Apología de un nuevo amanecer

"Pájaros del crepúsculo", se desarrolla bajo un estilo sencillo y espontáneo, al mismo tiempo que enfatiza en aspectos puntuales propios de la tradición japonesa – como la descripción de templos y uso de palabras nativas

Un clima casi poético, acompañado hasta el final por un elegante modo de reflexión y sensibilidad, es el método infalible elegido por Matsubara – quien desde Samurái, su obra más popular – ha conseguido introducirnos y guiarnos por los caminos poco conocidos y particulares que conforman la esencia de la literatura japonesa.  La cual se ha caracterizado por exaltar de manera pintoresca aquellas costumbres, hábitos, relaciones sociales y creencias niponas; permitiendo a quienes la leen, logren confrontar sus prejuicios y preceptos significativamente, con una visión más humanista y sumisa de la realidad, como ciertamente ocurre en esta ocasión.

La historia se desarrolla bajo un estilo sencillo y espontáneo, al mismo tiempo que enfatiza en aspectos puntuales propios de la tradición japonesa – como la descripción de templos y uso de palabras nativas – haciendo de su lectura un acto simple, muy natural y formativo; dispuesta al entendimiento de todos sin caer en la languidez. Para esto utiliza, de manera mesurada y oportuna, figuras literarias dentro de las cuales incluye metáforas, símiles, etc. concediendo a la estructura de la obra un tono ameno, armónico y colorido.

Paradójicamente, la autora parecer inspirarse en su propia vida – tal como se afirma en el prólogo – pues al trazar un paralelo entre su vida y la de Saya, protagonista de la novela, se destacan algunos matices semejantes entre sí. Las dos comparten el año y la ciudad de nacimiento – Kyoto –, son hijas de sacerdotes shinto. Sumado a esto, ambas crecieron bajo el mismo contexto, enmarcado en la Segunda Guerra Mundial, seguido por la derrota de Japón y el advenimiento del dominio norteamericano, el cual modificó y desplazó en gran medida las costumbres, ideales y creencias más arraigadas al pueblo nipón.

La simpatía procedente de su protagonista es inevitable, ya que la óptica de inocencia de aquella niña se completa con esa dualidad tradición-libertad en la que se debate. Sus cuestionamientos y meditaciones generan alta expectativa, al tiempo que van dando forma a un nuevo canon de vida. Como complemento a esto, el carácter variado de los demás  personajes otorga múltiples aristas a cada acontecimiento, permitiendo que la historia siempre este en movimiento y no caiga poco a poco en el tedio, buscando una unidad en medio de lo diverso.

La autora demuestra su esfuerzo por hacer entender al lector las circunstancias vividas en la época, esto se evidencia gracias a su narrativa descriptiva. Mediante esta es posible recrear los aspectos visuales de cada personaje y cada situación, materializando la belleza y el encanto a través de la representación de datos cotidianos, como lo hace con las flores, aspectos físicos, barrios artesanos, templos, clima, sentimientos, ceremonias religiosas, festivales; y fechas históricas en los que puntualiza en eventos como la explosión de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, la primera vez que el emperador hablaba al pueblo y la llegada de norteamericanos a tierra japonesa.

La formación de sus capítulos no persiste en una cronología lineal. El tiempo transcurre casi siempre como un espacio en el que el relato avanza, retrocede, salta continuamente al pasado y al presente para ir creando un ritmo intermitente, hasta dar una impresión de totalidad. El resultado de este juego del tiempo termina siendo positivo, puesto que la atención prestada se hace más concienzuda. Sumado a esto, nos regala un final impredecible, haciendo obligatoria la lectura hasta el final, apelando a nuestros sentimientos más vulnerables y dejándolo expuesto a libre interpretación.

Simultáneamente se percibe el tono reflexivo que permite la explicación de aquellos conflictos culturales, religiosos y personales,  por los que en ese momento de la historia atravesaba todo un país. Frases como: “Ninguna religión puede por sí sola responder a todos los interrogantes de la humanidad” (pág. 157), o “A todo el mundo le gustaría que sus convicciones fueran la verdad absoluta. Pero la verdad es tan vasta y tiene tanto rostros…” (pàg.159), evocan el sincretismo y la flexibilidad de un pueblo que, a pesar de su profundo sentido de pertenecía, tradiciones religiosas y hábitos milenarios, logra superar el fracaso, descubrir y adaptarse a nuevas formas de vida.

Si la autora no escribiera con tanta frescura y exactitud, puede que su obra jamás hubiese alcanzado la densidad que tiene. El atractivo que emana de cada una de sus líneas logra hacer entender la crítica que promueve en el trasfondo y que se encuentra expresada a través de la simplicidad y la profundidad de sus personajes.