Álvaro Cepeda Samudio y el fin de La casa grande después de cuarentena

"El medico no me ha permitido hacer nada durante estos días, sugiriéndome torvas amenazas de muerte sino me siento a escribir en esta máquina tan vieja como yo…", Álvaro Cepeda Samudio.

Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez, escritores del Grupo de Barranquilla. Archivo

Hace no muchos días, el 30 de marzo para ser precisos, cumplía años un barranquillero y «latín lover» que recitaba versos de Blake ―el viejo Blake― en su propia lengua y a quien lo único que le hizo falta en su prontuario de hombre público ―dijo alguien― fue el de ser alcalde de su ciudad, aunque naciera en Ciénega dos años antes de la Masacre de las bananeras. 

Visto sin empachos ni melocerías sino a tramojazos de color, Álvaro Cepeda Samudio es, desde estas cuatro cuerdas, el arquetipo del hombre Caribe que grita “a coro ensordecedor, coro costeño, coro de hombres y no mariconcitos con pantaloncitos ajustados a entecas nalguitas bogotanas”, el sumario del machito latinoamericano que una vez describió Roberto Bolaño. Es, sin dudas que salten a la vista, el ejemplar caribeño por excelencia en quien Louie Ramírez decidió fijarse cuando cantó “Soy un tipo atrevido, muy lindo y también guapetón”. 

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Aunque sus viajes entre Barranquilla y Cartagena en Jeep casi nunca pasaron de Luruaco, Cepeda Samudio siempre se las arregló para cruzar al otro lado del Atlántico, sobre todo, con destino a morirse en La Gran Manzana ―no antes sin sus respectivas escalas en La Habana― un mes de las brujas de 1972. 

De joven pasó por varias universidades neoyorquinas en donde aprendió el oficio del periodismo que es el servicio militar de todo escritor, como pelea Julio Olaciregui que la cosa es. Pero no solo aprendió a pelear, es decir: a hacer reportería antes de que Truman Capote, Tom Wolfe o Gay Talese fueran los reyes de la colina del nuevo periodismo, sino que también aprendió a empinar el codo en clubes de jazz y a hacer largas filas para verse las series mundiales de beisbol que después retrataría en crónicas deportivas.

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Nunca dijo que Sí ni No, ni cuando fue empresario cervecero ni después. No desmintió ni afirmó nada sobre la supuesta autoría del famoso estribillo «Sin igual y siempre igual», que fuera o no el artífice de aquel ingenioso y olvidado slogan del que muchos lo culpan hasta hoy. Cepeda Samudio no publicó poemarios porque no le dio la gana de sacarlos de alguna gaveta con llave y lo de comprar el Diario del Caribe en sociedad con unos amigos, se quedó en un eterno «veremos».

Lo que sí hizo fue sacar a flote varios cortometrajes, organizar un cineclub, grabar catorce Noticieros del Caribe y dejar por escrito que “el cine es el arte de este tiempo, el arte moderno por excelencia”. Además de ser alguien que “escribía unas cosas extrañas e inteligentes en los periódicos”, por otro lado también demostró ser muy audaz a la hora galantear a mujeres de todos los estratos y colores. Solo algunas noches, después de entrevistarse con alguna leyenda del futbol o pintor famoso, se dedicaba a jugar Guillermo Tell, pero con botellas de cerveza y cuando no era así, era porque estaba ocupado trayendo al Cuarteto de Budapest o alguna famosa bailarina a los escasos teatros de Barraquilla. Publicó libros de cuentos y una novela que escribió a pedazos porque le echaba la culpa a los negocios y los compromisos de no poder sentarse a escribir. Por eso mismo, en este mundo de afanes y vanidades las cuarentenas deberían ser un recogimiento afortunado para leer y escribir, aún más, en tiempos de pandemia ―claro está, para los que no se mueran de hambre y o desquicien por quedarse en tanto tiempo en casa―. Sino que lo diga Álvaro Cepeda Samudio, quien apalastrado por una aparente tisis que lo obligo a hacer un stop, tuvo que aislarse en una casita en Puerto Colombia, frente al mar, en donde por fin pudo concluir La casa grande.

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Leydon Contreras Villadiego

Cultura

Álvaro Cepeda Samudio y el fin de La casa grande después de cuarentena

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