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hace 3 horas

Beatriz, la doctora Cianuro

Beatriz Helena Herrón Durango —entonces de 90 kilos, robusta— se presentó en el apartamento de los Castaño Duque, ofreciéndose, como médica gineco-obstetra que decía ser, a firmar el certificado de defunción de Isabel Castaño Duque.

Ilustración María Fernanda Reyes

La mujer había muerto minutos antes; su madre, Isaura, había atendido la misa de 7 de la mañana ese martes 6 de noviembre de 2001 y luego regresó a su apartamento en el Parkway, en Bogotá. Entró al edificio, subió las escaleras, abrió la puerta del 201. Y allí, sobre un mueble, encontró a su hija muerta y, cerca de ella, un frasco con pastillas.

Gritó, pidió auxilio. Herrón Durango, que apenas llegaba de su ‘turno’ en el hospital y vivía en el primer piso del edificio, acudió en su ayuda. Le dijo que su hija había muerto por ingerir un veneno letal: cianuro. Le dijo, además, que para no perder tiempo en los trámites, ella le firmaría el certificado de defunción y todo quedaría saldado. Pero ni Herrón Durango era médica gineco-obstreta, ni le ahorraría tiempo a la familia Castaño Duque. Fue entonces que comenzó un nudo judicial que sólo se desató 10 años después y cuya conclusión fue certera: Beatriz Helena Herrón Durango era la asesina de Isabel.

El grupo de toxicología del Instituto de Medicina Legal confirmó el dictamen de Herrón: en efecto, Isabel Duque falleció por intoxicación. Esa mañana, Duque tomó una pastilla que contenía cianuro y se desvaneció en poco tiempo; fue cuestión de minutos para que sus células dejaran de recibir oxígeno, para que se asfixiara. Herrón sugirió que la mujer se había suicidado, pero su familia, extrañada, no aceptó la hipótesis.

Isabel Duque era una abogada pensionada del Ministerio de Hacienda y tenía a su cargo la administración de los apartamentos de uno de sus hermanos. No tenía problemas de dinero y planeaba viajar al exterior. De modo que la Fiscalía vio poco común que una mujer con ese perfil quisiera suicidarse. Investigó, pero en 2003 la indagación fue archivada. Un año después, el proceso fue reabierto y fue por ese tiempo que Herrón se convirtió en la principal sospechosa.

La madre y los hermanos de Duque la conocían desde hacía muy poco; apenas algunos meses atrás había firmado un contrato de arrendamiento y se había trasladado al edificio, vivía con sus hijos y de vez en vez se la veía con una mujer que hacía los oficios caseros. Beatriz Herrón comenzó, pues, a visitar el apartamento de Isabel, que cuidaba de su madre. “Esta señora —contó Isaura Duque a los organismos judiciales— comenzó muy zalamera, como conquistando el cariño de mi hija y el mío. Yo pensé que era porque era paisa, pero se excedía, nos tocaba la cara, decía que nos quería mucho, llamaba y nos decía que nos iba a dedicar canciones”.

La investigación continuó y en 2006 Herrón fue capturada, acusada de homicidio agravado. Cuatro años después, el Juzgado 21 Penal del Circuito de Bogotá la condenó a 24 años de cárcel. Su defensor alegó que las pruebas eran insuficientes y el caso pasó a segunda instancia, en la cual se confirmó la sentencia del Juzgado y, de paso, se conoció el historial de Herrón. No era la primera vez que atacaba a alguien: otras tres personas, todas de la tercera edad, ya habían sido engañadas por ella.

Herrón dijo que no había estado en casa de Duque en la mañana y dio tres versiones distintas: “Llegué de llevar los niños al colegio”, dijo primero; “venía de la Fundación Santafé”, dijo después; “yo acababa de llegar de la Clínica Marly”, contó en una última diligencia. Los jueces notaron las inconsistencias y empezaron a escarbar en su historial, encontrando que, haciéndose pasar por médica del Seguro Social, Herrón hurtó cerca de $8 millones a un enfermo terminal de cáncer a quien aplicaba inyecciones sin receta alguna; efectuó retiros sin autorización de la cuenta de una viuda que estaba a su cargo y luego habría envenenado a un amigo de la anciana, quien se habría dado cuenta de los hurtos.

Había más. En marzo de 2002, la mujer ingresó a la Clínica San Pedro Claver y puso una inyección de cianuro a María del Pilar Ruiz, a quien debía $20 millones y que se salvó por la acción de los médicos. Con tremendos antecedentes, los jueces del Tribunal Superior de Bogotá no dudaron que Herrón era también la asesina de Isabel Duque. Concluyeron que ella se aprovechaba de la avanzada edad de sus víctimas para apropiarse de sus bienes. Y que lo mismo que había hecho con Isabel lo haría con su madre, a quien Herrón se había ofrecido a cuidar luego de la muerte de su hija.

Quizá fue la confianza que se había ganado. Quizá fue su falsa pose de profesional de la salud. De cualquier manera, en la mañana del 6 de noviembre de 2001, Isabel Duque le recibió un tarro con pastillas a Beatriz Herrón, que entró al apartamento mientras la madre de Isabel, Isaura, estaba en misa. En una conversación anterior, mientras almorzaba con las dos, Herrón —“narcisista y antisocial”, como la definió el grupo de psiquiatría de Medicina Legal— le había dicho que tenía unas pastillas para adelgazar. Duque, que deseaba bajar de peso, aceptó tomarlas.

Las tomó. En la leyenda del tarro decía: “Para adelgazar, Chavis, sólo en ayunas”.

 

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