explosivos y vandalismo de siempre, sino de escoger a los mejores jugadores de microfútbol de cada facultad y enfrentarlos a los uniformados, a dos tiempos de media hora cada uno. Yo haría lo propio a través de la Oficina de prensa de la Policía. Pero, todo parece indicar que la información se filtró a otras facciones más intolerantes,  y la universidad, una vez más, está en llamas, en el día y hora fijados para el cotejo futbolístico.

Gerardo me había asegurado que ellos cumplirían, que todo estaba listo, pero al parecer, no todo estaba bajo el control del máximo cabecilla estudiantil, que todos admiran como la reencarnación bajita, crespa y cabezona del Ché Guevara. Lamentable, habida cuenta de que Gerardo es un agitador profesional, y que si alguien maneja las piolas de las pseudo-revoluciones universitarias, es él. Y no solo aquí, sino también en las universidades Nacional y Pedagógica.

No obstante su Phd. como revoltoso, ahora solo me mira desconcertado, con sus ojos diminutos y brillantes, como de rata, ya completamente rojos y anegados, y me grita que lo siente, pero que no tiene ni idea qué pasó.

Yo le palmeo la espalda y toso a mi vez, y le respondo asintiendo con la cabeza y mirándolo también con ojos vidriosos y frustrados, porque, de verdad, creí en su palabra. Veníamos a narrar goles, no a contar heridos o presos, si hasta mi fotógrafo tuvo que ser llevado a un hospital luego de una pedrada que recibió en plena frente. Yo sigo aquí, porque para eso se me paga, esto también es una noticia. Una mala, pésima noticia, pero, al fin y al cabo, una con mucho valor periodístico.

Alguien grita algo con voz ahogada, levanto la mirada y un muchachito escuálido, del malogrado equipo de Gerardo, en camiseta roja, y con pasamontañas de lana negra, corre hacia nosotros con un coctel molotov listo en la mano. Quizá fue demasiado tentar la suerte esta vez, quizá debí conformarme con mirar de lejos y no meterme en este maremágnum de adrenalina, humo e insensatez, pero ya es demasiado tarde. Si algo de ese líquido nos alcanza, estamos jodidos.

El tipo corre un par de metros más, pero se detiene de golpe. Más bien, algo lo detiene de golpe. Suena un disparo, una única y seca detonación de arma de fuego, y el tipo se arquea hacia atrás y cae. Cuando botella y cuerpo tocan el suelo, queda envuelto en una llamarada azul, que se aviva rápidamente y lo envuelve en una fracción de segundo. Afortunadamente, para nosotros, todavía lejos.

A pesar de la sorpresa y la brutalidad de la escena, Gerardo y yo corremos en su auxilio, me quito el chaleco de prensa y azoto al pobre tipo con él, para tratar de apagar las llamas, aunque es muy difícil, porque no para de rodar por el piso desesperado y aullando de dolor. Gerardo trata de ayudar con  el saco que llevaba en la cabeza, pero un par de antimotines ya le ha saltado encima.

Entre tanto, sigo en mi lucha contra las llamas, pero es demasiado tarde, el quemado ha dejado de moverse, aunque las llamas siguen consumiéndolo, como todo a nuestro alrededor.

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Jimmy Arias

Cultura

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