Anhelo anacrónico

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En tiempos inmediatos olvidamos la adrenalina de enviar una carta, olvidamos el valor del objeto, de lo palpable. Los niños ya no rompen sus pantalones jugando en las calles. La pretensión de rapidez y perfección de la era digital nos apartó de viejas y entrañables sensaciones que se fueron perdiendo con el paso de los años.

He tenido que verme con la obligación de escribir frente a la pantalla. Pero cuando se trata de confesarse, he querido hacerlo a mano, o hacerlo en la vieja máquina de escribir Remington que me heredó mi abuela cuando supo que yo había decidido hacer de la escritura más que un ejercicio, cuando le pedí que además de sus principios me legara un objeto tan preciado como aquel que nos facilita crear palabras. Y me gustaría volver a buscar el mejor papel, el mejor tintero. Y así lo hago cuando quiero sentir la adrenalina de encontrar la letra correcta, la frase precisa. Porque ahora hasta las aplicaciones o programas nos corrigen el error. Y esa pretensión de perfección nos ha borrado hasta la capacidad de pensar antes de decir. Y esa pretensión nos ha ido deshumanizando, no solamente porque se nos olvida que el error en algunos casos está permitido, sino porque nos ha vuelto dependientes de lo inmediato, porque nos ha convertido en seres flojos, que saben que no pueden perder el tiempo pensando, elucubrando, porque para corregir y ser exactos están las máquinas que nos hacen la vida más fácil pero los días más intrascendentes, porque dejamos pasar las horas por los universos que nos ofrece internet, que nos ofrecen las plataformas de contenidos audiovisuales. Y cuando nos damos cuenta, el mundo sucedió y nosotros no salimos de los últimos tuits o de los últimos lanzamientos en Netflix. 

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Me gustaría querer a la antigua. Cuando los momentos de exaltación se expresaban de frente, o por lo menos se escribían con más esmero. Ahora creen que todo puede decirse en las redes sociales y en los aparatos que más que aparatos se volvieron extensiones de lo corpóreo. Quisiera volver a escribir la carta, doblarla con pliegues que expresan cierta fineza y exactitud. Quiero volver a subirme en la bicicleta o coger un bus y dirigirme a la oficina de correos, pedirle al cartero que envíe mi escrito a su dirección, encargarle que llegue sin una sola arruga ni una muestra de mugre, pues el pedazo de papel que le envío no puede llevar un doblez de más, pues ello puede decir lo que no es, o reflejar lo contrario a lo que pretendo. Quiero esperar varios días y que llegue una respuesta. Y si no llega conformarme con el hecho de que lo que dije fue leído por su destinatario. Antes la incertidumbre era más romántica. Antes las emociones eran más vívidas, ahora se esfuman con la instantaneidad.

Ahora veo a los niños con cierta nostalgia. Yo también me divierto con las consolas de videojuegos. Pero creo que el factor principal que determina nuestra creatividad y nuestra capacidad de abrirnos al mundo es la curiosidad, la posibilidad de explorar, de ensuciar nuestros pantalones mientras nos revolcamos en la tierra, de rasparnos las rodillas o los codos porque nos caímos corriendo por los parques y por las canchas. Y esa capacidad de explorar y ese privilegio de tocar el mundo con alegría y con dolores se ha ido disipando, se ha diluido entre los botones y las pantallas táctiles. Y ahora los niños temen interactuar. Y otros reniegan del contacto con otros. Dejaron de lado las paletas, las bocas sucias por probarlo todo. Dejaron las pelotas con las que crecimos, dejaron de lado los mundos que se creaban con los juguetes, con la arena, con las ramas que pasaban a ser los fortines o los escondites de aquellos super héroes que alguna vez construimos nosotros con nuestra imaginación, esa que se ha visto limitada por aquellos intectos de interactuar que no pasan del brillo del último celular o de la última tableta.

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Admito que agradezco poder guardar en una nube miles de fotografías y de canciones. Eso me da la seguridad de que por más robos o perdidas, aquello que he coleccionado seguirá en un espacio. Pero ese espacio es intangible. Me quita la posibilidad de palpar el objeto preciado que me costó conseguir y que se convierte en un tesoro. Un tesoro por lo que lleva consigo, por lo que representa en sí mismo y por lo que simboliza para mí, tal vez para una generación. Ya las fotos suceden porque sí. Y se toman 25 fotos para guardar dos. Y seleccionamos 500 canciones en una hora. Olvidamos la importancia de la autenticidad, del cuidado por lo que nos representa, del valor de tener en nuestras manos el álbum Mediterráneo o el de Abbey Road. Ya no nos preocupamos por un rollo de fotografías, o por evitar que el vinilo se raye o que el tornamesa se ensucie. Y sí, gracias a algunos anacrónicos o extraños los tornamesas vuelven a parecer atractivos, pero lo cierto es que la emoción por ellos o por aquellas antigüedades ya no perdura. Y por eso las relaciones se hacen volubles. Relaciones entendidas como vínculos con algo o alguien. Los segundos duran más que los esfuerzos por cuidar la palabra o por cuidar lo que nos refleja. Y los nuevos años llegan pero el deseo de regresar a un tiempo que no viví pero que me atrae más, aumenta. "El tiempo a mí me puso en otro lado", diría la canción de Fito Páez. Y esa sensación de romper con el tiempo que nos tocó nos va convirtiendo en bichos, en bichos como Gregorio Samsa, que murió siendo ajeno al cuerpo con el que amaneció un día, viéndose obligado a subsistir en unas condiciones que no pidió.  

 

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