Alzar la mirada

La octava Parada Juvenil de la Lectura, en Medellín, un viaje a "Nuevos Mundos" comenzará el 9 de julio, a las 2:00 p.m., y terminará el 10, a las 6:00 a.m.

De día puedo ver en su fachada pedazos de mi edificio, como en un mosaico de espejos. / Sergio González.

Lo esencial es invisible a los ojos.
El zorro a El principito.

Nos lo jugamos todo, nuestro pobre conocimiento del mundo en un parpadeo. “Cómo viajar sin ver”. Andrés Neuman.

Frente a mi lugar de trabajo hay un edificio de oficinas, con grandes ventanales con los vidrios polarizados y las cortinas abiertas la mayor parte del día. Es un edificio de ladrillo a la vista, un rectángulo sin pretensiones, como una repisa de 12 pisos, con tres cuerpos y dos porterías, con espacios interiores que abarcan varios centenares de metros cuadrados y sin paredes divisorias dentro de ellos. De día puedo ver en su fachada pedazos de mi edificio, como en un mosaico de espejos. De noche se reflejan las luces del alumbrado público, algún árbol, los carros que pasan por la avenida. Retazos de ciudad, cuadritos de un paisaje fragmentado.
Al principio no le prestaba mucha atención al edificio, intentaba mirar hacia las montañas del occidente. Me estorbaba la vista un mundo de oficinas con horarios predecibles. Luego, un vigilante me dijo que el edificio tiene un único dueño y las oficinas son de alquiler. Con un señor que me arreglaba la estufa de gas calculé cuánto le debió haber costado construirlo y cuánto se podía ganar mensualmente por el alquiler: miles de millones de pesos invertidos por un lado; centenas mensuales por el otro, concluimos. Un buen negocio, hecho para hacer negocios.

En la planta baja hay una sastrería, una agencia matrimonial, un salón de belleza, una cafetería-papelería y un gimnasio moderno para hacer ejercicio con choques eléctricos. Vestirse bien, lucir bien, tomarse un buen café y salir bien casado, incluso con un buen trabajo en una oficina, son las promesas del vecindario. Bondad bien domesticada.

Hay que alzar el vuelo para ver lo que tenemos frente a las narices, como sugería el aviador Antoine de Saint-Exupéry, aunque uno termine estrellado en el intento. Hay que alzar la mirada para ver “lo esencial que es invisible a los ojos”, como le dijo el zorro a El principito. Para domesticar la rosa y hacerla propia.

Durante el día, desde mi balcón, veo a visitantes y trabajadores entrar y salir del edificio. La mayoría son mujeres jóvenes, vestidas casualmente, con pantalones y blusas o vestidos y chaqueta, entaconadas y bien peinadas. A veces veo jovencitas en ropa deportiva o con jeans apretados y camisetas ceñidas; las dejan y las recogen en motos o en carros deportivos de vidrios oscuros. No sé hacia qué oficinas se dirigen, a qué se dedican. Un técnico, que revisaba mi conexión a internet me retó un día asomado en mi balcón: “¿Usted no se imagina lo que hacen allí?”, dijo señalando el décimo piso.

Al caer la noche, las luces de la estantería de ladrillo se van apagando, primero los consultorios, luego los salones de reuniones, a las 7:30 p.m. se apaga la oficina de un gerente, siguen las demás oficinas y, por último, la de una mujer que no termina su jornada antes de las nueve de la noche. A esa hora la veo moverse por la oficina recogiendo cosas, abriendo gavetas, como si esculcara a hurtadillas antes de irse a descansar.

Sólo se enciende una porción de la décima planta. Ocupa todo el frente del cuerpo central del edificio, el más ancho de los tres. En lugar de cortinas, algunos ventanales están cubiertos con papel kraft y en otros se ven un par de imágenes publicitarias de mujeres rubias de cuerpo entero y en uno de ellos el pedazo de una cara con un ojo azul del tamaño de media ventana que mira fijo a mi balcón. Tengo que alzar la mirada para verlas, a ellas, las mujeres que posan para mí la noche entera, y al ojo azul, profundo como la mirilla de un caleidoscopio. Son el telón de la película que ocurre detrás de las bambalinas, concreta y obvia como cuando nos revelan el secreto de una historia de misterio.

La parte superior de una de las ventanas siempre está abierta y, entonces, a cualquier hora de la noche o de la madrugada veo cabezas, cabezas de mujeres, pelirrojas, morenas, rubias. Detrás de ellas, contra una de las paredes del fondo, hay una cortina roja, que supongo cubre una ducha. A veces veo peinillas que se abren paso entre las cabelleras mojadas. Temprano en la mañana, alguna de las jóvenes se asoma a la ventana y la veo lavarse los dientes. Pasa pocas veces, casi nunca las veo asomarse, y me cuesta reconocer sus rostros, no sé cuál de ellas es la que sale por la portería y se monta en una motocicleta; veo colores, cabezas de colores. Fumo y miro a las mujeres, ellas me devuelven la mirada, el ojo azul también me mira, yo soy su película en un solo cuadro que se repite con parsimonia mientras se me acaban los cigarrillos.

El señor de oficios varios de mi edificio subió un día a ver un pegote baboso y café que aparecía a veces en el lavamanos del baño. “Es un murciélago”, me dijo, “afortunadamente no huele mal porque comen fruta. ¿Usted deja el balcón abierto por la noche?”. No me gusta cerrar el balcón y correr la cortina. Tengo mis propios ojos vigilándome desde el frente, seguramente ellos han visto el murciélago que se entra por mi balcón sin que yo me dé cuenta. “¿Y si le dejo la tapa del sanitario levantada, por si acaso?”, pienso. “¿Y un cepillo de dientes y una peinilla? A lo mejor quisiera también ducharse. ¿Y si no es un murciélago?”. Me gusta pensar que el edificio es un archivador y cada ventanal un cajón lleno de historias.

últimas noticias