En salas de cine

“Amazona”, una reflexión sobre la libertad y los límites

En la dirección y actuación de la película, Clare Weiskopf deja al descubierto su amor y admiración por su madre.

Valerie Meikle y Clare Weiskopf, quienes protagonizan “Amazona”. Cortesía

¡Cuántas veces los hijos hubiéramos querido hacer preguntas fundamentales a nuestros padres, y no las hemos hecho por temor, respeto o simple negligencia! En el momento en que va a ser madre por primera vez, la joven directora colombiana Clare Weiskopf se decidió a preguntarle a su madre, Valerie Meikle, una inglesa que hace muchos años escogió internarse en el Amazonas y establecerse allá, por qué dejó que ella y su hermano, cansados de su vida de trotamundos, se fueran de su lado cuando tenían apenas once años y se enfrentaran a la soledad de una casa con un padre intermitente, en una ciudad a la que no estaban acostumbrados. Alrededor de esa dolorosa pregunta gravita su película Amazona, que más allá de ser un reproche íntimo, un ajuste de cuentas personal enmarcado en una relación de amor y admiración por la madre, es una reflexión sobre la libertad y sus límites, y sobre la maternidad, tantas veces vista con una mirada edulcorada y convencional.

 

Clare Weiskopf ha dicho que desde muy temprano quiso hacer una película sobre su madre, y se entiende, porque Val, como la llaman, es en sí misma un personaje de una fuerza enorme, que encarna la búsqueda de la felicidad y de la libertad a ultranza, algo que encuentra, sobre todo, en medio de la naturaleza más agreste, lejos de lo urbano, para lo que considera no está hecha. Teniendo como eje el viaje a la selva de Clare y su marido Nicolás van Hemelryck -productor de la película- y a partir de la conversación entre madre e hija, el documental se expande y recrea el origen de esta historia, que comienza cuando Valerie, a los 23 años, abandona su país por el amor a un colombiano y se instala en Armero, donde vive una vida acomodada y burguesa criando a sus dos pequeñas hijas.

Muy pronto se siente asfixiada por las costumbres muy convencionales de esa sociedad y por una cultura patriarcal que, según sus palabras, espera que las mujeres estén recluidas en sus casas apenas el sol se pone; viene entonces la crisis matrimonial, que la despoja de todo, incluso de sus dos pequeñas hijas, con las que de todos modos mantendrá después algún vínculo. Es en ese momento que Val eleva vuelo. Con un colchón, con sus miedos y una sensación enorme de libertad, se lanza a la aventura andariega, que la lleva a encontrar otros lugares, cada vez más agrestes, otro amor, otros hijos -Clare y Diego-, y que se radicaliza cuando su hija mayor muere en la tragedia de Armero y ella se adentra en el Amazonas.

En la pantalla el presente y el pasado se van alternando de manera fluida, sin que el espectador se aburra ni un momento, conducido por una cámara diestra, que registra con la misma maestría los enormes paisajes sobrecogedores, los pequeños detalles y los primeros planos de los rostros de estas dos mujeres, a veces felizmente unidas por el cariño y el cuidado, y otras agobiadas por sus propios recuerdos y dolores, al borde de las lágrimas o del silencio, que por momentos se instala en la pantalla como evidenciando la tensión de lo irresoluble, de lo que no tiene conciliación posible. Especialmente dramático resulta también el testimonio de Diego, el hermano menor, que nos cuenta cómo ha vivido su propio infierno. La hija le pregunta a la madre si no cree que ha cometido errores. Y ésta contesta, con una convicción que estremece y con la fuerza que en ella tiene la idea de que la vida no es sino una y que, por lo tanto, hay que asumir riesgos, experimentar, buscar: “Lo más importante en la vida de uno es la vida de uno”. La música, presente y ausente a la vez, como se espera de ella, acompaña este transcurrir sin hacer concesiones sentimentales ni manipular al espectador.

Este jamás es empujado a juzgar, pues a lo que asiste es a decisiones de vida problemáticas, complejas, y a puntos de vista tan descarnados como honestos. Sin embargo, internamente, creo que el espectador toma partido. Porque en el corazón de Amazona lo que late es un dilema existencial, un problema ético que no puede dejarnos impávidos, porque nos concierne a todos, llevándonos a preguntarnos dónde están los límites de la libertad y a enfrentarnos al delicado tema de la maternidad, de la paternidad -aunque, o más bien, precisamente, porque aquí el padre es una ausencia- y de las consecuencias éticas de todos nuestros actos.

“Amazona” es cruda, hermosa y valiente. Una película que debe verse, y que enriquece el ya fortalecido panorama de la cinematografía nacional.

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