Diplomacia en verso rimado

Reconocido como uno de los impulsores de la poesía en el país, Carranza también tuvo una carrera diplomática hasta el final de su vida. Mirada a su correspondencia y archivo personal, entregado por su familia a la Biblioteca Nacional.

El poeta Eduardo Carranza nació el 23 de julio de 1913 y murió el 13 de febrero de 1985.  / Archivo El Espectador
El poeta Eduardo Carranza nació el 23 de julio de 1913 y murió el 13 de febrero de 1985. / Archivo El Espectador

En julio de 1973, de manos de la extensión cultural de Calarcá, Quindío, el poeta Eduardo Carranza recibiría la medalla de oro Jorge Zalamea en honor a su obra literaria. La medalla, fundida el mes anterior en una joyería de Armenia, serviría también de pretexto para contar con su presencia en aquel pueblo. Era mayo de ese año cuando Humberto Jaramillo Ángel, por ese tiempo director de aquella extensión, le envió una misiva a Carranza; allí le decía, grandilocuente, que el hotel ya estaba arreglado, que podía venir con Ramiro o María Mercedes, dos de sus dos hijos, que había una comida pendiente, que lo buscaría en La Línea.

El 27 de junio, Carranza recibió de nuevo otra carta. Al parecer, no había podido asistir a la velada en la fecha estipulada. Aún así, el tono de Jaramillo es aún más adornado, dado al panegírico. Dice, pues, que la medalla es “muy bella y merecida”. Y luego de lanzar algunas frases de logística, en donde refiere la nueva organización del evento en su honor, arroja una sentencia que, vista desde ahora, parece astronómica: “El acto debe resultar solemne. Se trata de un homenaje al más grande poeta vivo de Colombia. Y uno de los mejores, con Neruda al frente, de América. No podemos salir los calarqueños ‘con un chorro de babas’, como dice el vulgo. Y no saldremos”.

Baste decir, entonces, que Carranza no sólo fue un poeta. Fue un ídolo de la Patria.

Su imagen, por lo demás, no fue gratuita. Cuarenta años atrás ya había principiado sus ejercicios poéticos, que resultaron inmersos en un movimiento que con el tiempo fue bautizado Piedra y Cielo. Había nacido el 23 de julio de 1913 en la hacienda La Esperanza, en Apiay, pero sólo se trasladó a Bogotá en 1933; funge como profesor en el Colegio Nuestra Señora del Rosario, se junta con los intelectuales bogotanos, publica versos, promueve polémicas con Juan Lozano y Lozano y Baldomero Sanín Cano.

Eduardo Carranza, profesor y poeta, era a finales de la década de 1930, como reza un boletín de inscripción, un hombre de piel trigueña, cara delgada, frente con inclinación vertical, de altura y anchura medianas, y además lucía orejas medianas, ovoidales, y su cabello era liso, castaño, sus ojos medios y su nariz de base recta, mientras que sus labios eran medianos y la barba abundante, aunque la fotografía que registraba era la de un hombre imberbe y de pelo en caída.

Así, con ese aspecto, viajó a Chile y, en tanto laboraba como profesor en el Instituto Pedagógico de Chile y agregado cultural de Colombia en ese país, tuvo contacto con pablo Neruda, Vicente Huidobro y Nicanor Parra, a quien luego dedicaría uno de sus poemas. Su carrera como pedagogo no le había impedido ejecutar versos. En 1939 fue designado profesor encargado en la Universidad Nacional e informado por Otto de Greiff a través de una misiva. Se ganaría $40 como salario mensual. Detrás de la carta, en tinta azul, está escrito en letra cursiva: “Un vago sol doró de repente la llovizna como una sonrisa entre lágrimas”. No tiene firma. Nada.

Fue en los primeros años de la década del 40 que Carranza se convirtió en el director de la Biblioteca Nacional, el cargo que lo haría más visible en el entorno cultural, aunque ya tenía una gran fama a cuestas como poeta. En la década siguiente viajaría a España, donde permanecería hasta 1958. Su fama, también allá, creció; fue así hasta el punto que, el 19 de abril de 1971, la entonces presidenta del Concejo de Bogotá, María Eugenia Rojas Moreno, le expresó su gratitud por la “insigne labor colombianista” que adelantó por una visita que realizó a la “Madre Patria”.

Un año antes de su muerte, en 1984, fue nombrado embajador volante de Asuntos Culturales por Belisario Betancur. Recibió por telegrama felicitaciones de políticos y amigos, también pendientes de su estado de salud, que quizá recordaban una de sus frases, referida por uno de ellos en una de las cartas: “La amistad no es polilla para alimentarse de papel”.

 

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