Aislamiento en Bogotá: ¿Cómo está funcionando?

hace 33 mins
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Ante cualquier adversidad la danza y cualquier arte permanecen

Les presentamos un artículo en el que se narra cómo en épocas de crisis los bailarines de Ballet Clásico se han adaptado para mantener su proceso desde casa.

Melissa Gaona, bailarina del Ballet Nacional de Panamá, siguiendo con las rutinas y clases básicas desde casa. Cortesía

La verdad llevaba varios días, podría decir que semanas sin estar en una clase de ballet. Cuando llegaba a casa, luego del trabajo o de la universidad, hacía uno que otro ejercicio de fortalecimiento y de flexibilidad para mantenerme en forma. Me conformaba con esto, aunque sentía que me mentía, no es lo mismo hacer uno que otro ejercicio que ir a las dieciséis horas por semana a las que ya estaba acostumbrada.

El viernes 20 de marzo de 2020 comenzó el simulacro de confinamiento en Bogotá, el cual empató con el aislamiento obligatorio del día 25 del mismo mes. Cuando leí esta noticia pensé en cómo iba hacer para volver al ballet. Me llegó un mensaje de WhatsApp de una de las profesoras diciendo: “Niñas, el sábado al mediodía haremos una reunión virtual por medio de la aplicación Zoom para explicarles cómo haremos de aquí hasta nuevo aviso para seguir con el calendario de la academia”. Leí ese mensaje una y otra vez. Sentí un alivio. De alguna manera “volvería” a tomar mis ensayos. Recorrí mentalmente cada parte de mi cuarto, pensando en cómo lo arreglaría para poder tomar las clases virtuales. Me preguntaba cómo sería danzar en mi habitación. Aunque volví a sentir la pasión por la danza, extrañaría las instalaciones de la academia, donde por años he practicado, un lugar en el que he experimentado la libertad y el dolor, el fracaso y el triunfo al mismo tiempo. Se requiere un espacio mínimo de dos metros por dos metros para llevar a cabo cada ejercicio.

Miércoles 25 de marzo, 05:45.p.m.

Pegué la cama contra la pared. Usé los libros que estoy leyendo en estos días como base para el computador. Puse en el piso las colchonetas de “yoga”. Dejé a un lado en el piso las zapatillas, la teraband -la banda elástica que usamos, sobre todo, para el fortalecimiento muscular-, las puntas. Me vestí con las mallas y la truza, y me peiné, con el típico peinado de bailarina que hemos visto en alguna película de danza.

06:00.p.m. Mandaron el link de la aplicación para ingresar a la clase. Entré a la videollamada. Empezamos con un calentamiento básico para pies y tobillos. Me puse las puntas y los problemas aparecieron:

Si bailaba sobre la colchoneta no me podía mover. Si la quitaba me resbalaba.

Los ejercicios que tenían que ver con estirar las piernas o subirlas más de 90° no los podía hacer porque me pegaba contra la cama, la pared y el closet.

Los ejercicios de barra: Lamentablemente no tengo una barra en mi casa, así que utilicé una silla de barra. La silla se movía, sonaba, se iba hacia mí.

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Sábado 28 de marzo, 11:00.a.m.

Caminé una y otra vez cada esquina del apartamento. Me senté en el piso, en el sofá, encima del comedor, reorganicé mi cuarto y nada me daba señales para crear un espacio para mis clases. Volví al comedor y dije: "Ya está, quito el comedor, corro las sillas de la sala y tengo el espacio perfecto”. Llamé a mi papá para que me ayudara. Nos tomó toda la tarde remodelar el apartamento.

Terminé exhausta, me tiré al piso y empecé a recordar las mejores bailarinas de la historia: Anna Pavlova, de Rusia; Marie Taglioni, de Estocolmo; Alicia Alonso, de Cuba y por último, Margot Fonteyn, de Inglaterra, quien nació para vivir los estertores de la Primera Guerra Mundial y toda la Segunda. Hace un tiempo, en algunas vacaciones de final de año, vi un documental que hizo la BBC donde se mostraba la transformación del Royal Ballet, después de haber alegrado a los ingleses durante la Segunda Guerra mundial. Mientras la historia me envolvía analizaba que, en teoría, esta cuarentena no se puede comparar con una guerra y con todo lo que hay alrededor. En esa época había escasez de zapatillas de puntas. Hoy podemos conseguir todo por internet.

Seguí pensando en Margot Fonteyn y el contexto histórico de aquel tiempo. Para finales de 1939, Gran Bretaña le declaró la guerra a Alemania. El Royal Ballet pensó que ellos serían uno de los mayores afectados, ya que la compañía llevaba muy poco tiempo. Hasta el momento habían pasado ocho años, los cuales se basaron en formar un núcleo de bailarines profesionales y crear una cultura interesada en esta corriente. Durante la guerra hubo una “escasez” de bailarines masculinos por el llamado a las filas.

El Royal no se limitó. A pesar de la situación del país, siguió con su agenda cultural, entre ensayos y presentaciones durante todo el período de guerra. El gobierno decidió que este espacio sería útil para mantener la moral del pueblo.

Este pensamiento fue interrumpido con otro: hace más de un año conocí a Melissa Gaona, una bailarina del Ballet Nacional de Panamá, en el Festival Internacional de Ballet Clásico “Ballerine” en Neiva, y en estos días de cuarentena hemos estado en contacto. Entre anécdotas de los festivales, como el Encuentro Internacional de Academias de Ballet Clásico en Cuba, cuestionamientos sobre la importancia del arte en cada sociedad, entre otras cosas relacionadas a la danza, coincidimos en que para seguir con las clases de ballet tuvimos que sacar el comedor. El papá de Melissa Gaona es ingeniero y para que ella mantuviera sus rutinas le hizo una barra.

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Le conté sobre el documental, un breve resumen. Debatimos sobre la constante actividad que los bailarines tienen - no podemos parar-. Hice una pausa y le conté que en 1944 la academia inglesa se encontraba en una presentación, específicamente, el Lago de los Cisnes y se encontraba como solista Berly Grey, -otra de nuestros ídolos-. El teatro estaba lleno, los espectadores iban olvidando las tragedias que la guerra deja con cada paso que el cuerpo de esta compañía iba haciendo. El espectáculo los iba llevando a la cumbre, al éxtasis que causa esta presentación, el duelo entre el cisne negro y el cisne blanco. De la nada una V2 explotó encima. El ruido de la bomba se mezcló con la melodía de los violines. “Seguí bailando. La única vez que puedo recordar una actuación que se cancelase fue cuando el teatro se incendió”, comentó Grey en el documental.

Y los bailarines siguen bailando, seguimos bailando. Ante cualquier adversidad la danza y cualquier arte permanecen. Dejar de bailar es lo peor que podemos hacer. Debemos mantenernos en forma, ensayando cada coreografía para que cuando todo esto pase y podamos volver a los teatros, ustedes puedan presenciar una gran obra que se convertirá en un bálsamo para olvidar los peores días de esta cuarentena.

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Laura Valeria López Guzmán / @Lauravalerialo

Cultura

Ante cualquier adversidad la danza y cualquier arte permanecen

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