Ama de llaves por el mundo

Escala Ediciones acaba de publicar “Un error en el sistema”, obra ganadora de la beca para la publicación de libros de autores colombianos del Programa Nacional de Estímulos 2015 del Ministerio de Cultura. El capítulo de la increíble historia de Sara Mateus.

Sara vistiendo un kimono en Tokio. Esta foto sería portada del diario “El Siglo” de Bogotá en septiembre de 1952. / Archivo particular

I

Las cucarachas caminan por manadas entre los trastes atiborrados en un apartaestudio de Manhattan, habitado en solitario por Sara Mateus durante los últimos 40 años. Es el último piso de un edificio viejo, a muchos escalones de la calle para una anciana de 89 años que ya no tiene mucho que hacer por la ciudad. Sara se prepara para dejar pasar la vida sin mucho aspaviento. Enciende el televisor, se sienta en su viejo sillón —alguna vez muy fino— y desayuna cereal con banano picado y yogurt, hasta que las imágenes de los aviones que chocan contra las Torres Gemelas, ahora envueltas en una espesa nube de humo, la obligan a levantarse y asomar por la ventana.

Es una mañana fresca, uno de los primeros días del otoño. El tráfico colapsó, muchas personas corren en todas las direcciones y sus oídos cansados perciben el eco lejano de todas las ambulancias de la capital del mundo. Sara vuelve a su pequeño rectángulo y se acerca al teléfono tan rápido como su cuerpo lo permite. Intenta llamar al puñado de familiares que, siguiendo sus pasos, decidieron perseguir el sueño americano, pero las líneas también colapsaron. Apaga el televisor, una eficaz medida para evitar el pánico, y regresa a su sillón para dejar pasar la vida, sola en el último piso de un edificio en una ciudad que está siendo bombardeada con aviones. El miedo le trae recuerdos.

II

Sara nació en 1913, en una finca en los Andes colombianos, cuando todavía la vida palpitaba en los espesos bosques y los ríos descendían cristalinos entre los pliegues de las montañas. La violencia se perpetuó en el territorio, desde que los españoles arrasaron con los indígenas y enseñaron, con sangre, que todo vale cuando se trata de avaricia. Con el tiempo el poder cambió de mano varias veces, a fuerza de machete, bala y corbata. Mientras los hombres se mataban en el monte, generación tras generación, las mujeres preservaban la especie. Sara era la segunda de siete hermanos, la mayor de las mujeres y la mano derecha de su madre en las arduas labores de la casa, mientras su padre, autoritario y machista, se valía de sus hijos para mantener su finca en producción.

—A todos nos repartía labores, se echaba a dormir en la sombra de un guayabo y cada tanto se paraba para darle una buena muenda a cualquiera que dejara de trabajar —recordó Beatriz, hermana de Sara, ya en la vejez, cuando le preguntaron por su padre.

Briceida, su esposa, lo abandonó luego de soportar sus maltratos y comprobar su infidelidad. Sara, harta de su dictadura de violencia, siguió los pasos de Silvestre, el mayor de sus hermanos, y viajó a Bogotá, una ciudad de 200.000 habitantes que crecía rápidamente. Empezó a trabajar en un almacén de ropa, entre cuya clientela se contaban algunas familias “distinguidas” de la ciudad.

Alguien le habló del argentino Erasto Villa, un joven abogado que pronto viajaría a Japón en una misión diplomática y requería un ama de llaves para una familia de compatriotas que ya estaban en Tokio. Se presentó sin entender muy bien el alcance de su decisión y tuvo que hacer maletas de inmediato.

Viajaron a Medellín, luego al puerto de Turbo y de allí a Panamá. El 18 de mayo de 1940, zarparon del puerto de Balboa a bordo del Argentina Marú, un enorme y lujoso crucero de bandera japonesa que recién lanzaba su exótica ruta entre el Lejano Oriente y Sudamérica. Cruzó el Pacífico en un pueblo de acero flotante más grande que su propio pueblo, donde todos los habitantes eran personas distinguidas. Aún no tenía labores que cumplir y pasaba los días entre los exclusivos salones, la piscina, el salón de belleza y el lounge. En las tardes salía a la cubierta para ver el sol que se sumergía en el mar eterno, mientras se alejaba de los tormentos de su infancia, sin imaginar que la guerra le pisaba los talones.

III

Sara llegó al puerto de Hyogo cuando el ejército nazi avanzaba por Europa. Contagiado por la sed de conquista, el Imperio de Japón había invadido China, aprovechando las disputas entre las fuerzas nacionalistas lideradas por Chiang Kai-shek y las fuerzas comunistas lideradas por Mao Tse-Tung, pero ambos bandos se replegaron al interior del país y, sin aliarse, iniciaron un ataque de guerrillas contra los japoneses, que ya contaba cinco años. Según los informes del Dr. Rodolfo Moreno, embajador de Argentina en Japón en 1940, por cuenta de la guerra con China la población civil sufría severas restricciones: “combustibles, energía, alimentos, textiles, cigarrillos y alcohol estaban racionados o eran inhallables, y los artículos considerados de lujo —sombreros, corbatas, relojes y joyas, entre otros— eran directamente prohibidos”.

A pesar de las dificultades, las ambiciones japonesas aumentaban con las noticias del avance del ejército nazi, y el país se preparaba para la guerra. Argentina mantenía relaciones privilegiadas con Japón, y Sara, al servicio de una familia de la misión argentina, realizó una gira por Manila, Hong Kong y Shanghái, ciudades en el limbo del colonialismo, mientras Japón construía la flota naval más grande del mundo para conquistarlas. Sara cuidaba un pequeño de cinco años y una niña de dos y dirigía un puñado de criadas que se encargaban de las labores domésticas, sin detenerse demasiado en la tensión de las labores diplomáticas de su jefe.

El rumor de la guerra aumentaba, aunque a bordo de los suntuosos cruceros, y en medio de la distinción y el glamour de los hoteles y las residencias consulares, se sentía segura e importante. El ataque japonés a la base americana de Pearl Harbor rompió el idilio. Las delegaciones diplomáticas cerraron y emprendieron tortuosos viajes a sus países, mientras la guerra se esparcía por el mundo. Sara, gracias a la gestión de Erasto Villa, embarcó el Asama Marú junto a otro centenar de refugiados, como parte del primer intercambio humanitario de la Segunda Guerra Mundial. En Yokohama recogieron al embajador de Estados Unidos en Japón, mientras el barco sueco Girpsholm zarpaba de Nueva York con el embajador de Japón en Estados Unidos.

El Girpsholm se detendría por más repatriados en Río de Janeiro y el Asama Marú haría lo mismo en Shanghái, Hong Kong, Saigón y Singapur, donde se le unió la embarcación Conte Verde, de bandera italiana. Juntas cruzaron el océano Índico, el Asama Marú adelante, un punto rojo en los radares de los submarinos que se destruían en la guerra naval más feroz de la historia. Tras un mes y medio de maniobras y penurias, las embarcaciones arribaron a Lourenço Marques, en Mozambique, país neutral, en ese entonces colonia portuguesa. El intercambio tardó cuatro horas.

Más de 1.400 occidentales abordaron el Gripsholm, rumbo a América, y unos 1.500 japoneses el Asama Marú hacia el Lejano Oriente. El Gripsholm todavía tuvo que navegar hasta Cabo de Hornos, en la Patagonia, para evitar los combates que acontecían en el Atlántico, y subir cerca a la costa hasta llegar a Río de Janeiro, donde Sara desembarcó.

Durante la guerra, unos 20.000 civiles murieron mientras eran transportados por los mares del mundo en los llamados “barcos del infierno”, la mayoría bombardeados por las propias fuerzas aliadas. Sara trabajó en Río al cuidado de los niños de una familia de venezolanos, hasta reunir el dinero necesario para regresar a Colombia. Viajó por mar a Puerto Cabello, en Venezuela, estuvo un mes en Caracas, y regresó por tierra a Bogotá, perturbada, pero sana y salva.

Los elegantes cruceros en que viajó sufrieron los estragos de la guerra. El Argentina Marú fue requerido por la Armada Japonesa en 1941 para transportar tropas y armamento durante la primera parte de la Guerra del Pacífico. En 1943 fue convertido en portaaviones y rebautizado como Kaiyo. En los balcones emplazaron metralletas y misiles antiaéreos, los exclusivos salones y algunas habitaciones desaparecieron para dar paso a una pista de aterrizaje. Participó de varias batallas, hasta que fue bombardeado por aviones británicos en Beppu Bay, el 24 de julio de 1945.

El diligente Erasto Villa, uno de los pocos occidentales que permanecieron en Japón, cumplió labores diplomáticas en representación de varios países hasta los primeros bombardeos, y luego consiguió una casa en el campo junto a su esposa, que estaba embarazada, y tuvieron a su primer hijo mientras resistían los horrores de la contraofensiva aliada. Cuarenta millones de personas morirían en la Segunda Guerra Mundial.

IV

La noche del 3 de enero de 1949, poco después de las 9 de la noche, cuando Sara se preparaba para dormir, Víctor Raúl Haya de la Torre, el hombre más buscado de Perú, tocó a la puerta de su casa, la embajada de Colombia en Lima. Sara llevaba cinco años como ama de llaves de la familia de Carlos Echeverri Cortés; primero en Bogotá, mientras éste ejercía como ministro de Comunicaciones, y luego en Ciudad de México y Lima, donde ejercía como embajador.

Haya de la Torre se escondía de las autoridades, acusado de promover un golpe de Estado fallido, fuertemente reprimido por el gobierno de Manuel Arturo Odría. Ante la inminencia de una captura, el consejo directivo del APRA —Alianza Popular Revolucionaria Americana, su partido político—, lo instó a buscar asilo, y él escogió la embajada de Colombia, en la avenida Arequipa y calle Paz Soldán. El embajador invitó al prófugo a la sala, pidió dos tragos al mayordomo y escuchó las razones del político. Echeverri concedió el asilo, pero aclaró que conseguir un salvoconducto para permitir su salida de Perú no sería sencillo.

En la crónica Cinco años en el exilio en mi propio país, escrita por Haya para la revista americana Life y publicada en 1954, poco después de recuperar la libertad, el político relató las incidencias de su encierro. Tan pronto se oficializó el asilo, los militares montaron barricadas alrededor de la casa, y el gobierno peruano solicitó la entrega del “terrorista”, argumentando que no merecía el estatus de asilado. El embajador se mantuvo firme en su decisión de proteger los derechos del político, e inició una larga batalla diplomática, a costa de su tranquilidad.

El acceso a la embajada fue restringido, quienes salían eran interrogados, la policía ocupó los edificios vecinos y en la noche las luces reflectoras pasaban inquisidoras sobre las ventanas. “Solamente una vez vi perder la calma a una persona de la servidumbre de Echeverri —escribió Haya—. Fue el ama de llaves, una joven colombiana llamada Sara Mateus. Llevaba a la lavandería, regularmente, mi ropa y la del embajador, y un día, al volver de uno de esos viajes, la vi deshacerse en lágrimas por primera vez. Nos contó, sollozando, que en la calle que está a espaldas de la embajada le salió al paso una señora elegante y le dijo: ‘vivo cerca y sé que usted trabaja en la embajada. Ayúdenos a matar al hombre que se ha refugiado ahí. Dele veneno y yo la ayudaré’. Horrorizada, Sara se alejó de la mujer y corrió a contarnos lo que había ocurrido. Tardó algún tiempo en serenarse, pero al fin reanudó sus labores”.

Algunos carros pitaban en apoyo al político, que mantuvo gran aceptación entre las clases populares, y el saludo era seguido por las sirenas y las motos que se disponían a la persecución. Alguna vez un hombre gritó “¡Viva el APRA!” y, por la ventana, Haya pudo ver cómo unos 20 policías lo cargaban en una patrulla. Cuando la tensión ya era cosa de todos los días, Echeverri fue llamado por su gobierno y regresaron a Bogotá. Colombia enfrentaba una nueva guerra. El líder popular Jorge Eliécer Gaitán, del partido opositor y seguro ganador en las elecciones venideras, fue asesinado en pleno centro de la ciudad, y las revueltas, a lo largo y ancho del país, eran reprimidas por el gobierno y cobraban miles de víctimas. La democracia era de puertas para afuera.

Tres embajadores más entregaron credenciales antes de que Haya recibiera el salvoconducto. El ama de llaves del cuarto embajador, inglesa, sufrió un ataque de nervios y pasó tres meses en un hospital. Haya murió 25 años después, de muerte natural, y, aunque alcanzó la mayor votación en las elecciones de 1962, nunca pudo ser presidente.

V

Sara conoció a Theodore Burgess, un veterano de la guerra, en un concierto en el Central Park de Nueva York, en el verano de 1955. Continuaba al servicio de Carlos Echeverri, entonces representante de Colombia ante la naciente Organización de Naciones Unidas, creada para salvar a la humanidad de la barbarie de la guerra. En sus intervenciones, Echeverri alabó los avances en tecnología nuclear de Estados Unidos y la importancia de su uso no bélico en el desarrollo de la humanidad, y luego de varios años de misión diplomática fue llamado a entregar credenciales en Colombia. Sara decidió quedarse, se casó con Burgess, después de un noviazgo fugaz, y se mudó a Florida. Ese mismo año, su mamá murió en el hospital de Vélez, rodeada por todos sus hijos, excepto Sara y Silvestre, que había muerto años atrás en un accidente.

Burgess estudió agricultura tropical en la Universidad de Hawái y aplicaba a puestos en el Caribe, mientras trabajaba como ayudante en un estudio de música. Sara era mesera y estudiaba inglés. Su esposo no hablaba muy bien el español y tenían serios problemas de comunicación. Año y medio después, cuando la relación empezó a deteriorarse, Sara decidió darle un aire a su matrimonio y visitar a su familia.

Salvo una hermana que vivía en Bogotá, todos continuaban en las mismas montañas. Los bosques perdieron terreno con la caña de azúcar y la ganadería, todavía no había electricidad y para conseguir agua debían bajar al pozo y subirla en ollas sobre la cabeza. Sus hermanas criaban manadas de niños y soportaban los vicios de sus esposos; y la violencia rondaba cada vez que había elecciones. Poco había cambiado. Su padre era más viejo y reposado. Un burro le pegó una patada en el pómulo y lo marcó por el resto de sus días.

Sara visitó la casa de cada uno de sus hermanos durante varios días, y repartió regalos traídos de Estados Unidos a todos sus sobrinos, que ya eran más de una docena. En Bogotá, la familia Echeverri la recibió como en casa, con lujo y alegría, pero Sara tenía un pendiente por solucionar.

Nunca regresaría a Colombia. Las peleas con su esposo se agudizaron, al mes dejaron de vivir juntos y, al año, iniciaron un juicio ante la Corte del Circuito del condado de Hillsborough.

Burgess acusó a su esposa de crearle fama de “marica” y “drogadicto”, de “escupirlo entre 200 y 300 veces” y “golpearlo en numerosas ocasiones, a veces en sus partes nobles”. Sara, a través de su abogado, lo acusó de “maltrato físico y psicológico”, “abandono del hogar” y de “querer llevarla a Cuba para unirse a la revolución”. Luego de tres meses de citaciones, firmaron el divorcio.

VI

En 1966, Sara rentó un apartaestudio en Manhattan, por $75 dólares al mes, a término indefinido. Era costoso para la época, pero en 2005 seguramente pagaba la renta más barata de la isla. Trabajó 15 años para la viuda de un acaudalado artista neoyorquino, que se casó cinco veces después de la muerte de su primer esposo y se practicó media docena de cirugías plásticas.

Sara tenía bastante tiempo libre, un sueldo aceptable y pocos gastos. Adquirió el hábito de salir de compras por las tiendas más exclusivas de la ciudad. Compraba muebles, lámparas, vajillas, abrigos, faldas, sacos, zapatos y portarretratos, que poco a poco empezaron a llenar el pequeño rectángulo que había escogido para refugiarse de los peligros del mundo. Mantenía correspondencia con sus hermanos y varios sobrinos, a quienes siempre enviaba uno o dos dólares en las cartas. Un sobrino piloto le traía envueltos de maíz preparados por una de sus hermanas, hasta que fue despedido de la aerolínea por llevar cosas que no debía.

Las fotos de sus viajes por el mundo, de la familia que seguía creciendo y las postales de los Echeverri fueron apretándose en las finas mesitas italianas, y el apartaestudio sucumbió al olor del alcanfor, utilizado para combatir las polillas que empezaban a comerse los elegantes abrigos que ya no tenía ocasión de lucir. Con el tiempo, dos de sus sobrinas llegaron a Nueva York en busca de oportunidades. Sara era agria, furiosa y generosa, las celaba constantemente para que no perdieran su talante de mujeres de bien, les repetía la historia de unas “monjas arrastradas” enfermas del estómago que le pasaron por encima una y otra vez camino al baño en el barco de refugiados, y les preguntaba si ya había licuadoras en Colombia.

En Nueva Jersey cuidó unos niños desde los brazos hasta que se hicieron jóvenes, después limpió apartamentos en Manhattan y, cuando su cuerpo no daba para más, lavó la ropa de algún ejecutivo que no tenía tiempo para ir al laundry y cuidó un gato de un vecino. Carlos Javier, su sobrino nieto, llegó en 2000 y empezó a estudiar inglés y trabajar como mesero. Lo trataba como el hijo que nunca tuvo y él, que había perdido a su madre siendo un bebé, le retribuía el cariño.

Por esos días Libia, una de sus sobrinas, dio a luz al primer miembro de la familia en Estados Unidos, Mario Alejandro, quien despertaría toda su ternura. Los recuerdos de la vida se fueron amontonando en su mente, mientras las cucarachas se apoderaban del apartaestudio y la artritis de sus huesos. Guardaba con especial cuidado la primera página del periódico El Siglo de 1952, cuando su historia apareció bajo el título “Ama de llaves por el mundo”, junto a una hermosa fotografía en la que vestía un kimono, tomada en Tokio días antes de la guerra.

Luego del ataque a las Torres Gemelas, se enredó con una de las alfombras que amontonaba para el invierno y cayó al suelo después de chocar de frente contra su sillón. En un principio trató de moverse, pero desmayó de dolor y no volvió a intentarlo. Quedó tendida boca abajo durante horas, con la cadera dislocada. El teléfono timbró varias veces, pero era imposible llegar a él. Cuando tenía el pecho congelado, la presión baja y estaba a punto de desfallecer, Carlos Javier abrió la pesada puerta de madera y golpeó la cabeza de su tía abuela, quien ni siquiera se movió.

La ambulancia llegó a los pocos minutos. Los paramédicos la reanimaron, y mientras la subían a la camilla volvió en sí por completo:

—¿A dónde me llevan estos arrastrados? —decía tan fuerte como la debilidad le permitía, con el acento santandereano que mantuvo siempre. Desde entonces, después de pasar la vida sirviendo a otros, la tuvieron que cuidar, y no supo acostumbrarse. Murió en el hospital Mount Sinai de Nueva York, acompañada por una sobrina, después de un coma de dos meses.

* Versión completa en www.elespectador.com.Sara Mateus era tía abuela del autor. El dinero producto de la venta del libro se usará en pro de IBI-Tekoa, Aldea de la Tierra, una organización que trabaja por la construcción de un estilo de vida en armonía con la naturaleza. Para adquirirlo visite www.ibitekoa.blogspot.com o llame al 321 4512367.

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