Bee Gees, los chicos blancos de la música negra

Hace 39 años se estrenó en Los Ángeles la película “Fiebre de sábado por la noche”, con música de los Bee Gees y la actuación de John Travolta, una mezcla que hizo historia.

De izquierda a derecha, Maurice, Barry y Robin Gibb, los integrantes de los Bee Gees. / AFP

El reconocimiento mundial de los Bee Gees, un trío de hermanos ingleses de voces agudas y cabellos largos, vino de la mano de una película que marcó profundamente a una generación de jóvenes estadounidenses y convulsionó el ámbito claroscuro de las discotecas de la Gran Manzana. Fiebre de sábado por la noche, una cinta dirigida por John Badham que narra la historia de Tony Manero, un muchacho neoyorquino de origen italiano que los sábados se va a una discoteca con un grupo de amigos, no sólo fue un éxito indiscutible en las salas de cine donde fue proyectada, sino que se volvió también un referente de vida para cientos de chicos que querían parecerse al personaje interpretado por John Travolta.

La figura emblemática de este actor con los brazos en alto, con su flamante traje blanco de poliéster, acompañó a los hermanos Gibb durante muchos años, pues ellos fueron los autores e intérpretes de una banda sonora que logró vender más de cuarenta millones de ejemplares de un disco doble que llevaba el título de la cinta dirigida por Badham.

Si es cierto que los Bee Gees ya eran famosos en Inglaterra y Estados Unidos antes de la entrada triunfal del filme que catapultó a Travolta al cenit de las grandes estrellas de Hollywood, la popularidad de los hermanos Gibb (Barry, Robin y Maurice) venía en picada en el momento en que el productor australiano Robert Stigwood los llamó para que compusieran las canciones de la que sería la cinta cinematográfica más exitosa de finales de los setenta, recaudando, según estadísticas, un poco más de US$300 millones sólo en taquilla.

Curiosamente, en el momento en que se terminó la grabación del filme, la música disco sufría igualmente su debacle, pues, para el editor de la revista Vogue, Andre León Talley, este movimiento era enteramente neoyorquino; además era negro y homosexual, y tenía su origen en una atmósfera enrarecida de sexo y droga. No obstante, para el crítico de cine estadounidense Roger Ebert, el éxito de la música disco se debió a que la revolución del rock se había vuelto seria y deprimente, y este nuevo género surgió como un movimiento simple e inocente, como en su momento lo fue el rock de los años cincuenta.

Para Travolta, quien en 1978 fue nominado a un Óscar por su papel de Tony Manero en la celebrada película de Badham, los Bee Gees le imprimieron aire fresco a la música disco, compusieron melodías pegajosas y asimilables y le dieron un sello que no se parecía a nada de lo que se escuchaba en la radio de la época.

Tanto así que dos meses antes del estreno del filme, Stayin’ Alive, el tema que se escucha mientras el personaje de Travolta camina rítmicamente por una céntrica avenida de Brooklyn, entró al puesto cincuenta del Hot 100 de la Billboard y dos semanas más tarde ya estaba ocupando el número uno. Algo similar ocurrió con How Deep Is Your Love, Night Fever y More than a Woman.

Para Roger Ebert, los Bee Gees crearon un ritmo que se tomó los centros nocturnos de Nueva York y Los Ángeles y llenó las discotecas de muchas camisas de poliéster y muchos zapatos de plataforma ancha. Denny Terrio, coreógrafo del filme, recordaba hace poco en una entrevista que no había en la Gran Manzana una sola tienda de ropa que no vendiera trajes blancos como el que usaba Travolta en la película.

Para John Badham, su filme creó una moda que afectó profundamente a millones de jóvenes del mundo, pues consideraba que éste tenía, además, el ingrediente de una banda sonora que era tan importante como el guión mismo. Más que un filme, aseguraba, Fiebre de sábado por la noche fue un evento que logró captar la esencia de una década y de una ciudad de Estados Unidos donde una juventud perdida intentaba encontrar su identidad. Asimismo nos dice que su película logró capturar con precisión los años setenta, de la misma manera como Rebelde sin causa lo había hecho en los cincuenta.

La influencia musical de los Bee Gees no sólo se circunscribió al éxito de Fiebre de sábado por la noche. Un año más tarde, hicieron la canción principal de Grease, otra película protagonizada por John Travolta que tenía como marco de desarrollo los años maravillosos del rock and roll. Asimismo, muchas de sus composiciones fueron grabadas por artistas de la talla de Diana Ross, Barbra Streissand, Kenny Rogers, Dolly Parton, Dionne Warwick y Céline Dion, entre otros.

En 1997, el Metro Golden Mayer Grand de Las Vegas fue testigo de la reunión de los hermanos Gibb después de casi diez años de ausencia de los escenarios. El evento llevó por título One Night Only y fue sin dudas el último gran concierto de los Bee Gees, cuyos derechos de transmisión fueron adquiridos por los productores de HBO. Robin, el segundo de los hermanos, reconocería después que aquel reencuentro tenía algo de premonición fatalista, pues un poco después Maurice, su gemelo, fue internado de urgencia en un hospital de Miami y murió días más tarde de una complicación gástrica.

“Creo que estamos pagando el karma por haber vivido una vida de fama”, comentó Robin a finales de febrero de 2012 a la BBC de Londres. No sólo se refería a su gemelo, sino también a Andy, el menor de los hermanos, quien murió de un paro cardíaco en 1988, poco antes de cumplir los treinta años. Pero, sobre todo, se refería a sí mismo, ya que hacía pocos menos de un año le había sido diagnosticado un cáncer de colon que había empezado a hacer metástasis a otros partes de su cuerpo.

La noticia de la muerte de Robin en mayo de 2012, después de haber pasado un mes en estado de coma en un hospital de Londres, hizo volver nuevamente los ojos de la prensa a una década en la que “una generación perdida” en la droga, el alcohol y el sexo encontró en el personajes interpretado por Travolta en la cinta de Badham un referente de identificación personal. Pero, sobre todo, una imagen que marcó toda una época: los años maravillosos de la música disco. Una ciudad: Nueva York. Una discoteca: la legendaria Studio 54. Y, por supuesto, un conjunto de canciones interpretadas por los hermanos Gibb que traspasó las fronteras del idioma y se escuchó en casi todas las radios del mundo.

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2016-02-01T19:05:42-05:00

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Joaquín Robles Zabala

Cultura

Bee Gees, los chicos blancos de la música negra

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