Banksy, vendido

Las obras del grafitero son objeto de colección y se venden a precios astronómicos, a pesar de que expresan inconformidad con las prácticas comerciales.

La obra ' Love is in the air' en la casa Bonhams, donde fue subastada. / AFP
La obra ' Love is in the air' en la casa Bonhams, donde fue subastada. / AFP

Banksy, el anticapitalista. Banksy, el pacifista. Banksy, el crítico de nuestro tiempo. Esos epítetos se leen aquí y allá en noticias y críticas sobre la obra del grafitero, cuya identidad es desconocida: dicen que es inglés, dicen que tal vez sea un colectivo de artistas, dicen que comenzó su carrera en 1990. Más allá de las cronologías, Banksy se cotiza día a día como uno de los artistas más vendidos de su generación, apenas superado por Damien Hirst y David Hockney. Sus grafitis hacen referencia a la existencia banal en un mundo capitalista, a la guerra, a las barreras sociales y a la hipocresía de la política. Se ha hecho una imagen de artista rebelde, pues pinta en las paredes que quiere, en los países que quiere, sin pedir permiso a nadie.

Pero esa imagen parece diluirse en las subastas. El 27 de junio, en la subasta de arte contemporáneo que realizó la casa Bonhams en Londres, su grafiti ‘Love is in the air’ fue vendido por US$249.000. Creada en 2006, la obra, que muestra a un joven en actitud de ataque con un ramo de flores en la mano derecha, ha sido replicada en muros de varias ciudades. En esta ocasión, el dibujo fue vendido sobre un lienzo, hecho con esténcil y enmarcado. Como un cuadro cualquiera. Como un cuadro clásico.

El precio del grafiti no superó el de otra de sus obras, ‘Space Girl and Bird’, entregada el 27 de abril de 2007 en US$576.000. Otra tres obras suyas, en grupo, sumaron US$304.000 ese mismo año. En Sotheby’s y Christie’s otros de sus trabajos han obtenidos precios entre US$100.000 y US$300.000. Y si no fuera por la imposibilidad de vender un muro de una calle cualquiera (pese a que meses atrás fue subastado uno en cerca de US$500.000 y luego fue retirado de la venta), Banksy quizá sería uno de los más cotizados, al mismo nivel de Hirst, cuyas obras obtienen millones de dólares y son cada vez más buscadas por coleccionistas y galeristas.

La primera paradoja es, pues, visible: el anticapitalista Banksy se vende mejor que otros artistas que está de acuerdo con dichas prácticas comerciales. La segunda es más matizada: la obra de Banksy, que debía estar en la calle, es vendida en una casa de subastas que desde 1793 se encarga de distribuir obras de artistas clásicos. El grafiti, además, está enmarcado: de ese modo pierde toda esencia, porque si el grafiti no está en la calle no es grafiti: es una pintura más. Los términos entonces cambian; ya Banksy no es quien se escapa a la policía y a las miradas de todos para crear su arte, sino que lo expone como se expondría un cuadro de Rembrandt: en la clásica galería con los clásicos coleccionistas. Banksy no sería así más que un artista que cambió el óleo por el esténcil.

Pero ¿no afecta en ningún sentido el cambio de material? ¿No tiene acaso una fuerte influencia en el significado de la obra el hecho de que sea creada con esténcil? Quizás. Lejos de esas implicaciones, la pregunta debería ser más amplia: ¿cuánto de lo que hace Banksy es en realidad arte? “El arte de Banksy no es más interesante que pinturas kitsch como ‘El mayordomo cantante’ o el retrato reciente de la Duquesa de Cambridge —escribe el crítico de arte Jonathan Jones en su blog de The Guardian—. Sus imágenes son triviales, su política inexperta, su manipulación de la fama sólo otro poco de comercio de tercera categoría”.

El hecho de que las obras tengan precios astronómicos, en algunas ocasiones, guía las tendencias críticas sobre ellas mismas. Sucede así, por ejemplo, con las instalaciones de Damien Hirst: vendidas por millones de dólares —en 2008 su calavera de diamantes fue comprada por US$100 millones, aunque parte de los compradores eran sus propios galeristas—, son relacionadas con el gran arte y la explosión contemporánea. El mismo fenómeno toca a Banksy: su obra es alabada, criticada y censurada de acuerdo con sus precios de venta. “Glorificar a un artista sin dones —continúa Jones— por sus acrobacias cínicas es decir a los jóvenes que el trabajo duro y la educación son irrelevantes: el camino para ser interesante en la Gran Bretaña moderna es ser como Banksy”.

El comentario de Jones se parece, en muchos sentidos, a las palabras de las autoridades de Westminster, Inglaterra, que en 2009 decidieron borrar uno de los grafitis de Banksy argumentando que “si permitimos esto entonces tendríamos que decir que cualquier niño con un esténcil produce arte”. ¿La obra de Banksy va más allá de la mera práctica artística? ¿Es un grito político, un líbelo no más, o también posee esa altura que tiene todo arte de descubrir el mundo? ¿Cuánto de burla existe cuando Banksy vende sus obras a esos precios? ¿Cuánto de revelación de la banalidad del mercado artístico?
“Me encanta el modo en que el capitalismo encuentra espacio incluso para sus enemigos”, dijo Banksy en una entrevista con The New Yorker. Quizá esa sea la respuesta más acertada.

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