A cien años de su nacimiento

Aleksandr Solzhenitsyn: la letra como condena

Sus cartas y testimonios, convertidos en literatura y denuncia, reflejaron el temple y la coherencia del escritor ruso, que nunca se doblegó pese a la persecución y la censura.

María Camila Quiceno

Dissidentia, en latín, como la acción de separarse de la creencia o ideología aceptada. Disidente, por ver el mundo con otros lentes, ergo peligroso; así señaló el régimen soviético a Aleksandr Solzhenitsyn, que lo arrestó y obligó a trabajos forzados en más de una ocasión, y luego lo expulsó, pesando sobre él no solo el exilio simbólico de la censura, sino también la ausencia espacial obligada. Veinte años después, en 1994, regresaría ya no a las URSS, sino a Rusia.

Pasó ese tiempo en los Estados Unidos, en donde pudo entregarse por completo —con la buena gana que nunca le faltó, decía— a la escritura. Llegó incluso a escribir caminando, en sus paseos por el bosque, quizá porque el conocimiento de la palabra ya le había revelado que la fugacidad de las ideas las lleva a alguna estación olvidada por los panópticos de la memoria.

La fe, el fundamento de su vida. La muerte, la amenaza real que su ilusión literaria alguna vez sintió, pero no el fin definitivo de la existencia, no para él.

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Sus obras, golpeadas por la censura y el señalamiento, tuvieron una opción de sobrevivir en el continuo círculo de lecturas y lectores, ese ciclo de comentarios e ideas que le dan aire a los textos e impiden que caigan en el olvido: se trataba de la samizdat (que rima con amistad): la distribución clandestina de libros que se copiaban y pasaban de mano en mano. Así como pervivieron sus obras, nació Solzhenitsyn, en medio de una resistencia que en el actuar repensaba la conformación de la sociedad, partiendo de la reflexión por la relación de los hombres.

Era 1918. Entre un ambiente que se construía en torno a la revolución, nació el poeta, sin padre, amparado por una madre que ante la desolación de las circunstancias logró que su hogar sobrellevara la vida. La revolución fue entonces el segundo gran reto, avalado por la convicción, al que se enfrentaban los bolcheviques —en cabeza de Lenin—; el primero había sido una reflexión no aceptada con relación a la Primera Guerra Mundial, de si Rusia debía participar o no, si debía hacer parte de una lucha por la expansión colonial y mercantil y todo lo que conllevaba su condición geopolítica, si era valioso que un país más, que se supone anhelaba la reivindicación de clases, aportara al atentado legítimo contra la vida en nombre de banalidades.

Solzhenitsyn creció en el mismo lugar en el que su madre lo dio a luz: Rostov del Don. Se licenció allí en Matemáticas y asistió a cursos de filosofía, de letras y de historia. Después, llevado al ejército, fue comandante de una batería de cañones durante la Segunda Guerra Mundial. Lo condecoraron en dos ocasiones por frustrar la avanzada del ejército nazi en territorio ruso. Sus letras, tan semejantes a la fuerza de los cañones, no solo eran la evidencia de la guerra, también eran la muestra de un puño que tenía pólvora en las manos.

Las cartas, como género híbrido que da razón de la realidad sin que deje de colarse la lógica de la ficción, como esos pedazos de papel que guardan algo de infinito y sirven como testigo de las palabras y la esencia de los seres humanos, siempre han servido para salvaguardar algo de esperanza, para reafirmar que aún en la distancia existe una presencia imperturbable. Y en la guerra, en ese escenario despiadado que deshumaniza y despoja la dignidad en el instante mismo en el que las vidas perdidas son solo una cifra, las cartas servían como escape, como resistencia, como el único elemento que les permite a los soldados aferrarse a un mensaje que puede quedar guardado por siempre y les puede otorgar la ilusión de la inmortalidad, el poder de adueñarse de la muerte —de esa amenaza arrasadora— desde el lenguaje y la imaginación. Y así, como una de las contraposiciones más relevantes en la vida de Solzhenitsyn, las cartas fueron esperanza y resistencia, pero también fueron condena: las letras, como escenario de subjetividad fueron el símbolo de su salvación, en medio de la pena.

El intercambio de misivas con un compañero en el frente en el que las críticas hacia el mandato de Iósif Stalin no cesaban, fueron el motivo ideal para que el gobierno ruso lo detuviera y lo culpara por propaganda antisoviética y actividades subversivas. Su castigo: ocho años recluido en campos de concentración y trabajo forzado, más otros años de confinamiento. Su verdadera condena: no abandonar su pluma.

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1959. Ya habían pasado seis años desde que Solzhenitsyn había dejado el campamento de Ekibastuz, región centroasiática de la Unión Soviética. En aquel entonces, el escritor ruso ya se había asentado en Riazán, una ciudad unos 200 kilómetros al sur de Moscú. Ese año, Solzhenitsyn escribió lo que en un principio se llamaría Un día de un preso. Le bastó menos de un intenso mes para reconstruir en el papel lo que le suscitaron ocho años de condiciones de trabajo deplorables y abusivas. El valor de comprimir e incluso de reprimir varios recuerdos y dolores en un relato que estremece y que evoca de manera fidedigna y transparente el oprobio de una rutina encadenada al trabajo forzado, a la precariedad, a la desesperanza de salir a ver el sol dentro de los mismos muros ensalza el compromiso del escritor por denotar los límites de la naturaleza humana y desdibujar el paraíso prometido en la tierra. Un día de la vida de Iván Denísovich, título con el que finalmente quedaría la obra, fue recibido en 1961 en la capital de la URSS y publicado posteriormente como un símbolo de la literatura y su rasgo contestatario ante la represión y el temor que rodeaba el pie de fuerza del gobierno soviético. Este libro fue un espacio para desahogar un sentimiento por la libertad, aquella que le fue arrebatada arbitrariamente, aquella perturbada por unos pasillos que encerraban gritos de piedad y de clemencia, de impotencia y de nostalgia.

Tras varias denuncias que provocaron su expulsión de la Unión de Escritores Soviéticos, gremio en el que se destabacan autores como Máximo Gorki, Konstantín Fedin y Aleksandr Fadéyev, entre otros, Solzhenitsyn había decidido declinar su asistencia a la ceremonia en la que le entregarían el Premio Nobel de Literatura de 1970. Pero su entereza lo llevó a escribir un texto en el que le agradeció a la Academia Sueca su reconocimiento: “Con frecuencia, en las dolorosas pesadillas del campo, en una columna de prisioneros, cuando la cadena de faroles perforaba la sombra de las heladas del atardecer, surgirían dentro de nosotros las palabras que hubiéramos deseado gritarle a todo el mundo si el mundo hubiese podido escuchar a tan sólo a uno de nosotros. En ese momento todo parecía tan claro: lo que diría nuestro exitoso embajador, y cómo el mundo respondería inmediatamente con su comentario. Nuestro horizonte abarcaba bastante claramente tanto cosas físicas como movimientos espirituales, y no veíamos ninguna asimetría en el mundo indivisible. Estas ideas no provienen de libros, ni tampoco han sido importadas en aras de la coherencia. Fueron formadas a lo largo de conversaciones con personas que ya han muerto, en celdas de prisión y a la vera de los fogones en el bosque siberiano. Fueron probadas contra esa vida; surgieron de esa existencia”.

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Maria Paula Lizarazo

Cultura

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