Arena y almendras

Aquí fue donde la maté hace un año. Por eso a este sitio regresé a matarme. No pude superarlo. Fueron doce meses de culpa sin descanso.

cuartoscuro
Las olas de esta playa llegan convertidas en espuma hasta mis pies y me recuerdan lo blanco de su nombre. Paloma. Ay…
 
Ella tenía siete años cuando me la vendieron en Chiapas, al sur de México. Hondureña, morenita, delgada como espiga del campo, con los ojos más almendrados que he visto. Y eso que he admirado muchos, muchos. La elegí a ella, y no a cualquiera de las otras niñas, justo por eso. Me llamaron la atención sus ojos. No sé si el color tenga que ver o no, pero las córneas están muy bien pagadas hoy en día.
 
Sé que suena terrible, pero Palomita ni me interesaba. Me importaba su interior, sus órganos, eso sí. Yo la veía muy sana y supuse que la podía ofrecer fácilmente a alguien que me la pagara, por lo menos, al cuádruple de lo que yo la había conseguido gracias a otros “compas” que se dedican a esto, todos los días.
Pero me ganó la ambición.
 
La traje con puras mentiras. Sé que estuvo mal. Ella estaba demasiado chiquita como para preguntarme por el plan que ya le había diseñado en mi mente. Le dije que me la iba a llevar a Disneylandia, pero que teníamos que cruzar México en un tren. Obviamente yo me refería a “La Bestia”, al legendario tren de carga que transporta migrantes hacia Estados Unidos, pero ella no lo sabía, ni lo entendía. Yo le decía que aguantara, que yo la cuidaba, que no había problema. Soy un monstruo.
 
Y, pues, las cosas se me empezaron a salir de control cuando el “güey” que me la iba a comprar, no me ofreció ni el doble de lo que me había costado a mí. Por eso fue que decidí sacarle yo mismo lo que necesitaba y venderlo por separado a diferentes personas. La verdad sí necesitaba mucho el dinero. Uno también tiene sueños. Y pues ya venía yo con la “chamaca”. No tuve corazón, no me lo toqué, ni tantito.
 
Recuerdo cuando llegamos al albergue de migrantes de Ixtepec, en Oaxaca: hambrientos, tostados por el sol, muertos de sed y sueño, luego de horas montados en un toldo de metal ardiente. Como ahí no cobran por la estancia, porque piensan que todos llegamos igual de jodidos, nos quedamos. Me cae que Palomita aguantó hasta el final. “¿Falta mucho para Disneylandia?”, me preguntaba a cada rato.
 
Ni bien comimos y pasamos una noche ahí, decidí llevármela lejos para que nadie sospechara, ni escuchara el tiro, o lo que fuera que improvisara para hacer lo que ya tenía pensado. Qué maldito yo, que ya hasta había armado el negocio con unos “compas” de Juchitán, un pueblo cercano. Ya sabía a qué playa me la iba a llevar, en qué sitio iba a enterrar el cuerpo, a qué hora y en dónde vería a los compradores.
 
Maldito día. Desde bien temprano caminamos juntos al centro de Ixtepec. Amaneció con un sol endemoniado, como siempre. Tomamos un camión a Juchitán y luego otro al pueblo más cercano, a la playa más próxima: Salina del Marqués. Siempre me ha gustado la playa.
 
Solo de acordarme, se me enchina la piel de nuevo. La verdad es que al final de todo ya me estaba “rajando”. Justamente ese día, Paloma y sus ojazos de almendra me suplicaban constantemente llegar pronto al castillo de las princesas, a conocer a Blanca Nieves, a la Bella Durmiente, a Pocahontas y los príncipes.
 
Mientras le decía que sí a todo, los pasos ya me empezaban a temblar sobre la arena. Pero ya había llegado demasiado lejos, ya había amarrado muchos compromisos y hasta tenía pensado en qué ocupar el dinero de lo que vendiera.
 
Entonces le dije que le iba a tomar una foto con la cámara de mi celular. Yo ni cámara tenía en el teléfono, pero eso ella tampoco lo sabía. Le pedí que viera hacia al mar y no volteara, para que se mirara más bonita, que caminara unos pasos. Y entonces yo, desgraciado, conté: uno, dos, tres. Pinche monstruo. Lo sé.
 
Mi Paloma se desplomó y quedó acostadita acá, justo donde estoy parado. Pero me siguió todos los días en sueños, en pesadillas de locura. Con el dinero que gané me compré un “chingo” (gran número) de cosas, pero nada funcionó para olvidarla, ni para perdonarme. Perdóname tú, Palomita blanca, porque esta culpa nada me la quita, porque a este monstruo no se lo va a querer llevar ni el mar.
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