Antídoto infalible: Curarina Román

También llamada curare, batatillo, caballito o bejuco, se constituyó durante mucho tiempo en base sanatoria.

Portada de la revista de la farmacia Román. Cortesía Banco de la República

La curarina, medicamento útil y “milagroso”, salvó la vida de muchas personas en el siglo XIX y parte del siglo XX. Un invento fabricado con materia prima colombiana y exportado a Europa, Centroamérica y Estados Unidos. El Laboratorio Román y su emprendedor dueño, Henrique L. Román, lanzaron el antiofídico al mercado nacional e internacional con un éxito incuestionable. El frasco de curarina estuvo en las manos de personalidades tan famosas como el presidente Rafael Núñez. El antídoto dejó una huella imborrable en la memoria de muchísimos colombianos que por generaciones echaron mano de su botella prodigiosa.

En 1882, en un artículo de prensa referido a la curarina, titulado “Invento útil específico denominado curarina”, aparece Juan Salas Nieto como su creador. El medicamento, por sus méritos probados, fue premiado por el gobierno del Estado Soberano de Santander, lugar de origen de su forjador.

“Consagrado por algunos años al estudio de la farmacia y consiguientemente al de la botánica, logré formar la combinación de ciertas plantas de mérito inmenso, llegando a confeccionar el específico que, sin faltar a la modestia, califico de estupendo: ‘la curarina de Juan Salas Nieto’, antídoto infalible contra las mordeduras de culebras y animales ponzoñosos”.

El mérito que se le atribuye a Nieto fue juntar tres variedades del mismo género —Aristolochia anguicida, Aristolochia maxima y Aristolochia cordiflora Mutis—, reunidas en el específico curarina, cuyos efectos terapéuticos eran positivos en ese momento. Tal vez el nombre de curarina se deba a que, con este nombre, la población local, en el oriente del país, reconoce distintas especies de Aristolochia.

Inventor

El 10 de octubre de 1882, Juan Salas Nieto se dirigió a la Asamblea Legislativa del Estado de Santander para sustentar su aspiración al premio por el descubrimiento del contraveneno, pues, según el artículo 119 de la ley de fomento compilada en 1881, se les confería recompensa de $2.000 a las personas que contribuyeran al progreso de la nación. Para la entrega del galardón, el gobierno exigió al inventor una exposición razonada acerca de la eficacia del antídoto y del nuevo procedimiento para emplearlo con buen resultado. Además debía presentar testimonios de personas de probidad y fe pública que habían constatado la utilización eficiente de la curarina.

Asimismo, el gobierno designó una comisión compuesta por tres personas competentes —médicos— para juzgar la utilidad del invento, a través de ensayos de laboratorio. Estas autoridades eran las encargadas de hablar con la verdad sobre las propiedades terapéuticas del específico y tenían, además, la obligación de informar si el invento era conocido de antemano o tenía aplicación dentro o fuera del Estado.

Al final, el trabajo científico de Juan Salas Nieto fue premiado con $2.000, además del diploma que debía conservar como único inventor con derechos y privilegios que las leyes le concedían.

Curarina y Laboratorios Román

Las declaraciones de Juan Salas sobre su producto sólo ofrecen datos acerca del procedimiento de su uso y forma farmacéutica, pero no así de sus componentes. Al parecer, la composición era guardada celosamente por el inventor del específico. “Para preservarse del veneno de las culebras, animales rabiosos y demás venenos animales, debe tomarse por espacio de veinte días media onza de dicha medicina por la mañana e igual cantidad por la tarde, sola o diluida en un pocillo de agua de azúcar; e inocularse por tres veces en el pecho, manos y pies, ya por medio de una lanceta, y mejor con una jeringuilla. Para curar las mordeduras de las culebras y animales rabiosos se hace una incisión en los puntos de las mordeduras, de manera que éstas queden bien al descubierto, y se lavará frecuentemente con ‘curarina’. Para las picaduras de alacrán, araña y otras sabandijas, basta tomar algunas gotas”.

Hay que recordar que para esos tiempos ya existía en Cartagena la Botica Román, fundada en 1835 por el farmaceuta Manuel Román. En 1874, la empresa pasó a manos de su hijo, Henrique L. Román. Esta farmacia más tarde se conocería con el nombre prestigioso de Laboratorios Román. La empresa caribeña y el emprendedor santandereano, por razones comerciales o coincidencias históricas, tendrían que ver con el posicionamiento definitivo y la expansión internacional del mencionado tónico.

Juan Salas Nieto, curandero venezolano (o colombo-venezolano), arribó a Cartagena en 1882, mostrándose estrambóticamente en un coche con una culebra venenosa que lo mordía para luego tomar un trago de un producto (que llamaba curarina) con el fin de evitar letales consecuencias. Ante eso, la curiosidad llevó a Henrique Román a investigar las propiedades de ese extraño menjurje “milagroso”. Román negoció con el curandero y en 1884 adquirió la exclusividad de su producción y venta.

Falsificadores, imitadores y competencia

La curarina era el único medicamento que contaba con el respaldo de autoridades reconocidas públicamente, entre las que se encontraban el presidente Rafael Núñez, Francisco de P. Manotas, Pablo J. Bustillo y Enrique Benedetti, presidente y secretario general del Estado de Bolívar, y gobernador de la provincia de Cartagena, respectivamente. Autoridades médicas también respaldaban el invento, según un aviso publicitario: “Medicamento recomendado por afamados médicos de Venezuela i Colombia, premiado con $2000 por el gobierno del Estado soberano de Santander i con $4000 i medalla de oro por el ilustre americano presidente de Venezuela”.

Durante las primeras décadas del siglo XX, el pleito por la falsificación del medicamento curarina continuaba, pero esta vez no eran sólo los alemanes, sino también las hermanas del señor Juan Salas Nieto, y una imitación preparada en Guatemala por un señor Sierra. Las imitaciones eran despachadas en envase de tamaño y figuras iguales a los que usaba la curarina preparada por el farmaceuta Román en su laboratorio, incluyendo las etiquetas y forros.

Más que un antídoto

A finales del siglo XIX, la curarina fabricada por Román fue uno de los pocos productos industriales exportados. Llegaba a países de Centroamérica, entre los que figuraban Panamá y Guatemala, además de países como Estados Unidos, Francia y Venezuela.

Los laboratorios Román tenían a su servicio a un farmaceuta alemán, llamado Henry Ruber, que envió varias muestras de la curarina a su país de origen para que las estudiaran, con resultados sorprendentes. Era desinfectante, aliviaba la erisipela y las picaduras de insectos y ofidios y combatía la gangrena, entre otras cualidades. Cuando este profesional alemán retornó a su tierra, montó un laboratorio en Stuttgart, su ciudad natal, llamado Curarina Laboratorio. Se supo que la curarina fue usada también por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, en sustitución del Merthiolate, en algunas regiones. Y obtuvo medalla de oro en la exposición del progreso industrial efectuada en Roma. Sólo la aparición de la penicilina le restó importancia.

La curarina, curare, batatillo, caballito, bejuco, gallito, capitana, cuajilote, canastilla o guaco se constituyó durante mucho tiempo como base sanatoria y la única posibilidad que tenía la población marginal de los distintos centros urbanos y rurales para solucionar ciertas urgencias y problemas de salud, especialmente en Cartagena y su área de influencia. Fue el referente infalible de muchas generaciones que depositaron su confianza en su anhelado frasco, lleno de efectos hemostático, tónico, febrífugo, profiláctico estimulante, contraveneno y muchas cosas más que la ciencia todavía vislumbra.