Bad Religion: el fin de dos minutos de odio

Los referentes de la banda californiana van desde el escritor George Orwell hasta el matemático Theodore Kaczynski. ¿Cómo hacer punk que trascienda el escupitajo?

Durante el concierto de la banda en Bogotá. / Revista Shock

Jamie Miller, quien debutó como baterista de la banda en la gira sudamericana de este año, prueba el bombo. La fuerza del eco produce una sacudida en el pecho. La pantalla electrónica que funciona como telón muestra una cruz con la señal de prohibido, rodeada de pequeños íconos: las portadas de 36 años de carrera. Hay en el público un grupo que viajó desde Medellín. Tienen las cabezas rapadas, las primeras arrugas detrás de gafas de marco grueso y barrigas que se afanan por salirse del pantalón. Hay rockabillys, punkeros, neos, skinheads, hardcoreros, gente de a pie. Es la primera vez de Bad Religion en Colombia. Brian Baker, Mike Dimkich y Jay Bentley salen a tarima con sus instrumentos en silencio. Segundos después aparece el director de orquesta: Greg Graffin, vocalista y profesor de ciencias en la Universidad de California. Un par de movimientos con las manos, una sonrisa de canchero y apunta con el índice a Baker: suena el primer riff de Fuck You, canción del último álbum, True North (2015).

Bad Religion puso los cimientos para la explosión de bandas punk rock en los noventa y levantó al género del tropezón que sufrió a finales de los 80. Esa es la verdad evidente: la verdad que no importa demasiado a cada una de las personas que pagaron cinco veces más del valor promedio de un concierto de un grupo de  punk extranjero por estar aquí. Algunos de ellos conocieron la banda por videojuegos como Pro Skater y Guitar Hero y la convirtieron en banda sonora para andar en skate o escabullirse del tedio de los días de colegio. Con el álbum The Empire Strikes First  (2004) descubrimos que un álbum de punk podía abrirse con cantos gregorianos y que las voces armónicas podían reemplazar los gritos ramplones. Gente que se quedó sola cuando decidió soltar la mano de Dios y repitió como un mantra la letra de God’s Love: “Y de lo que tengo miedo es lo que llaman el amor de Dios / ¡Mi dolor es el amor de Dios!”.

Para algunos Bad Religion no es más que un recuerdo de adolescencia. Una etapa de muchas otras que hay que quemar. Para otras, un puntapié que sigue molestando. Gracias a sus letras supe quién era Theodore Kaczynski, el matemático de Harvard que envió 16 cartas bombas con reflexiones sobre la sociedad moderna y sólo se detuvo cuando The New York Times y The Washington Post publicaron su manifiesto. El barco de los locos es la parábola de Kaczynski mencionada en la canción Social Suicide. En ella un capitán dirige un barco hacia aguas cada vez más turbulentas, mientras la tripulación y los pasajeros hacen reclamos: las mujeres piden más mantas; el mexicano, que los oficiales le den las órdenes en español y no en inglés; el capataz, que no lo llamen maricón por chuparla. “Lo que realmente debemos hacer es volver hacia el sur, porque si seguimos al norte es seguro que nos hundiremos”, responde el grumete. Aunque el capitán concede los pedidos, los pasajeros y la tripulación vuelven a estar inconformes. La miseria es distinta, pero es miseria. "¿No ves lo que están haciendo el capitán y los oficiales? Los mantienen ocupados con reivindicaciones triviales sobre mantas y salarios y perros que son pateados para que no pensemos en lo que de verdad va mal en este barco. Todos acabaremos ahogados”, insiste el grumete. “¡Fascista! ¡Liberal! ¡Hombre de paja!”, corean todos antes de ahogarse. Se trata de una crítica a las luchas izquierdistas. 

Por lo demás, la distopía de George Orwell en 1984 atraviesa The Empire Strikes First. Allí, los californianos buscaron conectar la vigilancia del Estado sobre los obreros de la novela con la maquinaria militar de George W. Bush y el espíritu adormecido de la sociedad estadounidense del 2000. ¿Dos minutos de odio? Una emisión de Fox News. ¿La habitación 101? Guantánamo. ¿Buscar un enemigo como Emmanuel Goldstein, el traidor de la patria? Los talibanes o los iraquíes. ¿Una policía del pensamiento? La Ley Patriota de Estados Unidos.

En 1984, los dos minutos de odio representan el momento del día en que la gente, adoctrinada, descarga su ira contra el enemigo. Dos minutos de rabia establecida, la misma que infectó al punk cuando las Dr. Martens importaron más que disentir. Bad Religion no es el escupitajo de algunas bandas de anarcopunk, su trabajo consiste en rumiar la realidad, intoxicarse y luego contarla.

Los músicos saben que no hay más que una hora para recoger 16 álbumes de estudio. Optan por rescatar, sobre todo, sus clásicos noventeros (American Jesus, You, Infected, Atomic Garden), mientras que los hitos más recientes (Sinister Rouge, Los Angeles is Burning, New Dark Ages) apenas salpican el set, que suena de corrido y sin otra mediación que expresar el gusto de tocar por primera vez en el país. El público sabe lo difícil de volver a verlos: los cuerpos sudorosos nadan sobre las cabezas, se chocan, caen. Los pogos se replican por todo el escenario. El punk no es el infiltrado o el invitado incómodo de este festival de música alternativa. 

Bad Religion es la rabia reposada. El fin de los dos minutos de escupitajos fáciles del punk.

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