Las aventuras de Abel Azcona

El creador, nacido en Pamplona, Navarra, presenta en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, hasta el 25 de enero, la muestra autobiográfica “No Deseado”, en la que cuenta que su mamá lo abandonó siendo un bebé.

Abel Azcona como un travesti en las calles del barrio Santa Fe de Bogotá. Esta exposición aún no se ha presentado al público. / Cortesía Abel Azcona

Abel Azcona está en el suelo, sentado encima de un papel periódico, descalzo, usa una camiseta y un pantalón negros. Les está hablando a más de 20 estudiantes de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico sobre cómo permaneció nueve días desnudo dentro de un contenedor de basura en una galería de Francia. Azcona tiene 26 años y se dedica desde hace 10 al performance, como quien se sumerge en una aventura. Es un artista interdisciplinar que nació en la ciudad de Pamplona, España, y al que su mamá, “una exprostituta”, lo abandonó siendo un bebé.

Era hasta hace un par de semanas un travesti que se prostituyó durante más de dos meses en el barrio Santa Fe de Bogotá. Se afeitó las cejas y las piernas, se inyectó hormonas para tener mamas, compró un pelo postizo rubio y consumió “perico” mientras tenía sexo a cambio de $40.000, como los demás trans que hay en ese lugar. Lo vivió en carne propia, como los demás performance que ha realizado con el fin de realizar una exposición fotográfica que aún no ha salido a la luz pública. No tiene límites ni crea puestas en escena, vive su propia experiencia como una especie de catarsis.

Los estudiantes, que están en un salón del Museo de Arte Moderno de Barranquilla, no dejan de hacerle preguntas. Y él, sin inmutarse, responde casi como una máquina. Hay momentos en que pareciera que odiara a todos, que los abusos de los que fue víctima ocurrieron apenas ayer, pero luego asegura que no siente rencor. “Considero que una persona que abandona a su hijo es tan víctima como yo, ni siquiera siento rencor por las personas que cuando era un niño me hicieron daño, ellos también son víctimas. Lo mejor era no haber nacido, esa era la única forma de no vivir lo que me ocurrió”.

Azcona, quizá por eso, presentó en agosto en la ciudad de San Sebastián, España, la propuesta performativa “Reminiscencia”, en la que los participantes iban sin ropa y cargaban una escultura hiperrealista de un bebé recién nacido. Otra de sus creaciones, “No Deseado”, es la primera retrospectiva del artista en el Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá, la cual se inauguró el 31 de octubre y se exhibirá hasta el 25 de enero en el país. La exposición es una muestra autobiográfica en la que se exhiben fotografías de algunos de los performances que ha realizado.

Antes de subir al segundo piso, a una sala en donde hay una banca y decenas de fotografías en blanco y negro, el español invita a los estudiantes a hacer un performance, uno improvisado antes de que termine el taller de cinco días. Mientras planean el ejercicio, cuenta que uno de sus 40 tatuajes representa a los nueve artistas que él conoce y han muerto enfermos de sida. “Clasificar a una persona por su condición sexual es antiguo y hasta discriminatorio. No creo en géneros. Eso cuesta mucho en Suramérica y hace falta libertad plena. La gente que no cree en la diversidad se está muriendo”, agrega.

Las aventuras de Abel son tantas como exacerbadas. Se comió en 2012 el Corán. Estaba en la ciudad de Berlín, Alemania, cuando ingirió durante seis horas el libro sagrado del islam, y el grupo terrorista Al-Qaeda lo amenazó de muerte. Se dedica al performance porque así descarga la aflicción que lleva a cuestas y es también una forma de levantarse en contra de lo que no está de acuerdo.

“El primer performance lo hice a los 16 años. Me senté desnudo en una silla y comencé a gritar en la mitad de una vía en Pamplona. Paré el tráfico. Había superado una crisis psiquiátrica”, afirma Azcona, quien intentó cinco veces quitarse la vida tomando pastillas y lanzándose de una ventana.

Una joven se sienta en medio de un círculo y comienza a meterse los dedos de su mano derecha a la boca. Hace como si padeciera bulimia e intentara vomitar. Ella es la primera de los estudiantes que pasan a hacer el ejercicio mientras el español analiza cada uno de sus movimientos. Azcona está solo, ni siquiera tiene un vínculo con la familia que lo adoptó a los siete años. Para él, ser feliz son dos palabras utópicas, “aunque gracias al performance he conseguido cierta estabilidad”.

 

 

 

@JesusFragozo

 

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