Beethoven, el protagonista del cacerolazo sinfónico en Bogotá y en otros momentos históricos

Más de 300 músicos se reunieron esta semana en el Parque de los Hippies, en el marco del paro nacional en Colombia que ya cumple más de una semana. Interpretaron el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven, un fragmento que hace parte de la cultura universal, pero que ha sonado también en hechos de la importancia de la caída del muro de Berlín.

El maestro ruso Guerassim Voronkov, director musical y docente de la Universidad Nacional, fue el director del cacerolazo sinfónico en Bogotá.Óscar Pérez - El Espectador

La elección de las obras que interpretaron más de 300 músicos esta semana en el Parque de los Hippies en Bogotá no fue aleatoria. En el “cacerolazo sinfónico”, nombre con el que bautizaron este evento, se escuchó uno de los himnos populares colombianos, Colombia Tierra Querida, del maestro Lucho Bermúdez, y lo que es considerado en todo el mundo como el himno de la libertad; el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Ludwig Van Beethoven. La melodía de este fragmento de una de las obras más importantes de la música clásica es conocida en gran parte del mundo.

En Colombia, muchos la conocen como el Himno de la Alegría y su letra, adaptada al español, es común que la canten coros infantiles o agrupaciones de colegios. “Escucha hermano la canción de la alegría. El canto alegre del que espera un nuevo día. Ven canta sueña cantado, vive soñando el nuevo sol. En que los hombres volverán a ser hermanos”, dice la letra. Sin embargo, la historia de este movimiento de la Novena Sinfonía, el último de cuatro compuestos entre 1822 y 1824, tiene un trasfondo más profundo que una simple canción común en presentaciones de grupos de niños.

(En contexto: La batuta del paro nacional)

La letra, en realidad, es un poema del alemán Friedrich Schiller escrito en 1785, y que Beethoven utilizó para finalizar la que es considerada como su obra maestra. Más allá de la melodía del coro, el músico utilizó toda la obra literaria, primero para agregarle a su obra la participación de cuatro cantantes solista (un barítono, tenor, contralto y soprano), y segundo para que un coro le diera al final de la composición el toque triunfal y majestuoso que, finalmente Beethoven logró conseguir con maestría. No por nada historiadores de música consideran esta obra como la Sinfonía de Sinfonías.

El poema de Schiller se tituló Oda a la alegría. Compuesto por cinco estrofas, Beethoven utilizó gran parte de la estructura del literato, pero por cuestiones de ritmo y dramatismo, añadió algunas palabras, como las que recita el barítono al comienzo del movimiento. Sin embargo, el coro quedó intacto:   

¡Alegría, hermoso destello de los dioses,

hija del Elíseo!

Ebrios de entusiasmo entramos,

diosa celestial, en tu santuario.

Tu hechizo une de nuevo

lo que la acerba costumbre había separado;

todos los hombres vuelven a ser hermanos

allí donde tu suave ala se posa.

Tal ha sido su importancia, que la Novena Sinfonía se ha tocado en toda clase de eventos históricos. Tom Service, un escritor y estudioso de la música clásica, recopiló para el diario británico The Guardian, una lista de las interpretaciones históricas de esta obra maestra. Una de ellas ocurrió en abril de 1942 para la celebración del cumpleaños de Adolf Hitler. El director fue el alemán Wilhelm Furtwängler, considerado como uno de los músicos más notables del siglo XX, quien logró mantenerse al margen de la Segunda Guerra Mundial gracias al reconocimiento mundial que adquirió antes de que estallara la guerra.

Nunca aceptó dar el saludo Nazi en sus conciertos e historiadores aseguran que ayudó a sacar a varios judíos miembros de la Filarmónica de Berlín que habían sido llevados a campos de concentración. Tom Service definió su dirección de la Novena Sinfonía en el cumpleaños de Hitler como “posiblemente uno de los momentos más terroríficos de la música en vivo; una presentación que bulle con una intensidad demoniaca. El final suena más como un grito de dolor que como un gripo de alegría”. Precisamente lo opuesto al objetivo de Beethoven en su obra maestra.

Otro de las grabaciones históricas recopiladas por Service es una grabada en 1987 bajo la batuta de Roger Norrington. Esta fue una de las primeras grabaciones de la Novena Sinfonía con instrumentos de época, el término que se utiliza para diferenciar a instrumentos que están hechos con las mismas técnicas de hace siglos para lograr el sonido con el que obras como la de Beethoven fueron interpretadas por primera vez. Los músicos que participaron de esta grabación pertenecen a la agrupación The London Classical Players.

Además de ser un referente en el mundo de las grabaciones digitales, la Novena Sinfonía marcó otro punto fundamental en los hechos históricos universales. En diciembre de 1989, días después de la caída del Muro de Berlín, el reconocido director Leonard Bernstein organizó un concierto en la Puerta de Brandeburgo para conmemorar el hecho histórico que volvía a unir a Alemania, su país, en un solo estado. “Estoy seguro de que tengo la aprobación de Beethoven para hacerlo”, dijo el músico.

El concierto se realizó el 25 de diciembre de ese año y miles de personas llegaron hasta el lugar. Periodistas alemanas explicaron en ese momento que la idea de Bernstein “capturó no solo la euforia del momento, sino que transmitió una celebración y un anhelo de libertad que se extendió mucho más allá de la ocasión”. Por orden del director, los músicos cambiaron una palabra de la letra del mencionado cuarto movimiento y, en lugar de decir alegría, los músicos cantaron: libertad. Además, el director de este histórico momento se encargó de contar con la participación de todos los actores que habían participado de la caída del Muro.

Además de los cuatro solistas que requiere la obra, Bernstein convocó a tres coros y a músicos de seis orquestas de los dos Estados alemanes y los cuatro Estados del poder de ocupación de Berlín de la posguerra. Participaron músicos de la Orquesta Sinfónica de Radio Bávara, de Dresden, Leningrado (San Petersburgo) de Londres, Nueva York y París. Cuando todos los miembros de la gran orquesta de este concierto se reunieron en Berlín, cientos personas todavía estaban martillando con cincel el muro y el propio Bernstein se unió a los trabajos para tumbarlo por completo.

La Oda a la Alegría de Beethoven, además, es el himno oficial de la Unión Europea.  Durante la Guerra Fría las notas de esta melodía se usaron en las ceremonias deportivas, entre 1956 y 1968, cuando aparecía el equipo que se creó con los deportistas de las dos Alemania (por eso también el concierto de Bernstein fue tan importante). Y en Japón es tradición que orquestas en toda la isla interpretan la Novena Sinfonía en las celebraciones de Año Nuevo.

Los más de 300 músicos que interpretaron este fragmento de la obra maestra de Beethoven en pleno Parque de los Hippies, bajo la batuta del ruso Guerassim Voronkov, se suman a la ya larga lista de interpretaciones históricas de la Novena Sinfonía. Quizás no con la misma importancia que la del concierto durante el cumpleaños de Hitler, o para conmemorar la caída del Muro de Berlín. Pero, en todo caso, marcó un hecho clave en las históricas marchas y manifestaciones en el país, que ya cumplen más de una semana.

“Los músicos a veces somos un poco ermitaños. Nos quedamos en nuestra aula practicando y estudiando. Hoy consideramos que es importante decir que la música necesita silencio para ser escuchada. Hoy el mensaje es que aprendamos a escuchar. No enfrentarnos, sino hablar en paz”, comentó el maestro Guerassim Voronkov.

 

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Redacción Cultura

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Beethoven, el protagonista del cacerolazo sinfónico en Bogotá y en otros momentos históricos

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