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1984 (Clásicos)

En medio de las balas, del odio, de las mentiras, del miedo y la traición, la lástima, la astucia, y de todos los horrores que vivió y soportó y padeció cuando decidió ir a combatir en la Guerra Civil Española, George Orwell comprendió que el mundo se dirigía hacia el más atroz de los totalitarismos, sin que importara mucho si eran de derecha o de izquierda.

Cortesía

Stalin era totalitario, y Hitler, y Franco, y Mussolini, y sus áulicos, y sus subalternos también. Cada uno de ellos, pintado de rojo o de azul o de negro o de verde, pretendía que el mundo girara alrededor de sus ideas, y sobre todo, de sus órdenes. La guerra era la paz. La libertad era la esclavitud. La ignorancia era la fuerza, para unos y para otros, como lo escribió en 1984, doce años después de que hubiera regresado a Londres. El objetivo de todos era el poder. ¿Para qué? Para el poder. ¿Cómo? De cualquier manera, con todas las armas, sin códigos ni principios, sin ninguna clase de respeto por el ser humano y por lo humano.

“La guerra de España y otros acontecimientos ocurridos en 1936-1937 cambiaron las cosas, y desde entonces supe dónde me encontraba. Cada línea en serio que he escrito desde 1936 ha sido escrita, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático como yo lo entiendo”, escribió en 1946. En Huesca, Orwell conoció lo más abyecto del ser humano y lo más sublime también. Sintió la muerte de cerca. Conversó con ella. La desafió. Y al mismo tiempo, celebró la vida y la vida de sus compañeros. “Al llegar a Barcelona -según un texto de Andrés Ortega publicado en El País de España en 1981- Orwell se dirigió rápidamente a la oficina del ILP, se enroló en la milicia del POUM y salió para el frente. Lo que a Orwell le ocurrió en España es sobradamente conocido. Todos los testigos están de acuerdo en que Orwell no tenía miedo y llegaba a arriesgar su vida por coger un saco de patatas ante los tiros del enemigo. Era un valiente, pero tenía fobia a las ratas”.

Una de aquellas noches, se despertó por una rata que merodeaba por su habitación. Fastidiado, y más que fastidiado, perturbado, sacó su fusil y le pegó un tiro. El sonido del disparo levantó a su contingente y alertó al enemigo. Todo el mundo empezó a disparar y a gritar. Pasados algunos minutos, unos y otros comprendieron que no había ataques declarados y continuaron con sus rutinas. Meses más tarde, en medio de otro combate, pocos minutos después de haberles contado a sus compañeros cómo eran las noches en los burdeles de París, una bala le atravesó el cuello. Luego del terror, de las curaciones, de sus debates internos, que oscilaban entre seguir en la lucha o devolverse, pues en últimas, uno más o uno menos no iba a marcar la diferencia, decidió regresar a Londres. Hastiado de las mentiras que publicaban los periódicos, de cómo poco a poco se iba tergiversando la historia, comprendió que la historia era, sería y había sido lo que se escribiera sobre ella. Por eso se fue.

Se fue a escribir su historia, o mejor, la historia como él la había visto, aunque por años no escribiera una sola palabra. Realidad, ficción, futuro. Terror, dominación, poder. Mentira, muerte, opresión. Vigilancia, persecución, paranoia. Orwell escribió. Y escribió con rabia y con miedo y con frialdad. Se sentía parte de las izquierdas disidentes del mundo, y lucharía hasta morir por ellas. Por aquello que llamó socialismo democrático. Del otro lado de la calle estaban todos los totalitarismos. Los de la izquierda de los laboristas en Inglaterra y los de Stalin, que abogaban por los trabajadores y citaban a Marx, y luchaban contra el capitalismo, pero sólo en sus discursos. En la realidad eran iguales que los fascistas. Aniquiladores de la libertad por defender a sangre y fuego su libertad. Y que cayeran todos los que no pensaran y actuaran como ellos. Su único interés, como decía en 1984, era el poder. El poder por el poder. Y para obtenerlo, había que vaciar a los seres humanos. Vaciarlos del todo y llenarlos luego con lo que ellos quisieran. 

Ellos, los dominadores. Ellos, los gobernantes. Ellos, la cofradía del Hermano Mayor, que para dominar al pueblo, a los “proles”, habían dispuesto cámaras en todos lados para vigilarlos. Cámaras, y el día del odio. Y el ministerio del amor, que promovía el odio. Y el de la paz, que incitaba, obligaba a la guerra. Y el de la verdad, que mentía, que eliminaba el pasado y lo acomodaba a su antojo y según sus intereses. Eran el odio y la guerra y la mentira sus armas más poderosas, a las que disfrazaban de amor, de paz y de verdad. Orwell, que en realidad se llamaba Eric Arthur Blair y había nacido el 25 de unió de junio en Motihari, Bengala, fue toda su vida un iluso al que el mundo había decepcionado. Un optimista que acabó convirtiéndose en uno de los mayores pesimistas de su tiempo. En la guerra, y antes y después, se sintió traicionado. Engañado. De la traición y el engaño, de su fe en los hombres, pasó a la rabia y al odio. En 1946, confesó que en su novela “Rebelión en la granja”, había intentado fusionar “En un todo la intención  política y artística”.

“Llevo siete años sin escribir una novela -decía-, aunque espero redactar una muy pronto. Seguro que será un fracaso, como todos los libros, pero veo con bastante claridad el libro que quiero escribir”. Cuando 1984 salió a las librerías,  varios críticos y lectores y políticos y adeptos al capitalismo relacionaron al Gran Hermano con Iosef Stalin, y a Goldsmith, el líder de la oposición, un hombre que jamás se supo si existió o no, con León Trotski. Eran los tiempos del Macarthysmo en los Estados Unidos, y decir Macarhyismo era decir anticomunismo. Persecución a los comunistas, cacería de brujas, que cayeran mil inocentes con tal de que declararan culpable a uno. 1984 fue una especie de Biblia contra todo aquello, pero fue interpretada como un apoyo a la guerra contra el comunismo. Al capitalista medio bien poco le importaban Trotski o Stalin o sus diferencias. Le importaba arrasar con todo lo que oliera y pareciera comunista, hasta el punto de que aquel odio, que en realidad era pánico, le dio inicio a los pavorosos tiempos de la Guerra Fría.   

Orwell era enemigo de todos los totalitarismos. Los de izquierda, los de derecha y los del centro. Los de todos los colores. Bien poco le importaban los nombres de quien oprimiera. Lo desvelaba la opresión. Creía en la literatura y el arte como las únicas maneras de vencer las imposiciones, y consideraba que el hombre del pueblo era aquel que podría sublevarse algún día y cambiar el estado de las cosas. Cuando murió, en 1950, su sueño era solo eso: una quimera. El capitalismo de Occidente y el comunismo de Stalin eran las dos fuerzas más grandes y opuestas del mundo. El ejercicio del poder, las prebendas que de él se desprendían, el despotismo que acarreaba, crecían día tras día. El hombre buscaba el poder, sólo eso. No tenía un objetivo de progreso. Y si lo llamaba progreso, era para engañar a los proles, como lo consignó en su novela. Por el poder, para el poder, había que vigilar, oprimir y lavarle el cerebro al pueblo. Por el poder había que llevar a la gente a un estado de insensibilidad y de estupidez.

Por el poder y para el poder, había que transformar el lenguaje, quitarle todo tipo de rasgo que llevara al hablante a un pasado. Simplificarlo para que no hubiera reminiscencias. Volverlo burdo, incluso, y así, contar de nuevo la historia, como la contaron en aquellos años desde un lado y desde el otro, y como la siguieron contando después, con la invaluable colaboración de los nuevos inventos: primero, la televisión y la radio. Luego, internet y sus derivados.  De una manera u otra, con unas armas o con otras, el mundo de 1984 fue mucho más allá de 1984. La guerra siguió siendo la paz, y la libertad la esclavitud, y la ignorancia, la fuerza.  

 

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Fernando Araújo Vélez

Cultura

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