Andrés Mauricio Muñoz: “La vida sigue, jamás se detiene, sin importar cuán abatidos estemos”

El escritor payanés Andrés Mauricio Muñoz fue uno de los tres finalistas del IV Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana. Su libro “Hay días en que estamos idos” fue el único representante del género del cuento.

Andrés Mauricio Muñoz, quien asegura que está trabajando en una novela que podría titular Las Margaritas.Cortesía

Andrés Mauricio Muñoz ha escrito tres novelas y tres libros de cuentos; fue director de la desaparecida revista La Movida Literaria, y fundador de la revista de cuento policíaco Aceite de Perro, junto a los escritores Pablo Estrada, Carolina Cuervo Navia, Juan Fernando Hincapié y el editor Esteban Hincapié Barrera. Ha recibido varios premios literarios como el Concurso Nacional de Cuento TEUC 2008, y el Concurso Nacional de Cuento de la revista Libros y Letras, entre otros. Ha hecho parte de las antologías El corazón habitado, Cortázar sampleado. 32 lecturas iberoamericanas, y Puñalada trapera, antología de cuento colombiano contemporáneo, título editado por Rey Naranjo Editores. Con su libro Hay días en que estamos idos, publicado en 2017 por el Grupo Planeta, en su sello Seix Barral, fue uno de los finalistas del IV Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana.

Hablar con él es siempre un deleite, escuchar las historias que se encuentra en cada esquina y lo que piensa acerca del oficio de escritor. Es un buen tipo, un gran narrador y, seguramente, su obra quedará por muchos años en la memoria de los lectores colombianos. Pero hay que decirlo, a Muñoz no lo desvelan los premios o las menciones; lo que le preocupa es que lo lean, y mucho.  

Sus cuentos exploran, indudablemente, las grietas que surgen en los episodios más concretos. Lo cotidiano es su interés más claro. ¿De dónde surge esta intención por narrar lo que se oculta entre las bisagras de un día común?

Desde hace mucho tiempo tomé la decisión literaria de nutrir mis personajes, mis historias, a partir de lo cotidiano. En ese proceso descubrí que, entre los entresijos de esa cotidianidad, aparentemente llana, insustancial, había una serie de abrumos, frustraciones y aflicciones que de alguna manera sorteábamos. Porque la vida sigue, jamás se detiene, sin importar cuán abatidos estemos. Después, en la medida en que iba abordando historias y personajes, advertí también que más allá de aquellos sentimientos que de alguna manera teníamos ya inventariados, había grietas, unas más visibles que otras, pequeñas fisuras que de alguna manera definían una cantidad de cosas en el momento en que por primera vez reparábamos en ellas, como si el hecho de haberlas notado enrareciera el ambiente y algo nos punzara desde adentro. De tal manera que decidí seguir explorando esta perspectiva, porque siento que me permite ahondar mucho más en mis personajes.

Ha leído a Raymond Carver. ¿Qué aspectos de su obra rescata en la suya?

Carver ha sido todo un referente para mí, y desde mis primeros libros varios lectores encontraron influencias o algún tipo de relación con mis cuentos. El tipo de personajes que él abordaba, con sus agobios y su manera de ser en el mundo, la crudeza con que los plasmaba en el papel, sin el menor asomo de indulgencia, tiene mucha relación con lo que a mí como autor me interesa. Pero no quisiera escarbar mucho en este asunto, porque en realidad esta pregunta es más para los lectores.

¿Qué autores, en el terreno del cuento, son los que más admira? ¿Por qué?

En términos generales son Raymond Carver, Julio Ramón Ribeyro y Felisberto Hernández, entre otras cosas porque consagraron su oficio de escribir en torno a un género apasionante, más allá de la infinita enumeración de virtudes que podría hacer de cada uno de ellos. Fueron escritores comprometidos y convencidos con el género, que supieron dónde poner la mirada. A esos nombres, que como te digo fueron más que todo mis primeros grandes referentes, se han venido a sumar autores como Alice Munro o Lucía Berlin, que encumbran el género de una forma maravillosa.

Lo cotidiano puede tornarse aterrador. ¿De qué manera fueron concebidas las historias de este libro?

En general fueron concebidas desde la idea en cuanto a que introducir puntos de ruptura que trastocaran todo en la cotidianidad de los personajes, me daba la posibilidad de establecer con ellos una relación más entrañable, conocerlos más, hurgar en sus miedos, entender sus expectativas y cómo esos agobios, que son tan suyos, tan nuestros, iban formándose o deformándose alrededor de la constatación de esa ruptura, del descubrimiento de la grieta o la certeza de que a partir de la fisura podría llegarse al cuarteamiento total. Eso visto desde una perspectiva más de cómo se concibió la idea del tipo de libro que quería escribir; pero ya los cuentos en particular obedecieron a esa pulsión de estar siempre pensando en historias, en personajes, en crear para ellos un mundo y echarlos a andar.

¿Cuál es su visión de una ciudad como Bogotá? En lo que escribe, el espacio urbano se hace más que presente.

Más que el espacio urbano me pareció importante darle mucha fuerza a ese espacio que habitan los personajes, a su confinamiento, a una casa o un apartamento como si fueran un personaje más con el que hay que convivir, un personaje que pone lo suyo, que un día puede ser una gran compañía y en otro ser también una suerte de verdugo cruel pero silencioso. Me gustó darle un poco más de fuerza a ese matiz, explorar esa dinámica en que los personajes habitan sus espacios.

En el cuento "Abril", que es uno de los últimos, parece que su interés fuera narrar el desequilibrio que ocasiona la rutina en una persona. ¿Puede ser esta una lectura acertada?

Es una lectura acertada, claro. Ese personaje siempre lo pensé como una especie de víctima de la rutina, pero una rutina que adquiere una dimensión más macabra en el sentido de que a quien somete a su rigor es a alguien con una frustración a cuestas, cuyas aflicciones reverberan y se han ido cocinando hasta que algo huela a humo, se queme, o estalle como si fuera una olla a presión averiada. (Olla pitadora, las llamaban en casa).

¿Por qué un niño decidiría ocultarse para siempre entre las paredes de su casa? ¿La envidia entre los padres es tan común?

Todos podemos ser verdugos de alguien sin intención y sin saberlo, incluso de quienes más amamos. A veces yo mismo quisiera ocultarme entre las paredes de mi casa, y quedarme ahí para ver cómo trascurre la vida; sería como irse para siempre sin abandonar a nadie. En cuanto a la envidia de los padres la verdad no sé si sea tan común o no, pero lo que sí sé es que la paternidad nos enfrenta a sentimientos cuya magnitud no sospechábamos, como si del amor, el miedo, la angustia y la alegría antes de los hijos tan solo hubiésemos conocido un pequeño esbozo.

¿Qué se viene para Andrés Mauricio Muñoz? ¿En qué trabaja ahora?

Estoy trabajando en una novela que he estado pensando desde hace mucho tiempo. Creo que se llamará Las Margaritas, pero por el momento creo que lo más atinado es no adelantar nada más. Es un proyecto literario bastante ambicioso, todo un desafío para mí.

 

 

 

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