Treinta años sin Adel López Gómez 

Algunos hitos de un cuentista mayor

El joven que en 1917 ganó con un poema el Jazmín de plata −segundo premio−en los primeros Juegos Florales de Armenia,  llegaría a ser más conocido como cuentista que como poeta.

Adel López Gómez, fallecido treinta años atrás, cuentista y poeta. Cortesía

Su nombre era Adel López Gómez,  había nacido en 1900 y en efecto llegaría a ser considerado uno de los más prolíficos y destacados cuentistas del siglo XX en Colombia y con una inusitada proyección internacional. Seguramente dos momentos tempranos con la poesía fueron decisivos para que se animara inicialmente con esa forma literaria: aprender a leer con un libro de poemas de José de Espronceda, y asistir, con quince años, a un recital del poeta Julio Flórez a su paso por la creciente aldea caldense. «Era el vate primordial frente a su público sobrecogido. Se le veía allí en una como aumentada estatura, de espaldas al escenario sombrío, sin telón de fondo, ‘todo de negro hasta los pies vestido’, recitando sus versos con gran efecto de acción y movimiento», recordaría Adel de ese encuentro.    

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Como adolescente y escritor en ciernes, era un agudo observador de su  comarca natal y tiempo después, ya hecho escritor, la evocaría así: «El pueblo no era más que un pequeño caserío rodeado de bosques espesos. En la plaza estaban las casas de las gentes notables: los Suárez, don Pacho, don Félix, don Víctor, el coronel. Y estaban La Calle de Encima y la del Chispero, la Calle Real y la de Hoyofrío. En la casa consistorial señoreaba mi tío Víctor Gómez, en su calidad de alcalde. Avanzando por la calle de Hoyofrío se llegaba a una laguna inmóvil, de sucias aguas verdosas, donde crecían los barbascales y los juncos y cantaban de noche las ‘fúnebres ranas’. En la mitad de la desnuda plaza de terraplén, con su burda fuente de calicanto, cantaba a lo largo de todo el horario el agua silvestre y amarillenta. Al fondo se levantaba, gris e ingenuo, el campanario de hojalata de nuestro pueblo». 

Ese caserío creció y se convertiría más adelante en la conocida “ciudad milagro”, capital del pequeño departamento del Quindío que en 1966 se separaría de Caldas para iniciar su andar administrativo con épocas de mayor y menor fortuna en lo político, lo social y lo cultural. Dentro de lo cultural, la literatura tendría una resonancia importante, aunque con la natural consecuencia de que los escritores nacidos antes de 1966 no se reconocían como quindianos, sino como caldenses.  Chovinismos aparte, lo relevante es que Adel López Gómez creció y con él su pasión y su talento literario, y entre finales de los años 20 hasta su muerte en 1989, forjó una obra de gran riqueza estilística, emblemática del llamado costumbrismo cuya bandera portaron con señorío y maestría Tomás Carrasquilla –amigo de Adel-, Efe Gómez, Francisco de Paula Rendón, y más adelante Manuel Mejía Vallejo. 

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Pero quizás la etiqueta de “costumbrista” no le haga justicia con suficiencia a una obra inabarcable y ambiciosa como la de López Gómez. Al respecto escribió su amigo el académico y político Otto Morales Benítez: «Es un heredero del “Costumbrismo”, sin que podamos encasillarlo, totalmente, en esta manifestación de la cultura nacional. Él recibe parte de ese patrimonio tan valioso, pero no se queda sometido por esas amarras localistas. Su visión se amplía hacía lo subjetivo en una mezcla dosificada y sabia con lo objetivo. Del paisaje natal brinca al universal, detrás de los meandros inescrutables de las pasiones de sus muñecos literarios».  

Aunque el gran volumen de su producción cuentística ha hecho difícil un cálculo certero −a los recogidos en libros habría que sumar los dispersos en publicaciones periódicas y los inéditos−, con cincuenta años escribió en una carta al crítico norteamericano Randolph Steele, quien realizaba para la época un estudio de su obra: «… a estas horas de mi edad, después de haber escrito 250 cuentos, 500 crónicas literarias, innumerables reportajes, artículos y poemas, soy fabricante de avisos de gas de neón y debo preocuparme más intensamente por el precio de la hojalata y el vidrio para iluminación que por ninguna otra cosa de orden metafísico».  No se sabe si continuaría llevando la cuenta de sus ficciones cortas, pero con la cifra referida y teniendo en cuenta que tenía más de treinta años de trabajo incansable por delante, podemos hacernos la idea de una producción sin parangón en la literatura nacional. 

La mención a su oficio de fabricante de avisos no puede pasarse por alto, pues  iniciarse en él al principio de los años 20, luego de intentar infructuosamente conseguir trabajo en Bogotá, le significó la oportunidad de alternar lo artesanal con lo caligráfico y el juego creativo con el lenguaje. Así, luego de poner en su casa un aviso que decía “SE TIMBRAN TARJETAS Y SE ESCRIBEN CARTAS”, cuenta Adel que «a medida que la clientela llegaba –jóvenes peones de Puerto Espejo y de Mesopotamia, de Callelarga y de Hojas Anchas, novias acongojadas de Rinconsanto y la Calle de Encima, fámulas románticas sin alfabeto pero con desbordado corazón− mi arte de memorialista y calígrafo se hacía más perfecto y mi idioma más expresivo y alquitarado. Nunca escribí entonces, ni escribiré ya mejores ni más hermosas cartas que aquellas que manuscribí durante dos años idílicos por encargo de esa alma cándida y dulce de Vitalino Pulgarín, y que culminaron en apresurada bendición y prematura nacencia». ¿Podía acaso haber una mejor fuente vital de para el ejercicio narrativo? 

Y serían su conocimiento y respeto por el idioma, ese que pulió escribiendo cartas para enamorados, los que le darían en buena medida la solidez y el brillo particular a su obra, además de la dignidad de ocupar una silla como miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua en 1959. De su   posesión como académico nos queda un texto emblemático dentro de su producción académica y de no ficción: El costumbrismo, ensayo que da cuenta de su notable lucidez y sensibilidad lectora para dibujar un panorama del universo literario y cultural que le interesaba.  

Emprender la lectura de sus cuentos hoy por hoy es un retorno al más visceral arte de narrar. Nutrido con la lectura consumada del francés Guy de Maupassant, maestro del cuento, supo como pocos Adel López captar la esencia de la oralidad para llevarla al lenguaje escrito sin amaneramientos ni excesos localistas. Conoció su tierra palmo a palmo en infatigables recorridos en los que se topó con la menuda realidad de las gentes del campo, probando los sabores y sinsabores de la pobreza, y agarrando al vuelo lo más sutil de la idiosincrasia popular para convertirlo en literatura. A propósito, este comentario del poeta Luis Vidales  sintetiza el aprecio y respeto que su obra mereció para sus contemporáneos:  «Es este un cuentista que sabe contar, reexaminando, reordenando, redistribuyendo el pasado, colocando dentro de éste la propia tabla de valores de los sucesos por los que pasan los personajes, con naturalidad poco común. La vida apacible, satisfecha en sus carriles prosaicos, aparece pintada con maestría…Los medios sociales estrechos de las aldeas, llenos de prejuicios y de una vida familiarota, son descritos por él con excelente trazo realista. El manejo de los regionalismos idiomáticos, en que el alma quindiana deja como calderones pintorescos sobre la extensión del lenguaje, es mesurado y no hace incidir la narración sobre lo meramente folklórico. A veces, de un solo brochazo, queda pintado todo un pueblo».  

Fue un autor querido, no cabe duda, pero el Eje Cafetero, la academia literaria y el mundo editorial nacional tienen una deuda con su obra y su memoria. Los lectores devotos del cuento, escritores aficionados, directores de talleres y estudiosos de las literaturas nacionales tienen en sus más de treinta títulos una cantera inestimable de oficio y estilo narrativo. Las ediciones antológicas como Cuentos selectos (Empresa Nacional de Publicaciones, 1956) y Huella (Imprenta Departamental de Caldas, 1990), y los títulos unitarios como El hombre, la mujer y la noche (Editorial ABC, 1938), La noche de Satanás (Biblioteca de Autores caldenses, 1944), y Asesinato a la madrugada y otros cuentos para la escena (Colcultura, 1974) son verdaderos tesoros que se albergan en algunas colecciones locales de las bibliotecas públicas y en fondos personales. El mayor legado, el archivo personal del escritor, reposa en la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín después de ser entregado por sus hijos en 1994. Con la edición póstuma de la novela Allá en el golfo, la Exposición Bibliográfica e Iconográfica sobre su vida y obra −ambas en 1995−, y la edición conjunta con la Universidad del Quindío de ABC de la literatura del Gran Caldas, la Biblioteca Pública Piloto ha puesto en valor para las nuevas generaciones una parte del gran acervo literario que dejó el maestro Adel López Gómez. 

La muerte lo encontraría el 19 de agosto de 1989, justo un día después del asesinato de Luis Carlos Galán. Adel nunca fue un hombre de militancias políticas y tal vez por eso, en una jugada de humor negro como en algunos de sus cuentos, quiso el destino que su partida fuera opacada por el magnicidio del caudillo liberal.

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Juan Felipe Gómez C

Cultura

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