A 60 años de la publicación de Pedro Páramo

En abril de 1955 Juan Rulfo comenzó a escribir su novela Pedro Páramo, una de las más emblemáticas de la historia literaria latinoamericana.

Juan Rulfo

Se cumplen 60 años de la publicación de la extraordinaria novela del escritor mexicano Juan Rulfo, Pedro Páramo, una novela que fue considerada, no sin razón, por Jorge Luis Borges como una de las grandes novelas de la literatura universal y que le provocó a García Márquez la mayor y más honda impresión después de La metamorfosis de Kafka, como lo declaró alguna vez. Es una novela que narra el regreso de Juan Preciado a Comala por la solicitud que le hace su madre en su lecho de muerte para que le reclame a su padre Pedro Páramo, que fue una vez un poderoso jefe del pueblo, lo que le pertenece. Sin embargo, cuando llega se encuentra que un pueblo desierto y vacío en el que todos sus antiguos habitantes han muerto.


Algunos murieron por causas naturales como el abuelo de Pedro Páramo, Bartolomé San Juan; Susana San Juan, mujer a la que siempre piensa Pedro Páramo, y Dorotea. Otros murieron en accidentes como Miguel Páramo, hermano de Pedro, al caer de su caballo “Colorado” cuando iba de camino hacia Contla; otros se suicidaron como Eduviges Dyada; otros murieron ejecutados por participar en una conspiración como Toribio Aldrete; y otros murieron asesinados como Fulgor Sedano, que recibió un disparo por la espalda de un grupo de revolucionarios mientras corría huyendo, y Damiana Crisneros, que fue apuñalada por Abundio Martínez, quien se encontraba en estado de embriaguez o como el propio Pedro Páramo que también fue apuñalado por Abundio que era su hijo ilegítimo y que muere poco después también llevado por el fantasma de Damiana.


Este relato sobrecogedor solo lo podía escribir un escritor mexicano, un escritor marcado en su espíritu desde su nacimiento por el significado de la gran fiesta nacional del día de los difuntos que los mexicanos celebran el 2 de noviembre de cada año. La inmensa mayoría cree que ese día los espíritus de sus familiares y seres queridos fallecidos regresan a su casa o al lugar donde nacieron, crecieron y vivieron para visitarlos, para reunirse con ellos de nuevo. Y para recibirlos con todo el amor y cariño que se merecen, se disfrazan, preparan una gran variedad de dulces en forma de calaveras y de sus mejores platos de comida para festejar; fiesta que hacen pensando que esos espíritus están ahí presentes y “vivos” a su lado. Por eso, ese día los mexicanos no lloran a sus muertos sino al contrario celebran el regreso a sus vidas; regreso efímero que, sin embargo, constituye la prueba suprema de que los vivos siempre están unidos e integrados a los muertos festejando la vida misma como bien supremo.

Juan Rulfo en su novela invierte radicalmente este proceso, en esto radica una de las claves de su originalidad. No son ahora los espíritus de los muertos los que regresan a su casa o al sitio natural en el que transcurrieron sus vidas sino que al contrario son los vivos, en este caso Juan Preciado, los que vuelven a ese lugar en el que nacieron. Pero al regresar no encuentra a otras personas vivas sino solo un lugar desierto y vacío habitado por el “espíritu” de los muertos que un día en el pasado lo habitaron y vivieron en él, espíritus que se manifiestan en voces y murmullos que lo espantan tanto que le provocan su muerte, muerte en la que finalmente se reúne con ellos.

García Márquez en su gran novela Cien años de soledad adopta la función y el significado de este lugar al presentar la gran casa de la familia Buendía en Macondo como el lugar en el que no solo todos sus miembros, sin excepción, nacieron y pasaron sus vidas o parte de ellas sino también en el que todos murieron; algunos como los padres fundadores de la dinastía, José Arcadio Buendía y su esposa Úrsula, murieron en ella sin nunca haberla abandonado; otros como José Arcadio Buendía, hijo que murió lejos de la casa, pero que, sin embargo, la sangre de su cadáver recorrió todas las calles empolvadas de la aldea para regresar a ella y quedarse para siempre ahí como su última morada. Así, entonces, la casa de Macondo fue el lugar que unificó a todos los miembros de la familia en sus vidas y sus muertes; al final, como en el pueblo de Comala de la novela de Rulfo, todos los que algunos nacieron y vivieron en ella mueren en su seno; y así se reúnen de nuevo para prolongar para siempre el lazo de parentesco que los unió en vida.

Esta novela de Rulfo nos revela, entonces, una verdad central de la existencia humana: la de que los seres humanos viven en el tiempo, es decir, viven avanzando en el curso temporal de sus vidas; y que al avanzar lo que ocurre en el fondo es que regresan poco a poco, de manera natural, al lugar físico y terrenal donde nacieron, o mejor, al lugar donde antes no existían. Y al regresar a ese lugar se funden en un abrazo con todos los demás que han recorrido también ese camino, con todos los demás que han muerto. Y ahí se encuentran con ellos para siempre integrándose como seres absolutamente iguales.

Pero al morir, sin embargo, no desaparecen del todo porque quedan vivos y presentes “sus voces y murmullos” como bien lo mostró Rulfo al final de su novela, es decir, quedan vivos sus espíritus que se plasman en mensajes y enseñanzas lingüísticas, en proposiciones científicas y filosóficas, en textos poéticos y literarios, en obras de artes, en acciones valiosas, etc. Cada vez que los vivos quieran escucharlos o verlos, éstos regresan rápidos y prontos para ampliarles y enriquecerles sus propios espíritus, para renovarles sus vidas espirituales, tal como regresa el espíritu inmortal de Juan Rulfo al espíritu de cada persona que lee esta fabulosa novela; y tal como los mexicanos lo indican y expresan simbólicamente en su gran fiesta anual del día de difuntos.