En primera persona

Arquitectura para agobiantes

Crónica sobre los alrededores de lo que hace un tiempo fue la Cinemateca Distrital, en pleno centro de Bogotá, que fue trasladada a la rotonda de la carrera 3ª entre calles 19 y 20 de Bogotá, donde se inaugurará próximamente.

Imagen de la fachada de la Cinemateca Distrital, contigua al teatro Jorge Eliécer Gaitán. Un soplo de pasado para el cine y la ciudad. Cortesía

Despacio me fui caminando entre las calles y pensaba, entre tantas cosas, sobre esas vidas ajenas que cargo conmigo, pues es imposible evadir los hechos por las que atravesaron cada lugar y cada esquina de esta ciudad, hechos en donde la arquitectura forma parte de los testimonios recónditos, que siguen existiendo, para expresarnos por medio de ese pequeño espacio en el que están que allí nos siguen observando y siguen confiando en nosotros. La arquitectura es la historia con la que cargamos cada uno y no se agota.

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Observaba con mis pasos dados. Las manos me sudaban al son de mis pensamientos, las palpitaciones en mi pecho se pronunciaban aún más, y tuve miedo, tuve miedo de que alguien notara mi pecho engrandecerse por cada suspiro y aliento fuerte de mi ser, de mi corazón. No muchas veces me he sentido bien jugando al todo, aún sabiendo las instrucciones del juego; especulando entre la gente, inventándome vidas para saciar mi sed de respuestas en las calles. Por eso uso bufandas grandes, ellas cubren todo mi cuerpo pequeño, a propósito de que los transeúntes no noten el pálpito con el que me delata el corazón, disimulo que no me afecta la historia, aunque ya los capitalinos hemos aprendido a no meternos en asuntos ajenos.

Hacía sol y viento a la vez, me paré en un andén, con cuidado de que no fuera a estropearme con algunos vendedores de libros, con la limosna de las tardes, o cargarme con la gente y sus ahíncos, con el paso acelerado, el destino anhelado, el cumplimiento de horarios. Con cautela, estuve robándole un rato al tiempo, ese tiempo que nos hace pensar en la cotidianidad. Conseguí estar frente a la Cinemateca Distrital, esa que ya no existe, que porque los espacios deben transformarse, que porque el cemento debe estar presente para luego borrarse y sacudirse de nosotros. Muchas veces estuve allí, en esas sillas rojas, escuchando exponentes, observando los frames, comiendo palomitas, procurando someterme de a pocos entre la pantalla grande y servirme de apoyo, digo esto, porque varias de las películas vistas me sirvieron de aliento para creer en aquellos discursos audiovisuales necesarios entre nosotros, en la apuesta diferente que se le da a esa lucha constante de nuestra realidad.

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Es un lugar que no olvido, el tapete con su olor particular, a madera, a historia, ¿a qué huele? a nostalgia de noche y de día, a los amigos inventados, los que nunca me acompañaron, los que descubrí, los que inventé. Pero ahora, el espacio está en otro lugar, y está bien, aunque mi historia provenga de otro lado. Lo que sucede con los edificios, en cierta forma, es que al cambiarlos le dan un giro a la memoria que nos dan los hechos de cada pasión vivida, de que efectivamente allí ocurrió algo, alguien gritó, alguien lloró, alguien mató, alguien lamentablemente murió. 

Después de ver que no había programación, miré al lado izquierdo de donde me encontraba y estaba Gaitán, observándome de repente con su nombre tan presente, entre la calle veintidós y la carrera séptima de la capital, el cielo ardía y alcanzaba a quemar mis mejillas, la gente murmuraba en forma, le daban una mirada más flexible a sus vidas, sus pasiones, su rebusque, acá hay ingenios, acá se sobrevive, ya sea fuera o dentro del lugar. Uno no se escapa de estos acontecimientos, aunque la complicidad o simplicidad de las acciones busquen siempre formas de apropiarse de la importancia, que nuestra mente esté dispuesta a darles. Para eso estamos acá, para contar eso que vemos, que vivimos, que seguimos sintiendo y todo gracias a esa arquitectura con su historia que nos observa día y noche, estamos hablando de esos lugares que llevan bastante años siendo testigos de nuestros pensamientos. Y sin embargo, hay algunos edificios que ya no están, como el de Agustín Nieto, porque la violencia lo mató.

Al atravesar la otra calle, me detuve a pensar en Juan Roa, pues por donde estaba pisando, él allí había dejado sus vestiduras, entre los escombros, el olor a humo y la desesperación colectiva, entre la euforia y el correr de las personas, escondiéndose o cayendo por los disparos perpetuados desde arriba, de al lado, de atrás. La guerra se esconde entre estas calles, por supuesto, en estas edificaciones. No es que no me haya tocado la violencia tan de frente, es que con el corazón marchito se camina en medio de lo que fue la guerra, donde la arquitectura da testimonio de ello, y está allí para recordárnoslo. 

Ya va llegando la lluvia apagando el fuego, ya Bogotá se condiciona a quemarte con el sol ardiente, pero también te cambia el panorama y te comienzan a caer gotas para mojarte toda, dejando gran parte de charcos, me veo reflejada en los charcos, si acaso me reconozco. La lluvia consigue que las personas levanten sus ventas, sus libros, su arte y se refugien en las fachadas,  al igual que los perros, ellos también han aprendido a no meterse en asuntos ajenos. Si no hay afán hay calma, y el sonido de la lluvia llega como un vendaval, como una limpieza vehemente que sugiere otro estado de ánimo, otros sonidos, otras voces, otros murmullos que nunca he podido entender. Se apagan los disparos, se apaga el fuego, los escombros ya no están allí, estoy empapada, ¿cuánto tiempo habré caminado? ¿importa? no tengo un destino, me lo invento, me permito llegar al lugar de mi destino.

 

Muchas veces he pensado en escaparme de las vidas ajenas con las que cargo en mi memoria, pero ¿realmente se puede olvidar a voluntad? Pues el tiempo pasado está contenido con el tiempo del presente, uno no se escapa, uno vuelve siempre.

 

 

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