A propósito del paro en Colombia: psicología del vandalismo (Tintas en la crisis)

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Es irresponsable conectar los motivos de protestantes animados por un interés colectivo respecto a quienes sólo se impulsan por sus instintos básicos.

Lo saben las autoridades y lo saben los manifestantes: las posibilidades de que una marcha termine en disturbios siempre son altas. La evidencia es rotunda si se hace una revisión de las noticias recientes. Pasó en París, con los chalecos amarillos; en Hong Kong con la Revolución de las sombrillas; en Ecuador por la regulación al subsidio a los combustibles; en Chile después del alza al tiquete del metro. Y pasó en Colombia en el contexto del paro del 21N, como ya había pasado antes, muchas veces en otras protestas.

Una revisión de movilizaciones históricas también podría dar luces al respecto: disturbios hubo en las marchas contra la Guerra de Vietnam en los 70, en el mayo del 68 en Francia, en las protestas estudiantiles en México que terminaron con la masacre de la plaza de Tlatelolco. Disturbios han hecho los budistas para defenderse de la invasión China al Tibet. Y la lista sigue.

El disturbio, por la condición humana, no es la excepción sino la regla. Además, hay que tener en cuenta que una respuesta exagerada o agresiva era predecible en una sociedad como la colombiana, donde se ha normalizado tanto la violencia.

Ahora, la violencia en una marcha no siempre es de carácter vandálico. En ocasiones responde, ya sea a la respuesta de las autoridades o la misma causa de la protesta. En un artículo reciente de la revista Arcadia, Pedro Adrián Zuluaga, crítico de cine, comentó que: Lo invitamos a consultar este contenido: ¿En qué consiste la conversación nacional propuesta por el Gobierno?

“La violencia es una opción desesperada y trágica, pero no es sólo barbarismo. En ella está inscrita la rabia y la desesperación, que son sentimientos que constituyen la experiencia humana. Y entonces esa violencia vuelve como pregunta a quien la provocó, que en este caso es un poder indolente que ha destruido las nociones de futuro. Si existe esa violencia es entonces como respuesta a la violencia de ese poder”.

Sin embargo, aquí sólo nos compete comprender la violencia de los vándalos. Entonces ¿Habrá alguna manera de entender eso que llaman “vandalismo” desde una perspectiva distinta a la que viene de las narrativas de los medios de comunicación o del gobierno?

La palabra “vándalo” remite a la falta de civilidad, al salvajismo, a la destrucción sin sentido. Se ha usado con esa connotación desde el siglo XVIII, cuando en el marco de la Revolución francesa, un obispo –Henri Grégoire– la usó para referirse a los rebeldes que saqueaban la capital francesa a diestra y siniestra. Hay una referencia clara del clérigo a las hordas bárbaras que, en el siglo V, sin piedad, acabaron con lo que quedaba del Imperio Romano de Occidente. Vándalos eran, en realidad, un pueblo de origen germano que habitó la Europa Occidental, cuyo papel en la historia fue el de enfrentarse con éxitos destacables contra el poderoso imperio de los césares. En la devastación que dejaron a su paso hay una analogía indiscutible a la forma cómo entendemos el término ahora.

El comportamiento del vándalo, sus impulsos, sus limitaciones –porque las tiene–, y en general, la naturaleza de las fuerzas que lo alimentan, pueden ser entendidas desde la psicología. En ese sentido, Gustave Le Bonn (1895) delimitó el comportamiento colectivo a través de lo que denominó el “alma de las masas”. Al respecto dijo que los seres humanos, al relacionarse con un grupo, cambian comportamientos que no tendrían de manera individual y que podrían caracterizarse con cuatro elementos básicos: 1) hay un sentimiento de “poder invencible”; 2) la forma de actuar y los sentimientos se contagian; 3) la causa común es más importante (lo que se entiende por “sugestionalidad”); 4) Lo irreal predomina sobre lo real, es decir que las peticiones son irrealizables; 5) Todo el impulso vital de la masa se basa en la supervivencia.

A partir de lo anterior, el autor concluyó que el comportamiento de la masa deja de lado la racionalidad y se vuelca más al instinto. Los mueve el deseo de pertenecer y poseer, en lo inmediato, lo que no han podido tener como individuos. Creen que el grupo les dará lo que es imposible tener por cuenta propia. Así, una primera aproximación al vandalismo desde esta mirada muestra que quien destruye o se enfrenta con otros está respondiendo a sentimientos de pertenencia, propios del humano primitivo, y en los que no obedece a una racionalidad individual, sino a un deseo exacerbado por la necesidad de garantizar, por un lado, la idea de “ser parte de”, y por otro, obtener lo que no obtendría por sus propios medios. El saqueo es un ejemplo de ello.

En la misma línea, Sigmund Freud puntualizó que “hemos partido del hecho fundamental de que el individuo integrado en una masa experimenta, bajo la influencia de la misma, una modificación, a veces muy profunda, de su actividad anímica. Su afectividad queda extraordinariamente intensificada y, en cambio, notablemente limitada su actividad intelectual. Ambos procesos tienden a igualar al individuo con los demás de la multitud, fin que sólo puede ser conseguido por la supresión de las inhibiciones peculiares a cada uno y la renuncia a las modalidades individuales y personales de las tendencias”.

En cuanto a la personalidad del vándalo, varios factores son los que podrían delimitar su acción. Por un lado, está la propia condición del individuo. Un estudio de la psicóloga española Verónica Villalba explicó que “los delincuentes suelen compartir ciertas características en el estilo de conducta, como absentismo escolar o bien la obtención de malas calificaciones, hurtos domésticos o en lugares públicos, mención de mentiras, no cuidan la forma de vestir e incluso en ocasiones llegan a descuidar la higiene personal. En general, son personas que presentan malos hábitos en el comportamiento, no disponen de empleo, están ausentes de responsabilidades, no siguen un horario en el día a día, lo que se denomina una vida desorganizada”.

Entonces, en ese tipo de personas, “las relaciones afectivas que presentan son más bien superficiales”, y no son expresivas o extrovertidas. Villalba reconoce también que suelen tener “una pobre sensación de cargo de conciencia, por ello delegan la responsabilidad hacia otros y además justifican mediante excusas las conductas desafiantes que han cometido”.

Quedan varias reflexiones en el tintero. Una de ellas tiene que ver con el hecho de que no es lo mismo una movilización que reclama reivindicaciones sociales justas, argumentadas, que un grupo de violentos enardecidos. Es irresponsable conectar los motivos de protestantes animados por un interés colectivo respecto a quienes sólo se impulsan por sus instintos básicos. Ahora bien, hay una relación de causalidad entre la presencia de los vándalos y cualquier tipo de marcha; esto no significa que todas las personas que reclamen se guíen por el comportamiento violento que ya hemos analizado desde la psicología de masas.

En conclusión, generalizar sería un error: no todos lo que protestan responden a fuerzas e intereses violentos. Se debe reconocer que siempre habrá en las marchas personas mentalmente inestables que querrán aprovechar el contexto para hacer de las suyas. En realidad, el vándalo responde a una falta de empatía, y a un egoísmo instintivo, irracional, atizado por la presencia de otros que secundan la forma violenta de exigir y reclamar. Para el vándalo, la agresión es la única opción, no tanto para hacer oír sus demandas, si no, más bien, para lograr lo que de manera individual no podría conseguir. Tenemos, en las manifestaciones, dos tipos de personas: los que marchan por una causa común que consideran justa; y los vándalos, que se integran a la colectividad si más intereses que los propios. Esta última es la forma más elemental en que se presenta el instinto de supervivencia.

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Por: David Fernando Barrera       
Politólogo Universidad Nacional de Colombia  
Estudiante de Maestría en Literatura Universidad de los Andes.

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