Batman: un vampiro vegetariano

El viernes se estrena en Colombia ‘El caballero de la noche asciende’.

Batman vio la luz —en su caso, la oscuridad— en mayo de 1939, en el mítico numero 27 de Detective Comics. Todo sucedía de noche, los delincuentes dominaban la ciudad y la capucha con orejas puntiagudas del murciélago que los combatía era cero tranquilizadora. Las cartas de entusiasmo llegaron mezcladas con las de lectores que no entendían como alguien que parecía Drácula podía ser un héroe. Para acabar con las dudas, Bob Kane y Bill Finger se tomaron el trabajo de contar una historia de dos partes, donde Batman mataba con una bala de plata a un vampiro que era igualito a Bela Lugosi. La historia apareció en los números 30 y 31 de Detective Comics, correspondientes a octubre y noviembre de 1939. Si en ese momento hubieran estado de moda las verduras, habrían dicho que Bruce Wayne era vegetariano.

Era necesario. Los vampiros tenían mala fama y hace 73 años nadie imaginaba que llegarían a convertirse en los sex symbols de una generación de adolescentes. En 1939 se vendían las figuras solares. Supermán, por ejemplo. Con la bandera de USA en su uniforme y superpoderes dados por un sol amarillo, este chico criado en las praderas del Medio Oeste lo tenía todo para convertirse en el campeón de la democracia. Pero Supermán era ya la estrella de DC Comics y la empresa pensaba que clonar su mayor éxito sería arrojarle kriptonita. Entonces, había que diseñar un superhéroe con otro perfil. Algo original, pero que siguiera justificando la agresividad del Imperio. Otro paraco virtuoso que divulgara la buena nueva de la justicia privada. Como los ejecutivos no querían nada solar, se buscó una alternativa nocturna. Bill Finger convenció a Bob Kane de prescindir del amarillo en el uniforme de Batman y de darle la pinta oscura que ha conservado en todas sus versiones. Así, lleno de plata como buen hijo de la Luna, dueño de una disciplina puritana y de una inteligencia tan helada como la baticueva, Batman vino al mundo a contrapelo. Tuvo un éxito tan inmediato, que sorprendió a todos. A los seis meses ya tenía su propia revista, coronó serie de 24 capítulos en cine en 1941 y ganó un espacio de publicación diaria en los periódicos gringos a nivel nacional en 1943. En los 50 logró sobrevivir a la cruzada homofóbica, se inventó a Batichica y se instaló en el trono del máximo superhéroe.

Como el espacio es corto, hay que decirlo de una. Batman es el personaje de cómic más popular del mundo, el que más ha facturado y el que tiene un futuro menos dudoso. Mientras Supermán pierde audiencia, el caballero de la noche asciende. Los personajes de Marvel tuvieron la fortuna de toparse con Robert Downey Jr., que hizo digerible el pastiche de Los vengadores. Pero las películas anteriores del Capitán América o Los 4 fantásticos fueron un desastre. En cambio, Batman jamás ha fracasado. El vigilante oscuro aguanta todos los abusos. Ni siquiera en los tiempos del Apocalipsis, cuando era interpretado por George Clooney, fue una mala inversión. Joel Schumacher logró que los productores se embolsillaran big bucks con Batman y Robin, ese canto gay al travestismo. Adam West y Burt Ward se hicieron millonarios con la serie de televisión que filmaron en los sesenta, un esperpento naive que todavía se pasa por TCM.

Es obvio que la razón del éxito está en el diseño del personaje. Habitamos tiempos lunares, donde el Sol se bate en retirada. Mientras la noche se asocia con la rumba y el placer, el día se asocia con el trabajo y el aburrimiento. Como los vampiros, esperamos el crepúsculo para empezar a vivir. Podríamos seguir por este camino en busca de la esencia de Batman. Pero en vez de perdernos en los sórdidos laberintos mentales de este paraco solemne, encendamos la luz. Hablemos de sus villanos.

No es ironía. Los villanos de Batman son luminosos. Se trata de enemigos reveladores, de destellos brillantes y enloquecidos que completan al héroe. Todos son reflejos positivos de la negativa personalidad de Batman y lo desafían con un reconocimiento que él no está dispuesto a hacer. Batman, tan puritano y tan devoto de su venganza, no puede asumir que detrás de su máscara hay un ser que es mitad animal, como el Pingüino, o que su relación con Robin lo lleva a compartir las mismas preferencias sexuales de Gatúbela.

Pero la linterna mayor, el reflector que enceguece, es el Jóker. El comodín que no es nadie y que puede ser cualquiera. Un amoral que sólo le come a su propio sentido del humor. Un comediante ácido que detesta la autoridad y se ríe de todo.

El Jóker es el más grande golpe de talento de Bill Finger por una razón muy sencilla. Al oponer a la triste racionalidad de Batman la divertida locura del Jóker, la historia se cierra con dramatismo y alcanza un sentido universal: el de una identidad rota. “Esto es lo que sucede cuando una fuerza irresistible choca contra un obstáculo insuperable”, se burla Heath Ledger en El caballero de la noche, de Christopher Nolan.

Nolan arrancó haciendo películas sobre la identidad perdida y siguió por ese rumbo. Following, Memento, Insomnia, The prestige, Inception, son variaciones sobre un único tema: la fragilidad de una conciencia amenazada por el complejo de culpa, por el olvido o por el enredo de no saber si estamos dormidos o despiertos. Un tipo con esa obsesión era perfecto para Batman. Por eso, la saga de Nolan vuela lejos de las demás adaptaciones y por eso es tan difícil que su tercera parte supere a la segunda. Sin el reflector de Ledger, que murió cuando había encontrado el papel de su vida, es posible que el caballero se pierda en la noche con su batimoto.

Como no se trata de ser ave de mal agüero y es de mal gusto criticar lo que no se ha visto, juguemos a ser el Jóker. Es decir, seamos positivos y pensemos que el caballero logrará ascender para merecernos. Knightfall, el cómic que inspira la última parte de la trilogía de Nolan, fue un éxito discreto. Sus ventas no fueron tan buenas como las de The dark knight returns o The killing joke, que tenían al Guasón como estrella, pero bastaron para mantener vivo a Batman durante los 90, una década áspera donde DC Comics tuvo que matar a Supermán.

La historia de Knightfall es truculenta, pero efectiva. Bane, un villano hinchado por los esteroides, le quiebra a Batman la columna vertebral (es decir, lo parte en dos, dividiendo su conciencia de manera irreversible), confinándolo a la impotencia de una silla de ruedas y enfrentándolo más tarde con Robin, con el que Batman debe portarse como un varón y dar una prueba contundente de virilidad para reintegrarse. En las últimas páginas del cómic, Batman se alía con Gatúbela para matar a Robin, se baña en su sangre como cualquier vampiro y ocupa solitario su trono de gran superhéroe.

En esta trama, que parece diseñada por un sicoanalista delirante, mejor no profundizar. Igual, Nolan no va a contar esta historia, porque tuvo la prudencia —igual que Tim Burton— de bajar a Robin del escenario. Entonces, sólo usará de Knightfall lo que le sirva para demostrar que el caos amenaza a Occidente y que hay terroristas que disfrutan viendo arder el mundo. Así que sigamos jugando al Jóker y deseando lo mejor para nuestro enemigo.

El presupuesto de publicidad de The dark knight rises es de centenares de millones de dólares. Es posible que la taquilla no se vea afectada por los muertos de Aurora y que —al contrario— esa sangre traiga más público. Igual, el asesino escogió esta película para dar su función porque sabía que el teatro iba a estar lleno y que la masacre lo colincharía al tren del lanzamiento, dándole una fama planetaria. Pero con matanzas o sin matanzas, la expectativa no basta para consolidar un blockbuster y a estas alturas los productores de Batman no se conforman con un éxito discreto. Quieren hacer historia con una recaudación de cerca de mil millones y esta es una cifra con muchos ceros y mucha patas. Entonces, ojalá Tom Hardy, el actor que interpreta a Bane, logre superar el triple desafío de tener la cabeza rapada, la cara cubierta con una máscara que no le permite ninguna expresión y la maldición de hablar a través de esa máscara con acento british. Y sobre todo, ojalá logre hacernos olvidar a Heath Ledger.