El Gitano, lanzamiento en la Feria del Libro

Fragmento del capítulo 7 del libro La mujer de los sueños rotos, de María Cristina Restrepo, publicado por Planeta.

Enero de 1988

Años más tarde, cuando la mayoría de los habitantes de la ciudad buscaba superar el horror inventando nuevas formas de convivencia, Laura se diría que en aquella última fiesta en la finca de Esteban y Marcela se había confirmado el cambio, y señalado el camino recorrido a la inversa del que les habían trazado sus padres.
[…]

El Gitano había hecho su aparición en la nueva vida social de Medellín hacía un par de años. Era un hacendado de Ciudad Bolívar, o tal vez de Titiribí, Laura no estaba segura. Poseía varias fincas ganaderas que cambiaba, compraba y vendía con tanta rapidez que solo él sabía cuál era suya, y cuál pasaba a otras manos. Desde hacía un año vivía en una antigua casona en El Retiro, decorada con muebles de época y exquisitas obras de arte. Había mandado a construir un picadero, una pequeña plaza de toros y unas caballerizas detrás de la casa donde se daban cita personajes de variada procedencia.

Nadie montaba mejor que él a caballo. Domaba un potro en una semana, era capaz de cabalgar con las manos detrás de la espalda sin necesidad de tomar las riendas, podía lucir una yegua trochadora en una pista con un pocillo de tinto en la cabeza sin derramar una gota. Él mismo exhibía sus mejores animales en las exposiciones equinas. Sólo hacía negocios de palabra y respondía con honor a las deudas. Laura pensaba que era la misma personificación del encanto. El rostro de rasgos marcados, los ademanes seguros y una manera particular de concentrarse en las palabras de su interlocutor, así se tratara de una mujer hermosa, una anciana, un hombre de negocios o un niño, además de la sonrisa cálida, el brillo socarrón de los ojos velados por unos párpados gruesos, era irresistible.
Laura pasó a formar parte de la legión de admiradoras, que estaba compuesta, según las malas lenguas, por actrices de televisión, prostitutas, señoras de la alta sociedad, secretarias, universitarias, muchachas del servicio, campesinas y reinas de belleza, mujeres de todas las edades y condiciones, algunas de las cuales se contentaban con mirarlo de lejos, con verlo montar a caballo, oírlo recitar un poema. Otras no descansaban hasta seducirlo. Tenía una galantería pasada de moda, que combinaba con una manera respetuosa y a la vez seductora de relacionarse con cualquiera. El Gitano traía hasta el incierto presente el encanto de otras épocas.

Hombres, mujeres y niños lo recibían con evidente placer. Las mujeres maduras parecían más jóvenes en su presencia, las líneas de fatiga alrededor de los ojos se borraban, el rictus de secreta amargura se suavizaba en los rostros labrados por la vida. Al llegar a una reunión social se descubría la cabeza, saludaba a cada cual por el nombre, a veces a las más jóvenes con uno de sus apodos: azabache a la de pelo negro, a la de pelo castaño, alazana. Ninguna se enfadaba. Todas sonreían, como si en lugar de un cumplido original les hubiera declarado su amor. Se trataba de un personaje inolvidable que pasaba fugazmente por sus vidas.

Llegó en un campero que tiraba de un trailer para caballos. Lo acompañaba la segunda esposa, una niña recién graduada de la facultad de administración de EAFIT. A Laura le llamó la atención el aplomo de la muchacha, a quien veía por primera vez. Pelusa, como la llamaba el marido, aceptaba con una sonrisa serena la atención que éste acaparaba. Decían que toleraba con igual ecuanimidad a las amantes, muchas de las cuales pasaban temporadas bajo el mismo techo en medio de un desfile permanente de montadores profesionales, músicos, actores, amigos y desconocidos que llegaban a la casona de El Retiro, atraídos por el brillo de la pareja.

Entre el petisero y el guitarrista bajaron el caballo del trailer. Diez minutos más tarde, Nureyev estaba ensillado. El Gitano parecía formar un solo cuerpo con el animal, tanta era la naturalidad de su postura sobre la silla, la habilidad para manejar las riendas y darle órdenes con las piernas. Con engañosa facilidad lo ponía a baliar alrededor de los árboles, a galopar en un solo punto, a moverse de lado pasando una mano frente a la otra. El caballo salía y entraba en la noche bañado por la luz potente de los reflectores, o cobijado por las sombras del jardín. Los cascos abrían desgarrones sobre el césped. La noche cobró una cualidad atávica, personificada en el dominio del hombre sobre la bestia, en la perfecta armonía que reinaba entre esos dos seres compenetrados en un juego que más bien semejaba una antigua ceremonia sagrada.

Cansado de bailar alrededor de las eras de flores, de perderse entre los árboles, de galopar en un solo sitio, el Gitano llevó la montura hasta el borde de la terraza. Laura cerró los ojos y volvió a sentir que pasaba vacaciones en el campo cuando era niña, que salía a la noche fría para aspirar el olor de la hierba húmeda, del musgo y las hojas secas. El pasado con todas sus certezas salió a su encuentro por un instante que quiso atrapar y que perdió cuando una risa de mujer sonó a sus espaldas.

Después de pasear la mirada por los rostros de los invitados, el Gitano se quitó el sombrero.

–Nureyev, ¡salude a las señoras!

El animal se dobló en una reverencia, las crines blancas acariciaron la hierba frente a Marcela y Mariana. La niña aplaudió. Los demás la imitaron. El petisero llegó para llevarse a Nureyev, y un coro de voces saludó al Gitano. La rocola volvió a tocar.
[…]

El amanecer llegó suavemente, con una claridad que se insinuaba a lo lejos y que se fue haciendo más precisa, hasta devolverles el


color a las cosas. De un momento a otro los pájaros rompieron a cantar. Las nubes se pintaron de un resplandor nacarado y un velo de neblina flotó sobre los potreros más allá del jardín. Los reflectores seguían encendidos. Seguramente nadie se acordaría de apagarlos.
[…]

–Laurita –dijo el Gitano, acercándose a Laura–. Le voy a servir un poquito de chocolate y un buñuelito bien caliente.

–Gracias, pero…

El Gitano le pasó un pocillo de chocolate humeante.
Laura se sentó en la mesa de la terraza, ahora sin el mantel. El Gitano sonrió.
–Mientras se lo toma, le voy a recitar un versito.
Comprendió que ese hombre con el cual no había llegado a cambiar más que unas frases, sabía que estaba triste. Tuvo que contener las lágrimas. Uno de los músicos de planta del Gitano, comenzó a puntear una guitarra.

Juegas todos los días con la luz del universo.
Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.
Eres más que esta blanca cabecita que aprieto
Como un racimo entre mis manos cada día…

Como todas las cosas están llenas de mi alma
Emerges de las cosas, llena desalma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
Y te pareces a la palabra melancolía

Los invitados prestaban atención a cada sílaba, a cada inflexión de la voz que ahora recitaba los versos del maestro De Greiff.

Agarena, morena, cuyos ojos
vivaces (yo no sé si existen otros
de gemelo  fulgor)
con milagro sortílego captáronme esquivo el corazón.
Sus ojos abismales, de esa vez
y por siempre, rindiéronme a sus pies.
Yo nunca oí su voz de oro y de mieles,
ni su risa de jubilantes cascabeles.
Sus labios de lujuria húmedos, róseos,
fueron más milagrosos que sus ojos.

El Gitano apenas si había probado licor en toda la noche, limitándose a llevar en la mano una copa llena de aguardiente para que nadie le insistiera. En cambio se tomaba a sorbitos un vaso de leche fría. Su mujer-niña lo miraba sonriente desde una poltrona al otro lado de la vidriera. Esteban, que al comienzo se había mostrado nervioso como si temiera que la poesía fuera a dañarle el final de la fiesta, escuchaba ahora con atención. Juan Camilo miraba a Amelita con curiosidad, como si estuviera a punto de descubrir algo nuevo en ella. Amelita entornaba los párpados, sonriendo con aquella sonrisa que nada revelaba. Solo Laura parecía sentir el frío de la madrugada.

Fernando Pérez también estaba absorto en los versos del Gitano. Laura se dijo que las palabras que brotaban de sus labios borraban el recuerdo profano de una fiesta como jamás habrían soñado sus padres, apaciguando las dudas, los celos, la culpa y el dolor de cada instante.

El Gitano sonrió. Laura sintió que a pesar de la fuerza sexual que proyectaba, no había nada insinuante en su actitud. Solo un destello de la dulzura que parecía haberla abandonado para siempre y que él le ofrecía a cambio de nada. Saboreó por un momento la calma de una vida sin sobresaltos ni mentiras, la del porvenir sin amenazas.

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