Además, usaban gabardinas

La serie cuenta la historia de cinco de los millonarios más importantes de Estados Unidos, los creadores del “sueño americano”.

Vanderbilt, Carnegie, Morgan, Rockefeller y Ford son representados en la nueva serie de History Channel.  / Cortesía
Vanderbilt, Carnegie, Morgan, Rockefeller y Ford son representados en la nueva serie de History Channel. / Cortesía

Sus armarios debieron estar llenos de gabardinas, de corbatas, de pañuelos, de zapatos elegantes y de sombreros. Había que portar un sombrero en esa época, eso era elegante, eso era estar a la altura. A su altura y a la de su apellido. Vanderbilt, Carnegie, Morgan, Rockefeller y Ford debieron tener esos elementos en sus armarios y, aunque no pasaron a la historia por el color de sus zapatos ni por el ancho de sus sombreros, los tuvieron y se los pusieron. Con ellos aparecen en la nueva serie de History Channel: Gigantes de la industria. Con ellos y con el tiempo, su tiempo, a las puertas de una guerra civil.

Y aunque es divertido ver cómo se recrea una época desde el estilo de los que vivieron en ella, eso no es exactamente lo que interesa mostrar en esta serie. No sólo eso, por lo menos. Se quiere contar, con todo, la vida de estos cinco hombres y cómo lograron convertirse en los primeros millonarios importantes de Estados Unidos.

Porque a ellos, lo que no les faltó al final de sus vidas fue dinero. Para nada. Lo tuvieron de sobra. Y antes de tener dinero, lo que no les faltó fue perseverancia. Ni entrega. Ni espíritu emprendedor, ni pasión, ni creatividad. No les dio miedo imaginar.

A ellos, que pudieron haber tenido muchos defectos y pudieron, tal vez, haber seguido a Maquiavelo, cuando escribió, en algún libro, que el fin justifica los medios, no se les puede negar que unieron a un país fragmentado y que lo fueron construyendo, de a poquitos, hasta convertirlo en una potencia mundial. Ellos fueron los que lograron, sin proponérselo del todo, que, años después, muchos suramericanos quisieran viajar al norte y se fueran a la cama, todas las noches de todos los días, idealizando el “sueño americano”.

“Si hubiera aprendido educación, no hubiera tenido tiempo para aprender nada más”, dijo Cornelius Vanderbilt un día cualquiera. Nunca terminó de estudiar. Nació en 1794 en Port Richmond, en Staten Island, y a los 11 años renunció a la escuela para empezar a trabajar en los transbordadores de Nueva York. Tal vez lo hizo para ayudar a su familia, que era modesta, o porque lo aburría la escuela. Lo cierto es que a los 16 años ya tenía su propio negocio: transportaba pasajeros y mercancía entre Staten Island y Manhattan. Lo que logró en esos cinco años, siendo tan joven, lo multiplicó a través de los años, cada vez con más experiencia. Se convirtió en una potencia en el transporte a vapor y, más adelante, cuando vio oportunidades en el ferrocarril, trasladó sus intereses a esa dirección. Fue grande también, entre los rieles y los vagones. Hizo mucho dinero. Fue famoso por la manera de lidiar con sus enemigos: “Ustedes se han dedicado a engañarme. No pienso demandarlos, pues la ley es demasiado lenta. Pienso arruinarlos”, le escribió a sus asociados de negocios Morgan & Garrison, y lo cumplió.

Lo mismo hizo John D. Rockefeller, con muchos otros. Él tenía las cosas claras. “La competencia es un pecado, por eso procedemos a eliminarla”, decía. Cuando se trataba de negocios, tenía mentalidad de depredador. Trabajaba así, haciendo las movidas justas, con la cautela y la rapidez suficientes para atacar. Y poder cobrar. Lo marcó el día en que un amigo de su padre acudió a su casa para pedir dinero prestado. El padre no tenía en ese momento, pero Rockefeller sí. Lo había ganado vendiendo piedras que pintaba en el colegio. Entonces se lo prestó al 7% de interés y, un año más tarde, se descubrió recibiendo mucho más dinero del que había prestado. Así, estableció la máxima de su vida: “No trabaje por el dinero, deje que el dinero trabaje por usted”, y por ella logró ser un magnate en la industria petrolera.

Sus razones. ¿Buenas o malas? Las dos, diría John Pierpont Morgan, las dos. No porque se estuviera hablando de Rockefeller, sino porque este millonario tenía una máxima a partir de la que analizaba a todos y se analizaba a sí mismo: “Un hombre tiene dos razones para hacer algo: una buena razón y la verdadera”. Rockefeller era un hombre y él también. Y actuaba en consonancia con su frase. Era consciente de que su verdadera razón, de que su verdadero objetivo era hacer dinero y, después de una educación exhaustiva en la que tuvo la oportunidad de aprender francés y alemán, entró al mundo de los banqueros, a conseguirlo. Se volvió famoso por su capacidad para reestructurar negocios y mejorar su desempeño —la conocida “morganización”— y por el metal. La industria de metal elevó su capital.

Para Henry Ford fueron los carros, para Andrew Carnegie fue el acero. Nunca dudaron en sus capacidades. Ford destruía para volver a crear; eso hacía con los relojes de sus amigos que lograba arreglar sin haber aprendido cómo hacerlo. Carnegie tenía la habilidad de ser el mejor en cualquier empleo en el que se desempeñaba. El primero obtuvo su fortuna de los experimentos que realizaba en su tiempo libre. Logró crear un prototipo de carro accesible a la clase media, en un tiempo en el que el automóvil era el lujo de unos pocos. El segundo, aunque era amante de la literatura, se volvió magnate con el acero. La Carnegie Steel Company fue la que aseguró su capital.

Seguramente no usaron los mejores métodos —éticamente hablando— para llegar a la cima. Pagaban mal a sus empleados y, como fueron contemporáneos, tenían fuertes peleas entre sí. A pesar de eso, llegaron lejos, todos. Fueron los creadores de la industrialización. Mejoraron la vida de muchos con sus inventos, con sus inversiones. Algunos, incluso, tal vez porque les sobraba el dinero, tal vez porque querían reivindicar su ambición, se convirtieron en filántropos. Hicieron y deshicieron en la historia de Estados Unidos y en el devenir mundial. Además, usaban gabardinas.

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@adrianamarinu

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