Bandido (Cuentos de sábado en la tarde)

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Les presentamos un cuento de la revista literaria, Ocho:treinta, la cual es un proyecto organizado por los participantes del programa Elipsis 2019 y 2020. Jóvenes escritores de diferentes partes del país. El proceso de creación y edición fue colectivo.

Y entonces me asomo al balcón. Bandido, mi perro de la adolescencia, está corriendo y ladrando feliz por la calle. Vivo al borde de una avenida que está siempre rebalsada de autos. Entre los destellos brillantes de los techos y capots distingo la mancha blanca de su lomo, la renguera suave de sus patas de atrás. Después, apenas el semáforo da luz verde, los autos aceleran y Bandido los esquiva con la gracia de un niño de tres años manejando un camión; no tiene idea de qué tan cerca de la muerte está a cada nuevo salto.

Los sueños, a veces, son pura traición: no puedo bajar a rescatarlo ni gritar ni moverme ni hacer nada en absoluto más que quedarme estática y pensar que no es justo volver a perderlo ahora, que ya tuve que aprender a vivir sin él una vez, que alguna parte de la vida o del cosmos o de quién sabe qué cosa no está cumpliendo con su parte del trato.

Abro los ojos, respiro agitada, tardo unos segundos en recordar dónde estoy. La sensación de que un viejo amigo está afuera solo y corre peligro cruzó conmigo la barrera del sueño, desprenderme de ella va a llevarme un buen rato. A mi lado, en cambio, Dam duerme a sus anchas, despatarrado, calmo y feliz. Su respiración, como la de todos los hombres de buen dormir, es rítmica y lenta y parece salir retumbando contra las paredes de una caverna. Me quedo escuchándola para distraerme, lo observo unos minutos y aunque sé que lo hará desde lo más profundo de sí mismo, desde un territorio al que yo no debería ni asomar la nariz, le hablo para que me responda dormido y me cuente qué está soñando, o pensando, o sintiendo.

Dam sueña que algo o alguien está cambiando sus cosas de lugar. Al menos eso es lo que imagino cuando le digo que tuve una pesadilla y me responde: ¿vos dejaste mi mochila afuera?, con tono de preocupación. Después entreabre los ojos y me mira pero es una falsa alarma, enseguida se vuelve a dormir. Dam, me obstino, ¿qué estás soñando?

Me dice que está sentado en su jardín, que algunas personas lo convocaron a una reunión. Me río y acerco mi cara a su pelo: huele un poco a tabaco, al shampoo que usa y a transpiración.

Ahora mismo podría preguntarle cualquier cosa. Por un rato tengo la llave mágica que abre todas las puertas. Podría preguntarle por los planes que están armándose en su cabeza y que todavía no quiso contarme, por sus deseos más privados. Podría preguntarle sin tapujos y sin riesgos de recibir una mentira qué siente realmente por la chica que hace un tiempo ronda su grupo de amigos, y que sin saberlo montó un escenario de dudas y dramas en mi cabeza. A fin de cuentas, hasta podría preguntar si me ama y asomarme al vacío de que todo se sostenga, por unos segundos, en una simple respuesta. Me quedo callada, con los ojos fijos en la pared.

Dam, ¿ y yo también estoy en esa reunión?, pregunto. No, me responde seco.

¿Y quién está? insisto, pero él balbucea algo incomprensible y se da vuelta.

Me lo merezco: lo que acabo de intentar es una forma de la deslealtad. Igual, aunque muchas veces mis sueños también están llenos de trivialidades, detalles raros e inconexos y personas que no me importan para nada ―por lo menos no cuando estoy despierta― no estar en esa reunión me parece una señal de algo.

¿Qué estás haciendo? me pregunta Dam sin abrir los ojos.

Nada, nada, perdón, seguí durmiendo, le digo con algo de culpa, sé que lo miré tanto que lo desperté. A veces sin querer hago lo mismo con mi gato, le clavo la mirada mientras duerme hasta que se despierta sin saber qué pasó.

Me levanto despacio para no hacer ruido, la cocina está helada y las cosas, después de tantas horas solas, me parecen un poco más ajenas que como las dejé ayer. Por la noche todos nos pertenecemos más a nosotros mismos. Mi abuela, que lo sabía muy bien, tenía algunos consejos para acompañar ese trance: no cuentes tus pesadillas en ayunas, tené flores de verbena en la casa y pensá en volar antes de irte a dormir. No estoy segura de para qué sirven exactamente, pero así es la fe.

Ahora que recuerdo esos consejos me alegra que Dam no haya caído en mi juego. Hubiéramos terminado hablando de su sueño y de Bandido en la cama, con el estómago vacío. Una urgencia por redimirme me ataca de pronto y sin pensarlo le pregunto, con un grito, que qué quiere desayunar.

Es sábado, me interrumpe él con una voz que tiene algo de gruñido, ¿tanto te cuesta dejarme dormir?

Quedar en evidencia a la mitad de una actitud tan caprichosa me provoca una reacción aún más infantil: en vez de pedir disculpas imagino poner música fuertísima, bailar por la casa, despertar a los vecinos. Una fiesta para mí sola, pero una fiesta al fin.

¿Hiciste café? pregunta entonces Dam con su voz de siempre, como si no recordara que fui yo la que lo despertó. Después lo escucho entrar al baño sin movimientos bruscos ni señales de enojo.

En la cocina, mientras preparo el café, algunos ladridos lejanos terminan de despabilarme.

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