Algo se quiebra (Cuentos de sábado en la tarde)

Sintió cómo las balas de los soldados nazis laceraban sus carnes con la misma facilidad con la que él todas las mañanas rebanaba el pan para el desayuno.

Cortesía

Vio a sus amigos morir, atravesados por una ráfaga de ametralladora o los vio arrastrarse ya sin piernas por la playa, como si huyendo del mar algo los fuera a salvar de la asfixia de la muerte. Contempló los ojos circunscritos de algún joven talentoso de Tennessee o New Jersey al que una punto 50 le rebanó el estómago. 

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La boca le sabía a sangre al beber el resquicio de burbon que le quedaba en el vaso. Las palpitaciones restallaban en su sien y sus manos le temblaban. De sus amigos dramaturgos, pintores y escritores que habían sido reclutados solo tenía noticias de muy pocos, y de oídas. Unos cuantos le habían escrito cartas memorables donde describían la belleza que emergía en medio del destrozo y de la guerra. Pero después de un par de meses o años, todos sus amigos que permanecían con vida habían entrado en una suerte de mutismo extraño, como si las palabras los hubieran abandonado. Y en cada librería o bar, no faltaba quien murmurara que sus otros amigos habían muerto o que se encontraban recluidos en un campo de concentración, esos lugares en los que se dosificaba el dolor en grandes cantidades y donde se contemplaba a la muerte con esperanza. 

Pero todo eran habladurías. Lo que era cierto era el desconsuelo, la sensación de vacío por tantas muertes ridículas, y también las miradas recriminatorias que le lanzaban los hombres mayores cuando lo veían caminar tranquilamente por la calle, o cuando llegaba a una librería o a un bar, porque siendo él tan joven, alguien que no llegaba a los treinta años, ¿cómo demonios, no se alistó en el ejército para defender la libertad de los pueblos del mundo? Incluso, una tarde en un bar al que solía ir con sus amigos y donde habían hecho algunos recitales de poesía, no le quisieron vender un trago, porque según el cantinero: “en este lugar no le damos licor a los cobardes”.

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Por eso, después de empezada la guerra, de que cientos, miles de jóvenes se enlistaran en el ejército y en los marines llenos de entusiasmo por un heroísmo impostado y prometido por el gobierno, y luego de que los pasillos, los salones de clase y los parques reverdecidos por el verano se convirtieran en lugares inhóspitos, como si se tratara de camposantos sin sepulcros, él adquirió la costumbre de acabar rápidamente sus clases para deambular por las calles de su ciudad, mientras encendía un cigarrillo tras otro, pensando en que se le habían acabado las palabras.

Y ya no solo era en las noches cuando le sobrevenían las imágenes y las sensaciones de él siendo alcanzado por las balas nazis o de sus amigos muriendo, sino en pleno día, a mitad de una clase, mientras cenaba un sándwich sentado en una banca del Central Park. Entonces pensaba que estaba enloqueciendo, que era el sentimiento de culpa el que se le adhería a la piel y a los párpados o pensaba que realmente era un cobarde y que debió enrolarse, para morir de otra forma, de una en que no fuera juzgado por aborrecer la guerra.

Hasta la mujer a la que amaba empezó a mirarlo con otros ojos. Él sabía que era algo parecido a la lástima, como cuando se mira a un discapacitado al que uno no puede o no quiere ayudar. Cierta noche, él estaba extrañamente feliz porque después de meses y meses de luchar contra el silencio, y tras un breve paseo por el lago, las palabras borbotearon en sus manos y escribió, escribió muchísimo, con fuerza, con desmesura, y entonces, anegado por esa dicha compró dos botellas de vino. Una la bebió de camino a casa de su novia, sonriendo y dándole pequeños sorbos. Pero la segunda no la pudo probar porque al llegar ella lo miró con desidia y cuando él intentó besarla ella volteó el rostro. Solo dejó la botella sobre el mesón de la cocina donde ella fregaba los platos y salió. 

Y esa noche, acodado contra la barra del bar, escanciaba un vaso tras otro de burbon. Escuchaba algunas canciones de Guillizpie y de Ray Charles que fueron interrumpidas por el último boletín de la guerra en Europa donde informaban sobre el avance de las tropas norteamericanas por Francia y la victoria del Ejército Rojo en Stalingrado y la orden de retirada de los Nazis de Polonia y Rusia, pero también de los cientos de buques que llegaban a las costas de su país atiborrados de cuerpos sin vida de sus compatriotas jóvenes, de los héroes sin rostro y sin nombre que llevaban en su pecho la metralla enemiga y la bandera bicolor y estrellada. Cuerpos dormidos y uniformados que serían entregados a sus madres para que estas los depositaran en una tumba, bajo el silencio de la tierra. La voz que salía de la radio también dijo que días atrás habían empezado a arribar algunos soldados que habían sobrevivido y que, a pesar de haber resultado heridos, con la ayuda de Dios y de su maravilloso gobierno podían retornar a sus casas.

La guerra solo nos deja silencio, se oyó decir. El silencio para el vencido porque la voz de los muertos, de tantos muertos, es inaudible. Y nos deja también el silencio de los vencedores, porque al retornar a sus hogares les dará vergüenza narrar el horror y el miedo y la muerte y la guerra. 

Pidió otro trago que el cantinero le sirvió con desgano. Miró a través del ventanal hacia la calle y la encontró repleta de uniformes, como si se tratara de un desfile militar. Algunos jóvenes caminaban erguidos, otros con aplomo y los más, desvaídos, vistiendo sus trajes de color café claro. Él miró en detalle para tratar de identificar algún rostro amigo. Y cuando un grupo de ellos entró al bar los ancianos que antes bebían silenciosos e inclinados sobre sus copas entretanto escuchaban las noticas y hasta el caninero de rostro enjuto que seguía sirviendo tragos mecánicamente, sonrieron. Todos aplaudieron al unísono, levantaron sus vasos y brindaron por los héroes que regresaban a casa con una victoria. Estaban felices, menos él. 

Hasta que dentro de la multitud de militares vio a un rostro conocido. Se trataba de Richard Pensey, un reconocido poeta modernista, aunque él lo consideraba un romántico, de los últimos de su generación. Tenía el ceño fruncido, el rostro abotagado, como si se hubiese acabado de despertar de una larga pesadilla. Entonces, él se levantó y lo llamó estirando el brazo y gritando su nombre. Richard lo vio y sin demostrar expresión alguna se dirigió hacia él. 

—¿Cómo estás Neil? —le preguntó Richard con un tono de voz neutro, como si estuviera cansado y no quisiera hablar.

—Ya ves, esperándolos.

Richard lo miró sin mirarlo, como si sus ojos no apuntaran a un punto exacto. 

—Hiciste bien en no ir —comentó y se sentó en la silla de al lado—. ¿No me vas a invitar a un trago? ¿No invitas a un trago a un héroe de la patria? —preguntó y por fin sonrió.

Neil le pidió dos tragos al cantinero que sirvió con diligencia.

—¿Cómo estuvo todo allá? —y dijo “allá” refiriéndose a Europa, a la guerra, al martirio, pero sin querer decirlo.

—El espíritu del hombre es perverso, está lleno de oscuridades —comentó Richard que bebió de un sorbo el vaso de burbon y pidió dos más—. Pero Europa es hermosa, sus colinas se tornasolan, las playas en invierno son cenicientas, su salitre está cargado de historia y melancolía.

—Eres al primero que veo, digo, de los que se fueron.

—Y seguramente seré el único —respondió y bebió el otro trago—. A Jack lo mataron el día del desembarco, a Allen una granada le cercenó las piernas, a Gustave un francotirador le voló la tapa de los sesos, Carl cayó en un campo minado. ¿Quieres que siga?

—No, no, para nada. Solo quiero saber cómo te salvaste de esa brutalidad.

—¿Sabes, Neil? Todos somos parte de la naturaleza, a ella regresamos —comenzó a decir, bebió de nuevo su trago como si tuviera mucha sed o no fuera consciente de que bebía muy rápido y pidió dos tragos más—. Somos organismos vivos, nuestro ser se comunica con la tierra y la montaña. ¿Recuerdas?: “Porque cada átomo mío te pertenece a ti también…” Yo no soy como tú que piensas que la tierra que pisamos y el aire que nos circunda y nuestros bosques son objetos decorativos, yo pienso que somos hermanos, que es nuestra sangre la que los ha alimentado, hasta a los ríos. Y no te ataco, ¿eh? —dijo sonriendo y bebiendo otro trago de burbon—; solo pienso que tus textos, esa corriente de conciencia, esa avant garde, como la llaman los franceses está tan alejada de…

—Richard, el arte debe de estar por encima de cualquier ideología política, de cualquier sistema de pensamiento, de cualquier conflicto social o bélico…

—¿Ves que tengo razón? —exclamó ya excitado por el efecto del alcohol—. ¿Cómo rayos excluyes aquello que nace de adentro, de lo más profundo, que emerge con fuerza de nuestro ser y que es expresado a través de nuestro lenguaje, de nuestro contexto, de nuestro sufrimiento?

—No lo excluyo, solo pienso que el arte debe ser libre y se debe solo a sí mismo.

—Nada ni nadie se debe a sí mismo, mucho menos el arte que es una forma de multiplicar, de difundir lo que somos. ¿Sabes qué pienso? —le preguntó tras beber el otro trago—. Que los escritores somos como las abejas, extraemos de lo más profundo del mundo aquello que permite que los demás sigan viviendo y multiplicándose. Porque no has de creer que ha sido por el capitalismo o el comunismo que la gente decide traer hijos al mundo, no, jamás, me niego rotundamente a creerlo. La gente lo decide por la música, por la pintura, porque se ha dejado seducir o se ha sensibilizado frente a un poema o una novela. 

—En eso estoy de acuerdo, pero ¿no crees que, durante tanto tiempo, a través de tantos regímenes políticos y económicos lo único que ha hecho el hombre es mancillar el arte?

—Claro que sí, pero también están los otros, los que se la han jugado, los que se han sumergido en la catástrofe, allí realmente vive el arte.

Richard miró a su amigo y lo vio bebido. A pesar de la pequeña discusión y de verlo amargado le produjo alegría que estuviera allí con él, ebrio, soltando de cuando en cuando remilgos, vivo. Bebieron tres o cuatro tragos más hasta que Richard no pudo sostenerse, Neil le brindó su hombro para llevarlo a casa. 

—Pero llevas un vino —le exigió con la lengua pegada al paladar.

Neil compró otra botella de vino y salieron a la noche. El frío viento que deambulaba por las calles de Nueva York pareció arrebatarle el último resquicio de ebriedad a Richard, así que tomó la botella que estaba guardada en una bolsa de papel y empezó a beber directamente de su pico.

—Vamos al parque —le pidió a Neil.

Se encaminaron en la madrugada por la arboleda solitaria, a no ser por unas pocas parejas de amantes que copulaban bajo el fulgor de la luna. Se sentaron en una banca, de cara al lago y permanecieron unos minutos en silencio.

—Presencié cosas terribles, Neil —le dijo su amigo que no había soltado la botella—. Los hombres somos seres monstruosos. Los animales conservan algunas conductas que permiten la supervivencia de su especie hasta en las más difíciles situaciones, pero los hombres, Neil, los hombres…

Neil se dio cuenta de que su amigo necesitaba regurgitar todo lo que lo atormentaba.

—¿Qué viste?

—Vi morir a muchos hombres, no puedes creer la cantidad de hombres que vi morir, de todas las formas imaginables, formas dantescas, grotescas. Vi ciudades arder, ciudades enterradas bajo sus propias miserias, como si fueran un animal que se devora a sí mismo. Vi a niños suplicar ser salvados bajo los escombros. Vi fusilamientos, vi sangre derramada, ya no podía diferenciar entre la lluvia, el color de un río o de la nieve con el color de la sangre. Vi como nuestros compatriotas violaban a las mujeres polacas y a las rusas y a las alemanas, no imaginas todo lo que les hicieron, las formas, la violencia, sus rostros, los de nuestros soldados, poseídos por un odio infundado contra aquellas mujeres que lloraban y simplemente pedían que las asesinaran. Y lo peor de todo, vi los campos de concentración, la gente pensaba que era mentira, que eran una ficción para alimentar el morbo de la prensa internacional, pero no imaginas, ni por un solo segundo imaginas lo que se ve en un lugar de aquellos: hombres famélicos, como si solo estuvieran arrastrados por el viento, niños níveos como la nieve, enfermos, de rostros amarillos y sus ojos en cuencos profundos, mujeres en los huesos que a penas podían sostenerse, que deambulaban de un lado a otro, como si les hubieran quitado la razón, y los hornos crematorios y las cámaras de gas y las fosas comunes repletas de carne en descomposición…

—Tranquilo —le dijo Neil y le puso una mano en la espalda mientras Richard se atacaba a llorar.

—Se me acabaron las palabras —le dijo jadeante.

—Eso mismo pensé yo —le respondió Neil—. Pero son lo único que tenemos, quizás tienen miedo, como el que sentimos nosotros, pero siempre regresan. 

—Las necesito —respondió sorbiendo los mocos y bebiendo de la botella que le pasó a su amigo—. Necesito que regresen o quedaré atrapado.

—No te preocupes, solo deja que el silencio haga su trabajo.

Neil tomó la botella y le dio dos y tres sorbos, se la pasó a su amigo que bebió uno largo hasta que la acabó. Luego arrojó la botella contra una piedra, al costado del lago. El sonido de los cristales estallando fue muy parecido al sonido que repicaba por dentro de los dos amigos, como un eco, como algo que se quiebra y jamás podrá repararse. 

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Daniel Ángel

Cultura

Algo se quiebra (Cuentos de sábado en la tarde)

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