La alquimia de la imagen

Mientras se rodaba en el Amazonas, “El abrazo de la serpiente” fue armada en Bogotá por el equipo de edición y montaje, que, entre otras cosas, tuvo que aprender cómo subtitular las lenguas indígenas que aparecen en la cinta. <div class="block-services block-title-gray"><a href="http://static.elespectador.com/especiales/1602-laserpiente/index.html" target="blank">Ir al especial</a>
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Edición y montaje: Etienne Boussac.

El comienzo pudo ser otro.

Karamakate, el último chamán de un pueblo amazónico, convertido en un alma sin recuerdos y sin emociones. En el cascarón vacío de un viejo que olvidó su sabiduría, dejó morir a un hombre blanco y se quedó solo. Karamakate rayando una piedra que le creció al río como una imponente montaña. Con el agua a las rodillas y a pocos metros de las contorsiones solemnes de una boa.

“¿Puedes verme?”, le pregunta a Richard Evans, un biólogo estadounidense que lo llama desde una balsa de remos.

“Hace varios años, Theodor von Martius estuvo aquí y escribió sobre una planta que estoy buscando. Quiero saber si lo que escribió es verdad”, contesta Evans.

Pero no. El abrazo de la serpiente comenzó así.

Karamakate, cuarenta años más joven, con sus recuerdos intactos y su sabiduría chamánica entera. En cuclillas a la orilla del río, con un bastón en la mano y la mirada puesta en el Karamakate borroso que se desdibuja en el agua. Karamakate a punto de encontrarse con Manduka, el indio que se escapó de la esclavitud cauchera, y con Theodor von Martius, el hombre blanco que luego dejaría morir.

“Nos pareció que ese comienzo podía mejorar el relato. El primero no nos satisfacía y la narración no era lo suficientemente clara. Hicimos las modificaciones necesarias y dejamos la escena de Karamakate viejo para después”, cuenta Etienne Bussac, responsable del montaje de la película nominada al Óscar en la categoría de mejor película extranjera. “Montar es escoger las mejores partes. Recoger los mejores momentos de los actores, de la cámara. Quitar frases, recortar escenas, cambiar el orden. Es jugar con plastilina”.

Por cuatro meses, Bussac trabajó diez horas diarias, cinco días a la semana. Desde las nueve hasta las siete, desde el lunes hasta el viernes. Mientras el equipo de producción seguía grabando en el Amazonas, él iba armando la película en su sala de edición. Unía los fragmentos como si fueran las partes de un rompecabezas y convertía en imágenes las palabras del guión. “Eso es alquimia”, dice, “es cambiar de lenguaje”.

A veces la alquimia fallaba y el plomo no se hacía oro. Algún Karamakate improvisaba en el Amazonas y Etienne se perdía en Bogotá. “Había que subtitular las partes en lenguas indígenas. Estaban transcritas en el guión y abajo aparecía la traducción al español. Era bien complejo. Si los actores cambiaban los diálogos yo no podía seguirlos. Hubo fragmentos en los que tuve que esperar a que Ciro Guerra, el director, volviera del rodaje”, cuenta Bussac.

Karamakate joven en la oscuridad de la noche. Atento a las primeras notas que salen del gramófono de Theodor von Martius. Sentado en silencio, de frente al científico, viendo las estrellas. Karamakate en el suelo. Las piernas estiradas, la espalda erguida, y La creación de Joseph Haydn haciendo suya la selva. Los blancos también saben soñar.

El abrazo de la serpiente es una película realista, contraria al movimiento de ficción nacido en la posguerra que tanto le funciona a la industria hollywoodense. Es una historia que sí ocurrió y que se cuenta entre escenarios reales y actores naturales. “El montaje está muy bien hecho porque, además de las dificultades propias del realismo, toma riesgos interesantes. Esta escena en que Von Martius le muestra al chamán la música de sus padres es una decisión estética que no pertenece a la corriente, pero que se logró con propiedad y resultó muy bella”, dice Felipe Cardona, profesor de la Facultad de Comunicación Social y Publicidad de la Universidad Santiago de Cali.

Es, además, una historia circular que se narra en dos tiempos diferentes. Con dos Karamakates y dos científicos, con instantes de alucinación e instantes de realidad. Para María Fernanda Barrientos, productora ejecutiva de la película Memorias del Calavero, ese era uno de los retos más grandes: contar las dos historias sin que el espectador confundiera los personajes ni los momentos. “Y lo lograron. Hay un par de escenas en las que uno puede desorientarse, pero es posible que hayan sido montadas adrede para que el público también alucine un poco”.

Karamakate viejo a pocos metros de un árbol de caucho. Inmutable e inmóvil. Impasible mientras Richard Evans, de espaldas al chamán, traza con su cuchillo una línea recta en el tronco. De la corteza abierta se derrama un hilo blanco, brillante y espeso. Karamakate con su sabiduría recobrada. “Eres dos hombres”, le dice.

Montar una película es hablar de ritmo, de personajes, de espacios, de imágenes y de sonidos. Es volver a dirigir frente a la pantalla, y Etienne Bussac sabe bien cómo hacerlo. En diciembre del año pasado El abrazo de la serpiente se llevó el reconocimiento a mejor montaje en los premios Macondo y un Premio Coral por lo mismo en el Festival de Cine Latinoamericano de La Habana. “Si nos ganamos el Óscar seré feliz. Celebraré. Brindaré con vino, con whiskey, con champaña”, dice Bussac.

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