Las 1280 almas y su liturgia de parque

Porque no podemos no sentir. Porque no podemos no escuchar. Eso nos dijimos al unísono. Sin hablar y sin saberlo.

Percibiendo los olores del entendimiento, con sus vahos de encuentro y los efluvios de rito. "Serán lo que deben ser, y sino no serán nada", nos dijo con certeza alguien mientras se apartaba para que emprendiéramos el camino de descenso. Discutimos: ¿San Martín con su eterno apotegma, el brusco clarividente Cerbero, el postrero, malo y bruto Jim Thompson o el traficante de sueños en jornal? No bien relamíamos las peregrinas opciones, nos encontramos de frente y por oídas con los hábitos de un ritmo insinuante, oscuro y redentor. Imaginen un templo ancho, alto y acaracolado, con emblemas de tierra y fuego vindicando el ocaso. En los costados, vertiginosos y hábiles monaguillos atentos a las equivalencias entre la gravitación y el recuerdo. En el centro, consanguíneos artefactos determinando voces, formas y tiempos. En la convergencia, unos trepidantes entes amasando vida y destino, usos e infamias, saturación y monotonía, caos y nada. En derredor, una abigarrada feligresía, grave y pura, germinando en un diluvio encantado, atroz y alucinante. Y un velo gaseoso cubriendo las súplicas en revoloteo, en nombre de un eterno regreso de lo imposible, trágico y libre.

Avanzamos por entre esa turba transida de gozo, seguros de que así procede el tránsito hacia la revelación: en un ir y venir del ocio al horror. Y Consumamos el sonido con sus muecas, contoneos, pesadumbres y relatos. La historia de los pocos se hizo música. Machacado con vigor insolente el peso sórdido de las realidades se transmutó en canto. Se defendió. Mostró los colmillos. Exhibió las heridas. Se incorporó al viento. Se fatigó en salmo. La comprensión nos oscilaba. La edad toda se agitaba. Se nos aliviaron las almas. Bienaventurados los que escucharon. Unos después de otros. Benditos. Salimos. Alabados.

 

Jimmy Fortuna y Henry Forero/ Docentes UIS.

 

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