Álbum de un tiempo mejor

El libro, editado por Babel, cuenta la historia del barrio La Favorita, en Bogotá, con textos de Jairo Buitrago e ilustraciones de Daniel Rabanal.

La historia se centra en el señor Levin, la señora Blanca e Iván, un niño que llega a vivir a un edificio en La Favorita, en Bogotá. / Ilustraciones de Daniel Rabanal - ‘El edificio’

Como en todo lado, en el edificio también pasa el tiempo. Va sobre sus habitantes, que van muriendo y volviendo a nacer, que se trastean y cambian de ropas y carros. Corre también sobre la ciudad y sus calles, sobre el ladrillo de las fachadas que se van desgastando y los vidrios de las ventanas que después de rotos no son reemplazados.

El tiempo corre y por eso, quizá, la historia del edificio se cuenta a través de un relojero.

El edificio (Babel Libros) es tanto libro infantil como una especie de crónica ilustrada del barrio La Favorita, en Bogotá. Una narración que arranca (a juzgar por los dibujos) en los años 30 en una ciudad que aún contaba con servicio de tren y que vivía principalmente desde su centro hacia fuera. Antes de la decadencia, antes de la expansión urbana, antes de las migraciones de las muchas violencias: la historia de La Favorita es en últimas una historia de cómo era el antes.

Y en ese antes se instala el señor Levin, un hombre venido de otro lugar que ha llegado a montar una relojería en el edificio, una construcción sencilla de tres plantas en La Favorita. “Los relojes de Levin marcan el tiempo, el tiempo que pasa... el tiempo que va cambiando a la gente, a los vecinos... una y otra vez, al tictac de los relojes”.

El relojero, ilustrado con gestos amables y pocas palabras, un hombre entregado a la soledad de una profesión meticulosa, es el vehículo para mostrar la historia del barrio, pues La Favorita es el personaje principal de este libro escrito por Jairo Buitrago e ilustrado por Daniel Rabanal, con la investigación de María Camila Peña Bernal.

En las ilustraciones de Rabanal, La Favorita es, casi inexorablemente, un asunto en decadencia, una vieja máquina que soporta mal el paso de los días y que a la vez sufre el peso de un abandono que se intuye en cada mudanza de vecinos, en las fachadas que van perdiendo la compostura y en la basura que comienza a acumularse en las esquinas.

Además de Levin, el edificio es habitado por la señora Blanca, una maestra que camina descalza en su apartamento y quien eventualmente se jubila hacia una soledad digna, aunque con algunas carencias, un asunto que queda expuesto al entrar en escena Iván, un niño curioso y lleno de una bondad muy particular que termina por ser amigo del viejo relojero, algo cascarrabias con los años, pero no por eso menos buena persona.

Con pocos diálogos, Buitrago logra dibujar un panorama bastante completo, pero a la vez sutil. Se dice lo necesario apenas y en ese balance cada palabra cuenta, cada palabra y cada viñeta: “En el tejado, siempre, los gatos, y más arriba, en el cielo, los pájaros”.

Ya se dijo, El edificio es un asunto que está íntimamente relacionado con el tiempo, el pasar de las horas y los días de una ciudad que va cambiando. Así, la acción del libro transcurre en medio de varias ilustraciones que dan cuenta de estas transformaciones: planos abiertos que dejan ver la cuadra entera, la llegada de nuevos trasteos, el cielo gris de Bogotá, la lluvia en las tardes, el juicioso trabajo de Levin en su pequeña relojería; el relojero siempre de chaleco y corbata, el bigote bien cuidado.

La ciudad es un tema al que Buitrago ha entrado varias veces, bien sea de la mano de un dinosaurio (Emiliano, 2008), un león (Camino a casa, 2008) o una legión de insectos (Eloísa y los bichos, 2009). En todos estos libros siempre hay un niño en el medio de esa realidad deformada en la que se cuentan historias de soledad, nostalgia, pérdida o amistad. Cuentos de libros infantiles que, en últimas, hablan de temas universales, transversales, vitales.

Y de fondo siempre está la ciudad, un asunto hostil a veces, inhóspito casi siempre. Aparecen los buses y la contaminación y las calles grises. Pero suelen ser lugares anónimos, aunque levemente identificables. En una oportunidad se alcanza a distinguir una iglesia en un cerro, acaso Monserrate. En otra, una niña y su padre viajan en metro, entonces claramente no se trata de Bogotá. En un escenario, el personaje sube las empinadas laderas de un barrio de bajos recursos; no bogotano, sino incluso latinoamericano, tal vez.

“El libro ha sido una sorpresa muy grande para nosotros porque, por ejemplo, cuando estábamos imprimiéndolo, los prensistas reconocieron calles y lugares de la ciudad en las páginas de la narración. Cuando arrancó el proyecto queríamos contar la historia en un edificio, y así fuimos a buscar locaciones y terminamos en La Favorita; nos impactó mucho el estado de abandono del lugar y de la gente. Por eso decidimos contar el cuento alrededor del barrio y del esplendor antiguo que había tenido”, en palabras de María Osorio, editora de Babel.

Esta es quizá una de las primeras veces en las que la literatura infantil hace una aproximación tan directa a un lugar concreto y real como el barrio La Favorita. La decisión, de fondo, tiene que ver con un tema de apropiación de territorio, de reconocimiento de ambientes: no toda la ficción puede suceder en escenarios con hielo y nieve, sino más bien con buses por la calle 13, carteles de licencias para construcción en las paredes y restaurantes con nombres como Sabor Paisa.

 

 

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