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Amarás tu sombra: carta a Leonora Carrington

Carta a Leonora Carrington, pintora surrealista y escritora inglesa de nacionalidad mexicana que, además, mantuvo amistad con Joan Miró, André Breton, Pablo Picasso y Salvador Dalí.

Imagen de Leonora Carrington, pionera del surrealismo en América Latina. / AFP

Discúlpame, Leonora, ya sé que todo México te escribe y te reclama. ¡Leonora fue la última surrealista!, escuché la otra vez a alguien decir, y también sé que hablarte de la locura, de él, de Max, es insultar la mudez con la que decidiste enfrentar su recuerdo. Ya sé que todo esto está atrás, pero, por favor, déjame hablar del pasado que se repite, del amor y la locura.

Leonora, yo pensaba que las mujeres fuertes no enloquecen por amor, no enloquecen por la guerra y no enloquecen por la pérdida, pero en la mitad de la soledad de México un montón de voces femeninas, muertas, me gritan que no es así. Encontré esas voces en una biblioteca fría de Coyoacán, leyendo a Garro, a Castellanos, a Poniatowska. Las encontré a solas, mientras vociferaba la practicidad de Diego Rivera, la omnipotencia de Octavio Paz. Retratado el primero en ese pedazo de libro que es Querido Diego, te abraza Quiela.

Allí encontré tu voz de yegua indómita que desafió el perfecto mundo inglés de la mansión de tus padres en Lancashire. Ese mundo que dejaste para aventurarte a Londres y París para ser pintora, aunque tu padre te quitara todo apoyo económico “porque el arte es oficio de pobres y homosexuales”.

Pero la falta de calefacción no logró apaciguar tu alma salvaje, y en la mitad de esa furia conociste a Max Ernst, el chamán, el pájaro loplop, y te aventuraste a amarlo, con esa valentía con que sólo pueden amar las mujeres que se pertenecen y que no sienten miedo. Max era casado, Max era un mujeriego y sobre todo era un hombre práctico, un hombre 26 años mayor que tú. Lo sabías. Enloqueciste de amor. Tu alma de alquimista les pidió mil veces a los espíritus que fusionaran tu cuerpo con el suyo, y al final parece que él también enloqueció por ti, al menos un tiempo. Por un breve tiempo fueron lo que quisiste, uno, en la casa de Saint-Martin d’Ardèche, a donde huyeron de los asedios de la esposa de Max. Sí, Leonora, ella también enloqueció de amor.

Luego se llevaron a Max al campo de concentración. Luchaste por regresarlo a ti, por salvarlo, por salvar tu amor. Los vecinos del pequeño pueblo nunca más volvieron a verte desnuda en el río. Entonces te aferraste al ocultismo, al vino tinto, y pasabas tus horas pintando y trabajando en el viñedo hasta enloquecer. Así te imagino siempre, con la piel blanca, empapada en tu propio sudor, las manos llagadas, mientras expías la culpa de no poder hacer nada. Siempre buscamos convencernos de que el trabajo arduo da excusas aferra al deber, limpia, aleja de la propia sombra, esa que tanto deseamos pero que nos repulsa.

Al final no soportaste más estar en el pueblo y lo dejaste todo y te fuiste a Madrid para buscar ayuda para Max. Allí tu sicosis explotó y entonces te empeñaste en advertir a toda la ciudad de los horrores de la guerra que vendría. Tu padre, avergonzado, envió a que te cuidaran y te internaran en los mejores hoteles de Madrid, y allí, encerrada en el hotel Ritz, empezaste a tirar papeles por la ventana para advertir del futuro, para contarles a todos tus visiones de los cuerpos amontonados en los camiones de guerra.

Imagino tus grandes ojos negros sin poder fijarse en la realidad de esa Madrid. Te imagino en el hotel Ritz, que era en ese entonces el punto de reunión del nazismo, tratando de convencer a franquistas y espías del peligro que vendría, buscando ayuda para Max con los oficiales franquistas que se sentaban en el Embassy. Eso hiciste, te volviste la loca indeseable, la incómoda loca que enviaron al manicomio de Santander, porque a una yegua desbocada sólo se le puede controlar con dosis altas de cardiasol.

Allí, entre cardiasol y electrochoques, te castigaron por ser incapaz de razonar como los demás, y nunca sabremos cuánto de ti se quedó allá sujetada de pies y manos. Te obligaron a ser sumisa, a abandonar tu propia sombra. Leonora, te escribo desde el tiempo de la falsa insumisión. Te escribo desde un tiempo en el que arriesgarse a aceptar tu propia sombra y la del otro es ser sumiso, es no ser zen. No lo entiendo, Leonora. ¿Acaso no somos todos sumisos al aceptar una única forma de amar, de hacer las cosas?

Luego viene la historia de tu regreso de la oscuridad. Te volviste el mito entre los artistas. Los surrealistas te admiraban por convertirte en uno de esos personajes que regresaron del inframundo, porque se suponía que un buen artista y un buen romántico debe bajar al infierno. ¡Falsedades, Leonora! Falsedades en un mundo en el que los artistas se internan en manicomios por su propia cuenta.

En Lisboa, antes de huir a Nueva York, volviste a ver a Max y te diste cuenta de lo inevitable, que dos seres humanos que son reducidos a su mínima humanidad, a escarbar y mostrarle al otro las profundidades de su sombra, no pueden volver a amarse. Quién sabe, Leonora, de pronto es cierto que el amor sólo se puede dar entre los amantes que se cubren el rostro como en el cuadro de Magritte, todo dentro del cuadrito, todo perfectito. Tal vez el amor, ese corazón de melón achocolatado, no soporte tanta verdad, tanta humanidad, todas las veces que fuimos indignos, entonces es cierto que debemos simular, taparnos muy bien los ojos para no ver nuestras propias fauces y poder amar.

Luego vino México, el trabajo duro, la pintura, tus amigos exiliados, entre ellos tu gran apoyo, Remedios Varo. Sobrevivir a las corridas de toros, que te hacían llorar, sobrevivir a las peleas de gallos y a un México que a veces hacías tuyo y a veces odiabas. Sobrevivir al hambre. Luego vinieron los ojos huérfanos de Chicki Weisz, construir un hogar, tener hijos, dejar el pasado en su lugar. Hacer una vida, Leonora, aceptarla con su luz y sus sombras.

 

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