“Amadeus” en la gran pantalla

La obra de Peter Shaffer, inspirada en las cartas personales de Mozart, es un montaje lleno de música en donde cada texto escrito por Shaffer es una invitación a viajar por la condición humana.

Lucian Msamati (Antonio Salieri). /Cortesía: Marc Brenner

“Sabíamos que iba a ser un clásico... lo podíamos oler”.

La frase es de Felicity Kendal después de estrenar Amadeus en el National Theatre en el año de 1979. No se equivocaba.

Peter Shaffer había escrito la obra inspirado en el carácter que revelaban las cartas personales de Mozart: “Tuve la idea de escribir esta obra después de leer mucho acerca de Mozart. Quedé atónito por el contraste existente entre lo sublime de su música y la bufonería vulgar de sus cartas. Soy criticado permanentemente por darle vida a un Mozart imbécil, pero lo que realmente quería hacer era describir a un ser infantil: sus cartas parecen estar escritas por un niño de ocho años. En la mañana, al desayuno, podía escribir cartas a sus familiares totalmente procaces; en la noche podía escribir una pieza maestra mientras conversaba con su esposa”.

John Dexter, colaborador permanente de Shaffer, debía dirigir la obra, pero después de varios desacuerdos contractuales fue el mítico Peter Hall, director del National Theatre de entonces, quien asumió la dirección. Hall había dirigido varías óperas de Mozart y ha manifestado en más de una oportunidad que es uno de los textos más brillantes que ha tenido en sus manos.

El reparto no podía ser menos excepcional: un joven y desconocido Simon Callow encarnó al Mozart pueril que ya ha quedado en nuestro imaginario a partir de la obra de Shaffer; Felicity Kendal dio vida a Constanza, la joven esposa del genio, y en el papel de Antonio Salieri, uno de esos actores que han escrito texto a texto la historia del teatro universal: Paul Scofield.

Desde ese estreno en la sala Olivier del National Theatre, Amadeus ha seguido hurgando en nuestras conciencias, pasó a su producción en Broadway, en la que Ian McKellen asumió el rol de Salieri, y llegó hasta las pantallas del cine en 1984, dirigida por Milos Forman (Óscar a mejor dirección), la interpretación de F. Murray Abraham como Salieri (Óscar de la Academia a mejor actor), además del galardón a mejor película. Premios a los que se suman varios Tony, Globos de Oro, César, Bafta y una larga lista.

Después de este recorrido, Amadeus vuelve a su casa del National Theatre con la misma contundencia, esta vez bajo la dirección de Michael Longhurst. Un montaje lleno de música en donde cada texto escrito por Shaffer nos hace viajar por la condición humana equipados con un bisturí más afilado que nunca.

El papel de Salieri está a cargo de Lucian Msamati, un villano que no podemos odiar porque entendemos y hasta compartimos su racionamiento. Él, Salieri, se ha esforzado por ser un buen hombre, competente en todo sentido, disciplinado, entregado a su música y a su posición en la corte. Un hombre que a todas luces debería ser recompensado, no sólo por sus conciudadanos sino, especialmente, por Dios. Su tragedia y el itinerario de las decisiones que lo conducen a asesinar a Mozart y, con él, a Dios, comienza cuando en la corte austríaca irrumpe la risa estridente del genio de Salzburgo.

Adam Gillen da vida a un Amadeus insoportable, aquel que Shaffer descubrió en las cartas personales del compositor de varias de las piezas más bellas de la historia de la música.

Salieri queda condenado a escuchar la voz de Dios en una música que jamás podría escribir, se asoma a las partituras escritas por Mozart y sólo puede descubrir su propia mediocridad. La envidia empieza a consumirle el alma y descubre, al mismo tiempo con el público, que la mediocridad y la envidia van frecuentemente tomadas de la mano.

La interpretación de Msamati se ocupa de que el público siga el racionamiento de Salieri, un racionamiento cuyo resultado es el monólogo final del primer el acto en el que decide conscientemente romper con Dios. ¿Quién lo puede culpar? ¿Quién puede seguir a un Dios tan injusto? Sí, es posible que exista, pero ¿cómo puede ser de tan mal gusto?

De ahí en adelante se desarrolla la conjetura ingeniosa de Shaffer: Salieri acabará con la vida de Mozart haciéndole un encargo que terminará por consumirlo. Ante tanta belleza nos queda el ingenio para destruir, para triunfar entre los mediocres. El público se siente liberado. Finalmente, es sólo una conjetura, una obra de teatro ingeniosa, un montaje con varias de las piezas musicales más bellas de la humanidad. Pero al final Salieri no nos deja escapar.

Enfrentando su último fracaso, mediocre hasta para terminar con su propia vida, se planta mirando a la platea y nos presenta al santo que nos faltaba, al que nos debemos encomendar en un mundo carente de belleza, de decisiones ramplonas, de mezquindades en el ejercicio del poder: el santo patrono de la mediocridad: Antonio Salieri. Nos advierte… ya nunca estaremos solos.

Un montaje inolvidable, con la participación de los músicos de la Sinfónica de Southbank, actuaciones memorables y un texto que nos interpela.

Un solo pesar: Shaffer. No pudo estar presente. Murió en junio del año pasado.

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