'Chesil Beach'

Una ciudad puede llegar a ser transparente cuando se vive en ella. Por eso decidí ir conociendo cada rincón, calle, parque, castillo, museo o playa de Barcelona.

Con mayor razón si, tal vez, por temas de independencia deba pedir otra visa para estar aquí, y más si en mis lecturas aparecen lugares similares a los que tengo a muy pocas calles de mi casa. Por ejemplo, el Palau de la Música Catalana.

“La cúpula sobre el escenario describe el ansia de la humanidad por la magnífica abstracción de la música”, esto le han dicho a Florence, la protagonista de Chesil Beach (Anagrama, 2008), acerca del Wigmore Hall de Londres, por eso sueña con dar allí un concierto junto a Ennismore, su cuarteto, en donde ella sería la primera violinista. Por otra parte, Edward, su prometido, quiere escribir biografías sobre personajes históricos y hacer feliz a Florence desde la primera noche que pasen juntos.

Ian McEwan, autor de Chesil Beach, aparece cada año en la lista de la casa de apuestas Ladbrokes cuando se habla de los nominados al Premio Nobel de Literatura. Comencé a leerlo porque hace años uno de mis hermanos me regaló En las nubes (1995), en el que un niño, Peter Fortune, no sale de sus fantasías, que incluyen a su hermana y un gato, por lo que siempre he querido creer que el autor lo escribió pensando en nosotros dos.

La noche de bodas de Florence y Edward es el centro de la historia en Chesil Beach. Allí el tiempo transcurre casi segundo a segundo. Las percepciones, sospechas y conclusiones que cada uno tiene sobre la sexualidad del otro se mezclan con la infancia, la juventud y la sociedad londinense de los cincuenta y las experiencias familiares personales. McEwan es capaz de detener el tiempo, hacer oír las olas en Chesil Beach y hasta la voz del protagonista cuando le promete a su en ese momento novia que pase lo que pase irá a ver su estreno en el Wigmore Hall y estará sentado en la silla 9C. Florence y Edward tienen puntos de vista diferentes y no sólo en cuanto a la música, pues mientras ella se agita y casi se transporta ensayando el Razumovsky de Beethoven, él intenta seducirla con Roll Over Beethoven de Chuck Berry. Florence también le hace propuestas a su ya esposo quizá muy avanzadas para la época, no han empezado los sesenta, recuerda siempre el autor, y Edward no sabe que su respuesta marcará su vida.

Dima Tkachenko (Ucrania) era el solista la noche que fui al Palau de la Música Catalana. No vi a Florence, y tampoco pude encontrar la silla 9C, sin embargo, el Canon de Pachelbel y Las cuatro estaciones de Vivaldi me hicieron sentirlos muy cerca y al mismo tiempo pensar que la cúpula del lugar donde acababa de pasar tres horas y media también “describía el ansia de la humanidad por la magnífica abstracción de la música”.

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Isabel Cristina Arenas

Cultura

'Chesil Beach'

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