Aquiles y la ciudad

¿Cómo compensará la diferencia en el número de pasos? Diecisiete de ida, 13 de regreso.

Sabe que en Japón al número 4 se lo restringe con cuidado por estar asociado a la superstición de la muerte; hay edificaciones donde el piso 4 es sustituido por toda suerte de variaciones, como 3b o F de four, o incluso las menos ingeniosas como 2 + 2 o 3 + 1, que encierran el peligro de ser infinitas (5 - 1; 6 - 2; número de cavidades cardíacas). Pero él no permitirá que los 13 pasos lo sometan a divagaciones injustificadas. Toma asiento en el puf; se hunde, entrega su forma al capricho de la gravedad. Hace varias semanas, o meses, existe la posibilidad de que sean meses, desde que no entra a la biblioteca más que a admirar los lomos de los libros. Su vida es absorbida por una ecuación en la que entre más dinero acumula, menos tiempo dispone para disfrutarlo. (Piensa esa palabra en cursiva). La civilización, se dice, pierde sus últimos rasgos de humanidad. Y predice, sentado frente a los lomos de los libros, que pronto nadie tendrá tiempo para leer 250 páginas de fantasía. Sólo los críticos, porque ese es su trabajo, pero él sabe que los críticos nunca leen los libros que vituperan. Los escritores de novelas dejarán de existir y sólo habrá escritores de títulos. Vender llamativos lomos de libros tipo vintage con títulos controversiales, a eso se verá reducida la literatura.

Enciende un cigarrillo, aspira hondo, retiene el humo en sus pulmones hasta que oye los golpecitos: toc-toc. Se alza del puf con dificultad y camina hasta la puerta, a través del pasillo, contando los pasos y expulsando espesos cirros de humo. Trece pasos. ¡Espera, espera!, más despacio. Pero la niña repite con la misma rapidez, ¿conteniendo la respiración?, el discurso que trae memorizado. Si ha comprendido, la iniciativa busca expulsar de la isla a las petroleras extranjeras. Él no podría estar de acuerdo: trabaja en una. Pero firmará. La niña lo ha convencido: su entusiasmo, su ingenuidad, su debilidad intrínseca. No deja de ser una pena. Todavía la observa golpear, con el mismo resultado, en los apartamentos contiguos. Cierra la puerta, da otra bocanada, regresa en 9 pasos a la biblioteca. Se arrellana en el puf y continúa pensando en los lomos de los libros. Los Relatos de Mishima están abollados en la porción más superior e izquierda del lomo. ¿Caída o desgaste? No lo recuerda. Sauce ciego, mujer dormida de Haruki Murakami, alcanzada la época adecuada, será un lomo más solicitado: la fotografía del autor, en el extremo superior, le agrega un valor sentimental, es decir comercial, que atraerá coleccionistas. Aunque también es probable que esté siendo reaccionario y nostálgico. No habrá lomos de libros ni primeras ediciones ni firmas de autores y ni siquiera autores. ¿Has leído lo más reciente de la humanidad?, preguntará un lector en el café. El otro acotará solemne: Sólo las primeras cien mil páginas. Entonces el primer lector replicará excitado: ¡Pronto comenzará lo bueno! Y el otro no tendrá ocasión de escucharlo porque en su café, veintidos mil kilómetros al oeste, se habrá cortado la electricidad.

Toc-toc por tercera vez. Se incorpora furioso: ¿por qué no pueden morir en silencio? Camina 9 pasos por el pasillo hasta la puerta y la abre de par en par. ¡No! El grito hace contraer a los dos ancianos; fuma, fuma, fuma y se tranquiliza. ¿En dónde firmo? Aquí-gracias-perdone. Regresa a la biblioteca con los nervios destrozados por la interrupción violenta de sus reflexiones, por la certeza de que ha contado 5 pasos desde la puerta hasta el puf. ¿Extraerá un libro? ¿Acariciará los lomos? No. Presiente que en el instante menos pensado, sí, ahí está, toc-toc, las ciudades son matriohskas de regresión infinita, laberintos con voluntad que abren y cierran sus puertas al paso de los hombres para no dejarlos escabullirse jamás. Se alza del puf, arroja el cigarrillo, lo pisa hasta deshacerlo en jirones. Abre la puerta dispuesto a darle una bofetada a quien se encuentre del otro lado del umbral, pero la visión de una multitud, una verdadera multitud vestida de blanco, lo hace desistir. Imaginen que soy un hombre vacío, les explica, alguien sin creencias ni prejuicios, sin pensamientos propios o ajenos: nada de lo que digan me hará cambiar de opinión porque no tengo opinión, soy el antónimo de la existencia, ni siquiera llego a ser la nada. La multitud permanece en silencio. ¡Dementes!, grita con el portazo y se gira para regresar a la contemplación de la biblioteca, pero los lomos de los libros están ahí, pegados a su nariz, a un paso de distancia. No hay modo de pasar. Se da vuelta hacia la puerta, intenta forzarla para salir. Es en vano. La ansiedad lo hace girar otra vez, insensato, contra los libros. La reducción en el número de pasos hace que se aproximen contra su pecho y lo compriman. Grita. Se vuelve y da puñetazos contra la puerta; puñetazos breves, asfixiados, inútiles. No ignora que la agitación reduce el suministro de oxígeno con mayor rapidez, pero la ansiedad planea por él esa vía de escape. Clava las uñas en la madera de la puerta y empieza a cavar. Algunas uñas se desprenden en el acto y dejan la carne al descubierto, otras se parten y exponen aristas dolorosas que sin embargo facilitan su trabajo. Arranca astillas y piezas de madera con rapidez, alcanzando casi a tocar la tierra húmeda del otro lado de la puerta. Ese mismo esfuerzo causa la disminución del aporte de oxígeno por la que pierde gradualmente la conciencia.

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