Camino a la claridad (En primera persona)

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Empecé a meditar en medio de una crisis, como le pasa a muchos que buscan en el yoga y la meditación algún consuelo, algo que les ayude a atravesar la pena. Mi crisis todavía podía clasificarse como adolescente, era una ruptura, un primer amor. Empecé a meditar con la ilusión de arreglarlo todo, de que un día me iba a levantar y a decir: perfecto, ya estoy bien. Puedo seguir adelante. Así lo hice.

Una vez pasada la parte más terrible de la tusa, dejé el periódico donde trabajaba, cambié de país, y me enfoqué en lograr el objetivo que me había planteado desde niña: ser actriz. Llegué a Londres a estudiar teatro y si bien nunca dejé por completo la meditación, nunca fue una práctica diaria ni constante. Tenía momentos en los que meditaba todas las semanas; otros en los que no podía sentarme a meditar. La ansiedad me levantaba a propulsión y tenía que ponerme a hacer algo: hacer mercado, cocinar, hacer yoga (en mi cuarto carísimo y pequeñísimo), salir a correr.

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Correr fue lo que siempre quise hacer en Londres: huir de esa ciudad inmensa, del frío abrumador, de la eterna soledad, como dice la canción. A pesar de ello, pude quedarme lo suficiente como para terminar mi maestría y volver a Colombia, donde la fortuna me permitió, por fin, actuar: en el grupo donde siempre había soñado estar. La verdad es que aún no entendía el chiste de la meditación.

¿Cómo así que uno se sienta diez minutos en silencio, por mucho veinte, observa su respiración, repite un mantra, y eso le va a cambiar la vida? Mi vida seguía siendo igual, por lo demás. Las angustias, las mismas, los pensamientos, aún oscuros, y la felicidad, esa que tanto mostraban en los anuncios publicitarios y en las redes sociales, yo no la encontraba por ninguna parte. Creyendo entonces que el defecto en el mundo tenía que ser yo, seguí mi vida, con todas sus ventajas: tenía trabajo y podía actuar. Me casé, también, con la misma persona por la que había empezado a meditar. El ciclo se había completado, había evolucionado, había crecido: “todo estaba bien”.

Pero un día me levantó un grito. De esos gritos desgarradores que no suenan, porque la verdad que traen es demasiado fuerte como para decirla en voz alta: yo no servía para ser actriz. Nadie me lo había dicho, pero yo ya lo sabía: no era buena, no tenía “eso” que se necesita. Toda la vida había nadado contra la corriente para llegar a esta conclusión. ¿Y ahora qué? Renuncié a la obra que estaba en proceso y abandoné la actuación definitivamente. La crisis fue importante. Fue de existencia, de realidad, de propósito: no tener hacia qué mirar en un mundo donde le damos a los logros una importancia sobredimensionada, era no tener base, no tener nada. Entonces recordé la meditación. Empecé nuevamente con un reto de veintiún días, de esos que rondan por Whatsapp, y medité a consciencia, con confianza, veinte minutos cada día.

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El día en el que terminaba el reto, como un anuncio de la vida mostrándome a dónde seguir, me llegó un correo cuyo asunto era el siguiente: ¿Le gustaría hace un entrenamiento en Tailandia de catorce días en meditación? Pues sí, me gustaría. Parecía una buena manera de cerrar un año que había sido ya lo bastante difícil. En vez de dejarlo pasar o borrarlo, como uno hace con tantos correos que nos bombardean, entré a mirar. Era una beca que estaba entregando la World Peace Initiative Foundation, a través de su programa Peace Revolution. Para ganármela debía hacer un curso online de meditación y desarrollo personal, en la plataforma de Peace Revolution, que duraba cuarenta y dos días. Perfecto. 21 + 42. Era, al menos, un objetivo frente al cual mirar.

Hice el curso, que aumentaba en intensidad: de quince minutos en un comienzo, terminaba en una hora de meditación constante. Fue difícil. Hice los cuarenta y dos días seguidos, sin parar, ni uno solo, sin importar si llegaba tarde, estaba cansada o si el día había sido duro. Había sesiones en las que la ansiedad me atacaba de frente, me movía y me dolía, pero no abandoné. Me quedaba ahí, sintiéndola plenamente. No sé de dónde salía tanta fuerza de voluntad. Tal vez de una concepción sin fundamento de que ahí, en esos minutos de quietud y a veces de dolor, estaba alguna especie de salvación. Era mi propia respuesta al “vámonos”/ “no podemos”/ “¿por qué?/ ”porque esperamos a Godot”/ ”es cierto”, que inmortalizó a Samuel Beckett.

Viajé a Tailandia y me adentré en un retiro con otras cuarenta personas de diferentes partes del mundo, en un santuario de meditación en Himmawan, al norte de Tailandia, rodeado de naturaleza. Fueron catorce días sin celulares, meditando cuatro veces al día, desde las cinco de la mañana hasta las diez de la noche, con las montañas tailandesas de frente y un amanecer como pocos de los que he podido ver, en sesiones de una hora de duración. También había clases de filosofía budista, dictadas por monjes pertenecientes a la tradición Dhammakaya, a través de las cuales entendíamos cómo lo que hacíamos diariamente afectaba nuestra meditación y viceversa.

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Porque – esto no lo sabía antes – uno puede meditar de dos formas: con los ojos cerrados y con los ojos abiertos. Con los ojos cerrados, para limpiar la mente de todo aquello que hace ruido, y con los ojos abiertos, estando presente – aquí y ahora – en todo lo que se hace, para evitar que el ruido entre a la mente, que la mente se nuble. La mente, aprendí, es naturalmente clara y brillante; nuestros condicionamientos vitales y nuestros pensamientos recurrentes la nublan, la tiñen de colores oscuros. Y es así, a través de la niebla, de la tinta negra, como vemos el mundo y cómo reaccionamos ante él. Si vemos negro, reaccionamos negro. Por eso meditamos: para intentar, si al menos no eliminar la tinta, sí que se vaya al fondo del vaso y nos permita ver la vida con claridad, como es, con sus altos y sus bajos, con lo bonito y lo feo, porque, como dijo el escritor Tomás González alguna vez “no hay belleza ni armonía sin horror”.

Volví de Tailandia en enero de 2020 para enterarme que, por el lapso de dos semanas, escapé de la presencia del coronavirus en el continente asiático. Dos meses después, estaba yo misma encerrada en mi casa con un ejército de jabón y antibacterial para defenderme del virus invisible que nos infectaba a todos. “Si no puedes ir afuera, ve adentro”, se escuchaba decir. Yo me lo tomé a pecho. Ya no podía esconderme entre el ruido de la ciudad, la ropa que me debía poner a diario – porque dentro de casa, ¿a quién le importa? –, las conversaciones de pasillo o las diligencias por hacer. Ya no había cómo mirar para otra parte.

Sin todas esas capas que me ponía para presentarme ante el mundo, quedé de frente con mi propio silencio, con mi horror, con todo eso que había preferido no ver. Entonces decidí entregarme y ver, de verdad, por primera vez: mirarme con los ojos cerrados. Agradecí haber aprendido a meditar y agradecí tener con quién compartir mis hallazgos. A través de la meditación, de quedarme quieta y en silencio, fui encontrando patrones, descubriendo relaciones, conectando sucesos y desempolvando cosas que había decidido pasar por alto. Fue un hallazgo después de otro, tal vez uno más doloroso que el anterior: el dedo en la herida para sacar el gusano y descubrir que está hecho con tu propia piel. Extirparlo es extirpar también un pedazo de ti.

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Pero, ¿de qué me servía ya ese pedazo? Fue aprender a soltar y a entender que los nuevos ‘yo’ pueden llegar a existir. Que nos quedamos tan aferrados a lo viejo, a lo conocido, al cómodo dolor pasado, que nos estamos perdiendo la oportunidad de mirar lo nuevo y lo brillante que también está en nosotros mismos, nuestra propia belleza más allá del horror. Hubo, sin embargo, un descubrimiento mucho más grande y, a mi juicio, mejor. Fue observar que, a medida que iba más adentro y abrazaba mis demonios, comprendía mucho más por qué la gente se comporta como se comporta, qué posibles dolores los pueden llevar a actuar. Fue evidenciar cómo, mientras más me entendía a mí misma, más capacidad tenía de entender a los demás.

Hay una experiencia en la meditación, cuando uno logra por fin aquietar la mente, en la que irrumpe de repente una sensación profunda de felicidad: se está bien así, no se necesita nada más. La felicidad es tanta y tan pura que el cuerpo no sabe qué hacer con ella y entonces llora. Esa ruptura, a la que los budistas llaman Piti, es como el recuerdo proustiano de una felicidad que ya estuvo en nosotros, que sigue adentro, pero que hemos ido cubriendo de capas, hasta que la olvidamos.

Volver a ella no es fácil porque lo que se necesita es, precisamente, lo que en el mundo actual se condena: no hacer nada, no lograr nada, no esforzarse, dejar que ocurra con naturalidad. Pero en su búsqueda (que es más bien como re-encuentro) está el secreto para entender que todo fluye, todo cambia, todo es impermanente; que nunca va a haber un final perfecto, porque no existe nada tal como los finales o la perfección, y lo que podemos hacer es aprender a transitar esta vida fluctuante con ecuanimidad, reaccionando lo justo, lo que es, sin más, sin menos.

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Antes de cuestionarme si era o no buena para la actuación, no había cosa que me hiciera más feliz. Me enfoqué tanto en el cómo, en cómo poner el cuerpo, en cómo proyectar la voz, en cómo decir el texto, que se me olvidó el qué. Cuando puse la actuación en términos de metas, fue tanto el esfuerzo que no pude cumplirlas. De pronto, después de todo, lo que puedo hacer es aprender a mirarla con lentes claros, los míos propios, y no los de un mundo que, por su propio sistema, me muestra constantemente que no soy suficiente. Tal vez, lo que puedo hacer es liberarme de los juicios y volver al origen, al goce puro. Así fue que finalmente Buddha pudo encontrar la iluminación: debajo de un árbol de su infancia, donde alguna vez se sintió pleno, se olvidó de todo y se sentó a meditar.

*Instructora de meditación certificada por la World Peace Initative Foundation

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