Así fracasó el muralismo en Colombia

“Encuentros México-Colombia” reúne 100 obras de grandes artistas de los dos países. Una de las historias de fondo es la mala suerte que tuvo aquí esta técnica.

“Mangos”, de Pedro Nel Gómez, óleo sobre lienzo, 1939. / Reproducciones: Cortesía - Museo Nacional

Encuentros México-Colombia, la muestra que el Museo Nacional abrió el 12 de marzo, tiene entre su inventario cuatro obras de los mexicanos David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Diego Rivera. Los tres son recordados en México, sobre todo, como muralistas y a la vez como defensores de cierto impulso social: a través de sus murales, los tres pretendían tener una relación pedagógica con el pueblo. Querían enseñarle la historia y también las vicisitudes del presente.

En México, el muralismo tuvo un éxito amplio. En las principales oficinas públicas, en los lugares por los que todos los ciudadanos pasaban, las imágenes sobre su pasado y su devenir, con toda su carga política y sus figuras poco ortodoxas, se volvieron comunes. En los años 30 el muralismo ya era un movimiento consolidado en México. En Colombia los críticos conservadores destrozaron los primeros intentos en la materia y asesinaron el nuevo arte cuando apenas nacía.

En el fondo era una cuestión de poder. Por eso Laureano Gómez denigró del muralismo. Cuando el pintor Pedro Nel Gómez realizó nueve murales en las instalaciones del Palacio Municipal en Medellín, en 1934, Gómez escribió: “un pintor colombiano ha embadurnado los muros de un edificio público en Medellín con una copia y servil imitación de la manera y los procedimientos del mexicano (se refería, tal vez, a Diego Rivera). (...) Una ignorancia casi total de las leyes fundamentales del diseño y una gran vulgaridad en los temas, que ni por un momento intentan producir en el espectador una impresión noble y delicada”.

En su trabajo previo, Pedro Nel Gómez había mostrado cierto interés por las temáticas sociales, que se trasladó a sus murales. Sus formas no eran comunes (atentaban contra el canon) y su ideología era despreciada (atentaba contra la moral pública). “El pintor y el medio social chocaron por los prejuicios ideológicos, estéticos y políticos que se mezclaban, pero lo que más les molestaba a los críticos y espectadores era que Pedro Nel Gómez adoptaba el punto de vista de la izquierda”, escribe Rodolfo Vallín Magaña en La pintura mural contemporánea en Colombia.

Detrás del trabajo de los muralistas estaba también la Revolución rusa; la perspectiva política de muchos de ellos estaba empapada de bolchevismo y apoyo al proletariado. Laureano Gómez no quería que esos valores trascendieran las fronteras: una cuestión de controlar el poder. Con frecuencia atacó a los artistas colombianos que no se limitaban a los preceptos de la escuela clásica, representada en Colombia, hasta cierto punto, por la Escuela de Bellas Artes. “Por razones políticas, el muralismo en Colombia tuvo un desarrollo tardío, cuando en otros países del continente era una expresión del pasado”, escribe Juan Luis Mejía Arango, miembro del comité cultural del Grupo Sura, en el catálogo de esta exposición. Aunque por entonces se había terminado el reinado conservador con la presidencia de Enrique Olaya Herrera, y con la posterior Revolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo, en el arte colombiano predominó una perspectiva ortodoxa.

Pedro Nel Gómez, que era cercano a Diego Rivera y a David Alfaro Siqueiros, no fue el único muralista rechazado por una pura razón política o por desdeñar el canon. El antioqueño Ignacio Gómez Jaramillo, pintor y dibujante, se largó a Europa en los años 30. En 1936 el gobierno colombiano lo envió a México para que conociera el movimiento muralista. El presidente López Pumarejo había visitado México y en Colombia tenía planeada una reforma de la Escuela de Bellas Artes: Gómez Jaramillo era parte de esa mudanza del arte.

A su vuelta fue encargado de pintar murales en el Teatro Colón y el Capitolio. Ejecutó las obras Invitación a la danza, La liberación de los esclavos y La insurrección de los comuneros. El Concejo de Bogotá se opuso a todas ellas: dijo que atentaban contra la moral pública. La escritora Emilia Pardo Umaña, como referencia Mejía en su texto, escribió: “Nuestros influenciados mexicanos han querido transportar a nuestro medio esa concepción socialista del arte, que es espantosa, y desgraciadamente han logrado que en las esferas oficiales se les dé un valor que no tiene”. Otro más dijo: “Gómez Jaramillo ha embadurnado las escaleras con unos monigotes indecentes”. Fue justamente Laureano Gómez quien logró que los frescos fueran cubiertos por más de diez años.

También el olvido, bien común de las artes y la política, dejó atrás un mural que Débora Arango realizó en la Compañía de Empaques en Medellín. Arango siempre quiso ser muralista y estudió en México con ese objeto. La enfermedad de su padre la obligó a volver y prácticamente la alejó del muralismo. Sin embargo, este mural, que representaba a un grupo de campesinos recolectando, fue relegado por años hasta su reinauguración, cuando Arango ya estaba en su vejez. Muchos otros muralistas criticaron a Arango (entre ellos Gómez Jaramillo), tal vez por su origen conservador. Pero también la curia católica en Medellín supo atizar sus invectivas contra ella. Cuando la invitaron a mostrar su trabajo en Bogotá, su padre le dijo: “Váyase, llévese los cuadros, que tal vez allá no la critiquen tanto”.

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