La aldea del olvido

El más reciente libro del autor sudafricano explora la memoria y la relación de los humanos con sus recuerdos y sensaciones más íntimos.

/ Gustavo Torrijos

Simón y David son los nombres que les han puesto a su llegada a Novilla, al otro lado del mar. Ha venido el primero escapando de su vida, intentando iniciar una nueva; el segundo llega en busca de su madre, pero ha perdido la carta en la que, al parecer, estaban las señas de su paradero. Simón, entonces, toma como suyo al niño y lo ayuda en aquella búsqueda. Pero antes, ambos tendrán que olvidar su lenguaje, sus sensaciones, su vida anterior entera, para ajustarse al español (su nuevo idioma), a las nuevas compañías y concepciones.

Esa es, en breve, La infancia de Jesús, publicada en mayo de 2013 en inglés y este mes en español en la editorial Mondadori. Plena de un lenguaje seco y efectivo, la novela de J. M Coetzee (1940, Ciudad del Cabo) explora los modos en que los humanos olvidan, el desgarramiento provocado por dicho olvido y las esencias que subyacen ese proceso.

No es gratuito, entonces, que Simón y David sean rebautizados apenas entran a Novilla. Están ingresando a tierras nuevas, a tierras en donde desconocen a todos y en donde, además, deberán reforzar el español para comunicarse. Los primeros días son duros: duermen bajo un tejado construido a la intemperie y encuentran ayuda en apenas algunos recién conocidos, Simón encuentra un trabajo como estibador en el puerto. Cuando les asignan un lugar propio, conocen a Helena y a Fidel; con Helena, Simón forma una relación intermitente, en la que él recibe placer, pero ella no. Ella apenas intenta “descongelarse” porque ha olvidado (como todos) de qué trata la lascivia y cuánto encanto podría existir en el sexo. “Allí las cosas no pesan lo que deberían —piensa Simón— (...) La música que oímos no tiene peso. La comida que comemos, esa insulsa dieta a base de pan, carece de sustancia: carece de la sustancialidad de la carne animal, con toda la gravedad del derramamiento de sangre que hay detrás”.

Las experiencias amplias y severas, que Simón sostenía en su vida anterior, en Novilla resultan extrañas, por completo extranjeras. Sucede así con el sexo (en una conversación filosófica con sus compañeros de trabajo sugiere que es mejor conocer a una mujer haciéndole el amor que a través del estudio del ser; ellos lo miran con extrañeza), con la familia, el dolor, la comida. Todos han logrado olvidar; incluso David, el niño, ha preferido esta nueva vida y poco a poco deja de interesarse por encontrar a su madre. Simón no logra ajustarse; su cuerpo y sus recuerdos le impiden esta nueva vida, en la que su lógica no encaja. Él piensa, por ejemplo, que deberían utilizar una grúa para cargar con más rapidez los bultos desde el barco; su jefe, Álvaro, encuentra esa propuesta inútil: los hombres se quedarían sin oficio, dice.

David, en cambio, supera las dificultades con su lógica primaria. Para él, que aprende a leer con El Quijote, la vida es una sustancia desconocida: en ese nuevo entorno se pregunta por todo, por la muerte, por los números, por las peligrosas grietas de la existencia. Para él, el mundo es aquello que él mismo aprende a definir. Y ése es uno de los conflictos que atraviesan la novela: la eterna lucha entre las creencias personales y las imposiciones ideales del mundo. La lucha entre uno y todos. No es gratuito, entonces, que el niño lea El Quijote.

Ese nivel de detalle es posible encontrarlo en muchos otros lugares de La infancia de Jesús: en el hecho de que el primer afectado cuando es utilizada una grúa en el campo de trabajo sea el mismo Simón (aplastado por sus propias ideas); en el hecho de que Inés decida ser madre de David sin siquiera conocerlo. Todos construyen una vida nueva; todos crean una historia pasada inexistente y la sienten propia. Fuerzan los sentimientos y educan la sensibilidad. Esta nueva vida es concebida del mismo modo que en cualquier otro lugar: a través de la educación (incluso la subyugación) de los sentimientos.

En una conversación con David, Simón afirma que los seres humanos “tenemos una doble naturaleza”; al mismo tiempo, somos seres eternos y tenemos necesidades físicas. Poco después, la taza del apartamento se atasca y Simón toma un tenedor para arreglarlo. Y entonces Coetzee escribe: “No se siente un ser de doble naturaleza. Se siente como un hombre hurgando con herramientas muy primitivas en un desagüe atascado”. El ser eterno encuentra al ser ordinario.

 

 

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@acayaqui

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