Bacon y Borges: dos utopías

Un acercamiento a 'La nueva Atlántida' y 'Tlön, Uqbar, Orbis Tertius'.

 Jorge Luis Borges.
Jorge Luis Borges.Archivo

Si bien es cierto que Nueva Atlántida (Francis Bacon, 1561-1626) es una utopía científica del siglo XVII donde la felicidad y la concordia humana son el resultado, más que de una distribución equitativa de los recursos naturales, de un Estado benefactor que promueve, entre sus ciudadanos y sabios, la constante inventiva científica, en Tlön (Jorge Luis Borges, 1899-1986), por el contrario, la utopía se realiza a partir de un conocimiento (realidad verbal) previamente elaborado y recopilado por un grupo de hombres, todos firmantes de una sociedad secreta y cuya tarea principal es depositar su conocimiento en una Encyclopédie.

En Nueva Atlántida existe una comisión compuesta por tres socios de la Casa de Salomón —la principal institución— que deben recorrer el mundo cada doce años en procura de conocer los avances científicos y culturales de las otras naciones. En Tlön, por el contrario, “la sociedad secreta y benévola” debe, entretanto, mantener la utopía mediante la escritura de “una enciclopedia metódica del planeta ilusorio”.

Si establecemos un paralelo entre las dos sociedades —la de Bacon y la de Borges—, en Nueva Atlántida el conocimiento científico (que privilegia la relación causa-efecto) procura el bienestar y la armonía de todos sus asociados; en Tlön, sin embargo, tal bienestar y armonía se origina a partir de una correlación subjetiva, de orden metafísico. Al no existir una correspondencia entre un acto y su ulterior consecuencia, la similitud se origina a partir —y como efecto a la vez— de una asociación de orden mental. “Este monismo o idealismo total invalida la ciencia (…). De ello cabría deducir que no hay ciencia en Tlön ni siquiera razonamiento”, escribe Borges.

Si no hay relaciones de causalidad no puede existir, en el sentido cabal de la palabra, lo que se conoce con el nombre de ciencia. Es decir, no puede haber un sistema de conocimiento estructurado, organizativo y, sobre todo, objetivo. Bacon prefigura la Revolución Industrial del siglo XVIII y el positivismo científico del siglo XIX, con todos sus adelantos tecnológicos. Borges, por su lado, incuba la posibilidad de que algún día seamos capaces de modificar la realidad mediante objetos mentales (hrönir). Dicho de otra manera, sería como materializar ex nihilo nuestros más recónditos deseos, o buscar “la intrusión del mundo fantástico en el mundo real”. No en vano la psicología es la única disciplina cultural de Tlön y el lenguaje figurativo —que privilegia al adjetivo sobre el sustantivo— es el código verbal de este planeta ilusorio.

En la utopía de Bacon, Dios ocupa un lugar central y armonioso. Es, por sentado, la figura suprema del Dios cristiano. En la utopía del relato de Borges ocurre todo lo contrario, pues Tlön es un desafío a este mismo Dios, su mera existencia (la de Tlön) es la demostración de que los hombres también pueden tener el poder de crear un mundo. El eje central del relato de Borges es el descubrimiento de que Tlön resulta ser un “laberinto, pero es un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres”. La idea de la suplantación de un mundo por otro (el mundo fantástico que reemplaza al mundo real) embarga en cierto sentido una contradicción inmanente: Tlön ocupará el mundo de los hombres, pero Tlön es a su vez una creación de los hombres.

Eso ocurre también en otro ámbito que reclama una mayor atención y que nos acerca de algún modo a Tlön: la historia de la humanidad es ya de por sí un relato verbal —una impostura—, mediado por la realidad del texto mismo. En otras palabras, la historia real siempre será suplantada por la historia textual. E irónicamente también la historia (mundo ilusorio: Orbis Tertius) se va escribiendo en una suerte de enciclopedia (elaborada por la hegemonía del poder), donde se interroga y modifica el pasado a su antojo, como sólo es capaz de hacerlo un hrönir. “La metódica elaboración de hrönir (dice el onceno tomo) ha prestado servicios prodigiosos a los arqueólogos. Ha permitido interrogar y hasta modificar el pasado, que ahora no es menos plástico y menos dócil que el porvenir”.

La utopía de Bacon apunta a modificar el futuro. La de Borges, de modo tautológico, sólo aspira a cambiar el pasado y como mucho suplantar el mundo tal y como es. “El mundo será Tlön”, vaticina Borges. Y decimos utopía tautológica porque el mundo de Tlön no será muy diferente, ni “demasiado incompatible” con nuestro mundo real.

 

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