Balance de los dos años de la economía naranja

‘La cultura, responsable de la salud mental de los colombianos’: Felipe Buitrago

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Más allá de las medidas normativas e institucionales, para hacer un balance de la economía naranja se podría partir de dos preguntas sencillas, pero vitales para el éxito de este modelo de desarrollo: ¿hubo mejoras en cuanto a la comprensión del concepto? Y ¿se redujo la tensión entre el sector cultural y la oferta del presidente Duque?

Para hacer un balance de la economía naranja se podrían revisar las cifras, los resultados concretos de un modelo de desarrollo que el presidente Iván Duque, siendo senador, ya había expuesto, explicado y promovido. Pero también, para medir cómo le ha ido al jefe de Gobierno con uno de sus proyectos insignia, sirve preguntarse por la comprensión y apropiación de un concepto que, desde el principio y hasta enero del presente año, seguía siendo rechazado o incomprendido.

El 21 de diciembre de 2019, este diario publicó una entrevista con Felipe Buitrago, viceministro de la Creatividad y la Economía Naranja, en la que el funcionario reconoció que el Gobierno debía mejorar la exposición y explicación de un término que, según él, era difícil de comunicar, porque además de que se componía de una oferta muy amplia había una prevención ideológica. Que lo que se debía hacer era separar la ideología de la responsabilidad y la oportunidad del sector de la cultura con el futuro del país.

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Pero, ¿ya se mejoró la explicación de la economía naranja y los detalles de su oferta? ¿El sector ya se acogió a sus propuestas? Las respuestas, en general, coinciden en que ya está claro, pero a dos años de gobierno, aún hay una gran parte del sector cultural que no se reconcilia con sus planteamientos.

Germán Rey, psicólogo de la Universidad Nacional de Colombia y profesor de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Universidad Javeriana, sugiere que para analizar este tema se deben tener en cuenta los antecedentes del término: “La economía naranja y demás conceptos relacionados surgieron a partir de las industrias culturales. Así fue nombrado por los pensadores Theodor Adorno y Max Horkheimer en su libro Dialéctica de la ilustración”.

Rey agregó que el concepto de economía naranja se ha comprendido parcialmente, sobre todo porque, según él, hay resistencias para entender el término, ya que los sectores más tradicionales de las artes han visto con sospecha el ingreso de las industrias culturales: temen ser desplazados por las otras manifestaciones de la cultura que tienen un potencial comercializable. Además, Rey se refirió a que también ha habido dificultades para entender qué significa el concepto: el Gobierno, en un principio, no lo comunicó adecuadamente: “Dieron lugar a malos entendidos que después hicieron carrera. Lo que pasó con Rappi, una empresa que nada tiene que ver con la economía naranja, es un claro ejemplo de eso. Desfiguraron el concepto”.

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Para Rey, habría sido valioso que se generara una comprensión discutida de lo que proponían. “Hay un Consejo Nacional de la Economía Naranja (CNEN), que armonizó las políticas de este modelo de desarrollo, que no solo pasan por el Ministerio de Cultura. Es muy positivo esto, porque la convierten en una propuesta más integral. Ahí están Mintic, Minturismo, Mincomercio y varios organismos del Estado. Tendría que pasar lo mismo con la sociedad: armonizar la política pública con el sector”.

Es decir ¿esa integración del concepto solo se dio a escala estatal con el CNEN, pero no fue igual con el sector?

Sí, creo que ese es uno de los problemas. Por eso algunos se sintieron amenazados.

¿Por qué cree que es problemático que esa integración no se haya dado de igual forma en el sector cultural?

Porque este es un proyecto nacional que solo podrá tener éxito si se transforma en un proyecto de la sociedad, que no podrá salir adelante si no tiene el apoyo del sector más directo, que en este caso es el cultural.

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Por su parte, Felipe Buitrago le dijo a este diario: “Hay gente que quiere entender, gente que no quiere y personas que no han tenido la oportunidad de entender”. También considera que es “secundario” que se hable o no de economía naranja. Según el funcionario, lo importante es la aplicación de lo que representa: “La posibilidad de que la gente viva de su quehacer cultural con dignidad”.

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En este punto coincide con Yesenia Valencia, actriz colombiana y CEO de Smart Films, festival de cine hecho con celulares, que en más de una ocasión ha sido beneficiaria de las ofertas de la economía naranja: “El tema está politizado y hay bloqueos para entender, pero estoy convencida de que esta política ha beneficiado, como nunca antes, a la cultura nacional. Tres veces me he favorecido de este proyecto. Por nombrar una: quedé exenta de renta por siete años, algo que para mí es un sueño hecho realidad. Durante este tiempo no me harán retención en la fuente, que es un impuesto del 10 % que me quitaban de toda la facturación de mi compañía”.

Valencia aclara que accedió a este beneficio porque ya se había constituido como empresa, un requisito que muchos de los artistas colombianos no pueden cumplir debido al gran porcentaje de informalidad. “Para mí, el sector cultural tiene que organizarse e industrializarse. Es la única forma en la que podremos ser sostenibles”.

Clarisa Ruiz, escritora y promotora de las artes y la cultura, está de acuerdo con Buitrago en que, durante el primer año de gobierno del presidente Duque, algunas personas no quisieron entender el concepto, pero opina que esto ya se superó. “Había gente que, simplemente, no quería comprender porque es una visión economicista de un derecho humano, pero creo que la política ya está asumida. Yo fui promotora de la economía creativa, no soy una detractora, pero creo que tiene que haber un equilibrio: incentivar y, al mismo tiempo, hacer inversiones públicas. La industria tradicional también debería entender lo que significa la economía naranja”.

Hay otra queja que no permite que la noción avance sin críticas: muchos artistas y gestores culturales creen que la agrupación de las artes, la arquitectura, el turismo y la tecnología, entre otros, es una estrategia para dar resultados económicos positivos con respecto a un sector que, según muchos, quedó en la “indigencia” a causa de los efectos por la COVID-19.

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“Uno entiende el concepto de la Unesco (industrias creativas), pero no necesariamente un ministerio de cultura tiene que estar inmerso. Cuando te hablan de arquitectura, turismo, publicidad o tecnología, entre otros, terminas percibiendo que quieren volver estadísticas un trabajo de construcción de tejido social”, opinó Yalesa Echavarría, productora de artes escénicas, quien cree que lo que se ha debido hacer es una oficina de economía naranja que tenga una acción trasversal entre industria y comercio, Mintic y Mincultura. Según ella, es un error dejar a la literatura, las artes escénicas y las plásticas dentro de la economía naranja: “Eso es mezclar huevos con manzanas”.

Giovanni Piragua, productor artístico, apoya la visión de Echavarría. Dice que, además de conocer la percepción de varios de los integrantes de la escena teatral y musical del país, tiene una mipyme que tampoco se ha beneficiado de la oferta de una economía naranja que, para él, solo fue una estrategia de la campaña Duque para sumar votos. “A dos años de gobierno, lo que hemos comprendido en el sector es que quieren subir una serie de cifras juntando con el arte otras labores que nada tienen que ver con nosotros. Creo que el ministerio, por ejemplo, está liderado por una persona que no comprende la cultura del país y en el Viceministerio tienen a un empresario que tampoco la entiende”.

Catalina Ceballos, directora de la maestría en Gestión Cultural de la Universidad EAN, dice que sí cree que el sector ya tiene claro el concepto, pero que, precisamente por eso, es que aún se sostiene una controversia alrededor de una imposición de tecnología e infraestructuras “para que todo el mundo juegue bajo las mismas condiciones”. También cree que hay escozor por la intención de ver las artes desde la comercialización de bienes y servicios. “Lo grave es que se esté tratando de imponer que los agentes y gestores de la cultura tengan que entrar en esa dinámica. El concepto me parece antipático y lejano porque desconoce lo que se ha venido construyendo no solamente a nivel nacional, sino internacional”.

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Sobre la percepción de la economía naranja como una estrategia para dar resultados económicos, Buitrago respondió: “Claramente no leyeron la definición de economía creativa, que fue adoptada por la Unesco y por cualquier entidad multilateral relacionada con cultura. Quien me diga que la arquitectura no tiene componentes de cultura no entiende la arquitectura. Quien diga lo mismo de la tecnología digital aplicada a la cultura, tampoco está entendiendo el tema. Lo que tenemos que comprender es que todo es un gran ecosistema interdependiente. Si pensamos que podemos desarrollar arte y cultura totalmente independientes de la tecnología, no hemos aprendido nada de la historia”.

Buitrago también dijo para El Espectador que el trabajo del Viceministerio se ha fortalecido con las autoridades locales. Que además han reforzado lo que se desarrolla en los nodos a escala regional y que ha habido mayor presencia en los medios de comunicación y redes sociales.

Ricardo Cadavid, gestor cultural, director del Festival Abrapalabra y exsecretario de Cultura de Ibagué, cree que el problema de las regiones no es de concepto ni de comunicación. “Hay problemas serios como, por ejemplo, la cultura del no pago por las actividades artísticas. Hay un muy bajo poder adquisitivo, así que se come o se atienden las necesidades espirituales. Aquí los cultores tienen que hacer una serie de maromas para vender, así que sí creo que es necesaria una apropiación social del concepto. No está claro cuánto pesan el teatro o la música folclórica en la economía naranja. También considero que este proyecto puede ser importante y considero que es valioso que haya un viceministerio, el problema es que a Buitrago le tocó un año terrible para sacar adelante esta política”.

Ómar Rincón, profesor de la Universidad de los Andes y ensayista cultural, quien se ha manifestado más de una vez sobre la economía naranja en su columna de opinión de El Tiempo, dijo para este diario que el problema de que las personas no quisieran pagar por cultura era más bien nacional. También opina que no es clara la medición con respecto al arte en el mismo grupo de la arquitectura o el turismo. “La arquitectura sí es cultura, pero se mide distinto al arte. ¿Cuánto produce la arquitectura? Y después hágase la misma pregunta con la construcción de valor a partir de lo simbólico”. Según Rincón, a la diversidad cultural no se le puede medir por lo que le aporta a la economía naranja. “La diversidad cultural se protege y se promueve”.

La reunión de varias opiniones de representantes del sector indica que el concepto ya se aclaró, pero aún genera resistencias. Hay confianza por parte de algunos que accedieron a los beneficios de una política pública que los invita a emprender, pero también inconformismo por parte de quienes no tienen las herramientas ni el interés de convertir sus obras en industrias. Y aquí regresamos al comienzo: a pesar de la aclaración de lo que significa el término, no hay interés por sumarse a un proyecto que, según ellos, solo busca juntarlos con sectores que sí son fácilmente industrializables.

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Felipe Buitrago, quien asumió el cargo en septiembre de 2019, después del año en el que David Melo se desempeñó como el primer viceministro de esta nueva oficina en el Ministerio de Cultura, dice que su balance de estos dos años es agridulce, ya que el 2019 había cerrado con cifras muy positivas para el sector. También aclara que la agenda del Viceministerio cambió. Ya no piensa en aceleramiento, sino en reactivación y recuperación de, sobre todo, el empleo.

¿Cómo ve las cosas para el resto del año? ¿Cuál es su percepción del futuro?

Felipe Buitrago: La cultura se está moviendo de nuevo. La dinámica que estamos viendo en el consumo de los hogares muestra que se viene recuperando. Sigue siendo inferior, pero ya no es tan dramática como las observadas en marzo y en abril. Hay actividades del sector que van para adelante, pero necesitamos la solidaridad de todos. Invito a que los que están reactivándose apoyen a los que todavía están quietos, a que los ayudemos a reinventarse. Nosotros seguiremos trabajando en activar la economía y movilizar los esfuerzos fiscales. Al final del día, el sector cultural tiene la responsabilidad de la salud mental de los colombianos.

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