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Auschwitz y el relato de los límites que no conocíamos

Escritores como Elie Wiesel o Primo Levi se encargaron de ser testigos y heraldos de lo que ocurrió en aquel campo de concentración. A 75 años de su liberación, evocamos el rol que cumplen los sobrevivientes al afrontar la soledad de la tragedia.

En el campo de concentración de Auschwitz murieron más de un millón de personas. La importancia de preservar el lugar se centra en homenajear las memorias de quienes allí padecieron la Segunda Guerra Mundial.Pixabay

Los rostros a blanco y negro, evidenciando el sufrimiento y la desesperanza; los trajes de quienes le recordaron a la humanidad que la esclavitud no se había abolido; las cercas que aun dan la impresión de colgar cuerpos; un aire que huele a pólvora; una tierra con manchas de sangre y todo un potrero en el que antaño se aglutinaron los cuerpos desnudos que fueron extraídos de cámaras de gas o de los pasillos donde el frío y la desnutrición los condenó a una debilidad que no era perdonada y era castigada con tiros de gracia.

Las imágenes son fugaces en la mente y el cuerpo se estremece como si el espacio que ocupa un campo de concentración estuviera siempre en un constante invierno. En mi caso fue imposible llegar a Auschwitz, pero visité Sachsenhausen, cerca a Berlín. Entendí que los países deben resguardar aquellos lugares que permiten entender el alcance de una guerra, que destruirlos es traicionar la memoria de quienes murieron y de quienes sobrevivieron a la penuria. El aire en esos lugares es lúgubre. Un reloj detenido a la hora de la liberación y el letrero que permanece en la mayoría de campos en su entrada (“El trabajo os hará libres”) hacen pensar que hace 75 años o más reconocimos que los límites de la condición humana abren las puertas a los infiernos que las religiones han señalado desde hace siglos.

Recorrer los senderos de aquellos que tuvieron que andar por horas para amoldar las botas de los soldados nazis me recordaba a Primo Levi cuando decía que “pocos son los hombres que saben caminar a la muerte con dignidad”, me recordaba a Hannah Arendt que, luego del juicio contra el teniente coronel, Adolf Eichmann, reflexionó sobre la banalidad del mal, sobre la forma en que los individuos pueden llegar a ser “arrastrados por la maquinaria” y normalizar la barbarie por medio de un contexto laboral, es decir, que las muertes y torturas provocadas respondieron a las obligaciones de su cargo, aboliendo por completo cualquier debate moral y político sobre el exterminio judío en la Segunda Guerra Mundial.

Todo esto para hablar de los 75 años de la liberación de Auschwitz por parte del ejército soviético, para hablar del símbolo por antonomasia del holocausto nazi, de ese universo de dolor que no puede olvidarse, pues olvidar su importancia en la memoria histórica de la humanidad es abandonar el presente a la suerte de nuevos dictadores o brotes de ideologías totalitarias que sugieren que para el bienestar del mundo es necesaria la exterminación de grupos particulares que se distinguen por raza, ideología, sexo o nacionalidad.

El arte es la posibilidad que tenemos los seres humanos de redescubrir aquello que pasa como normal ante nuestros ojos, y este se hace mucho más relevante cuando de historia de guerras hablamos, pues por medio de él logramos narrar las memorias que por crueles se hacen complejas de visibilizar. Y es de allí que algunos sobrevivientes como Primo Levi o Elie Wiesel lograron hacer de su experiencia en Auschwitz una obra y un tratado sobre los lugares más oscuros de la naturaleza humana.

A-7713 era el tatuaje, o mejor el número que identificaba a Elie Wiesel en Auschwitz. Afirmó alguna vez que si sobrevivió debía hacer algo por la humanidad, y por su obra y su memoria se convirtió en el heraldo del holocausto nazi, en el portador de las historias que se contaban en los barracones y en los días eternos en que sobrevivió por sí mismo y por la familia que sí perdió en el pasado.

A Wiesel le dieron el nobel de paz en 1986. El mundo lo recuerda por salvaguardar los relatos de Auschwitz, por haber entendido que el sufrimiento no fue solo de los judíos, sino que este mutaba y se convertía en una quimera según el país y el líder de una nueva era autoritaria. Como profesor, escritor y periodista defendió a los oprimidos en Europa, Sudáfrica y Sudamérica. De dictaduras y exterminios se hizo cargo en sus escritos, pues aceptó con su propia vivencia que el sobreviviente de una tragedia debe hacer de su soledad un testimonio, que aquellos que desaparecieron dejan solo un recuerdo que debe ser transmitido, y que por ello el que vive carga consigo el imperativo de honrar sus memorias y el silencio de sus voces.

En La noche, de Wiesel, o en Si esto es un hombre, de Primo Levi, se sienten el peso del testigo, del que por destino se hace cargo de los muertos que vio perecer y de los verdugos que anunciaron que todavía no habíamos conocido nada sobre nuestros límites. La literatura del holocausto, en especial de la de Auschwitz, es la narrativa de lo que podría ser un nuevo círculo de los infiernos, de un nuevo hades que no necesitó de figuras mitológicas para construirse, pues todo acto de violencia se reprodujo por la banalidad que señaló después Arendt y que bien fue narrada por Levi en su Trilogía de Auschwitz, un italiano que logró dejarnos perplejos cuando afirmó que la libertad lo había dejado perplejo y vacío, que “en aquel momento en que la esperanza de un retorno a la vida dejaba de ser una locura, me sentía vencido por un dolor nuevo y más vasto: era el dolor del exilio, de la soledad, de los amigos perdidos, de la juventud perdida, y de la multitud de cadáveres a mi alrededor”.

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

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