Annie Leibovitz, una cierta mirada

Perfil de la mujer reconocida como una de las grandes fotógrafas vivas y quien ganó la semana pasada el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Annie Leibovitz es una mujer de la que personas como Hillary Clinton, Mick Jagger, Keith Richards, Anna Wintour y Whoopi Goldberg hablan con admiración, con un cierto sentido de asombro y reverencia.

Todos han trabajado con Leibovitz de alguna u otra forma. Muchos han sido retratados por ella y otros varios han sido catapultados hacia el estrellato, o incluso la gloria, por la mirada que esta fotógrafa ha logrado proyectar de ellos mismos, un testimonio inédito, oculto e insospechado que en muchas ocasiones termina por definir sus personajes.

En un mundo en el que la imagen representa una parte creciente de la consciencia colectiva, una fracción cada vez mayor de cómo son percibidos los días, las fotografías de Leibovitz han terminado por definir ciertos momentos históricos a través de un punto de vista específico sobre un personaje. De cierta forma, la grandes fotos de esta mujer han quedado como el recuerdo más inmediato y constante de un instante; el momento no define la imagen, sino al revés.

La fotografía comenzó siendo para Leibovitz un asunto íntimo, un documento de la vida familiar, una vida que transcurrió mediada por el movimiento, por la migración; todo debido a la vinculación del padre al ejército de Estados Unidos.

En uno de estos tránsitos, Leibovitz adquirió su primera cámara y empezó tímidamente a tomar fotografías en una base militar en Filipinas.

Cuando el momento llegó de estudiar, Leibovitz se mudó a San Francisco para ser una profesora de arte, “algo para lo cual tenía que ser una artista primero”, dijo en una entrevista unos años después.

En el primer verano que pasó como estudiante, Leibovitz tomó un pequeño curso de fotografía y la cosa cambió. Suena a cliché, algo que incluso la misma fotógrafa reconoce, pero la historia es así: todo hizo clic. El descubrimiento personal a través de la máquina. “La cámara te da esta licencia de estar solo en el mundo, pero con un propósito. Fue un hallazgo muy importante”.

Antes de ser una fotógrafa de moda o dedicarse casi exclusivamente a retratar celebridades, el trabajo de Leibovitz orbitó en una esfera ciertamente diferente. Claro, también había personalidades famosas del otro lado del lente (Ray Charles, The Rolling Stones, John Lennon), pero su forma de acercarse a los sujetos que fotografiaba terminó por permear su trabajo, y en últimas, por volverlo un asunto lleno de profundidad y algo muy parecido a la grandeza.

La fotografía es un asunto de tiempo, de paciencia, de esperar a que las cosas caigan en su lugar dentro del cuadro (al menos lo es en palabras de Sam Abell, fotógrafo de National Geographic, entre otras publicaciones).

En sus años en Rolling Stone, la revista que primero acogió a Leibovitz, ésta solía tomarse un tiempo considerable, al menos inusual para el estándar de la industria, y así establecer una conexión con sus sujetos. Una semana, o a veces más, con sus personajes le permitía desarrollar una cualidad excepcional: ser invisible. Después de varios días de gira con los Rolling Stones, de compartir drogas y trago y pasar tantas horas en bus como para darle la vuelta a la Tierra, la cámara comenzaba a pasar desapercibida y el ruido del obturador era un sonido más del ambiente, parte del paisaje.

En ese quiebre entre la intrusión y la familiaridad es que suceden los momentos esperados: Keith Richards tirado en el piso inconsciente, Mick Jagger con la mirada perdida después de un concierto; las tomas comienzan a ser habitadas por algo más que el simple retrato, algo así como el alma de las cosas, si acaso esto es posible.

Ese nivel de intimidad y trabajo con sus sujetos es lo que permitió que Leibovitz estableciera un contacto franco y directo con gente como John Lennon y Yoko Ono, dos personas retratadas por la prensa como figuras mediáticas, pero no tanto como una pareja en medio de un mundo cada vez más a punto de estallar en pedazos. Yoko Ono recuerda que en las primeras imágenes que les tomó Leibovitz sintió que en el cuadro quedó reflejado eso: un retrato de su relación.

La muerte de John Lennon contenida en una fotografía llena de vida. Una contradicción posible en el trabajo de Leibovitz, quien tomó la última imagen conocida del músico apenas horas antes de que fuera asesinado: una foto en el que Lennon abraza desnudo a Yoko Ono, una escena llena de una fragilidad conmovedora, un cuadro que, como otras imágenes de la fotógrafa, terminó por convertirse en un sinónimo del acontecimiento, una definición del mismo.

Sería injusto encasillar a Leibovitz como una fotógrafa de celebridades. Una definición un poco más amplia la situaría como una de las grandes retratista de los últimos tiempos. No tanto porque sus imágenes transmitan la esencia del personaje (algo que ella misma niega), sino porque el nivel de profundidad que logra establecer con sus sujetos permite encontrar varias dimensiones en un documento que apenas refleja un ínfimo pedazo de un minuto, el resumen de la luz y el temperamento del retratado que, más que la inmortalidad, aspira a una suerte de franqueza elocuente. Todo esto en apenas un instante.