Las bibliorrodantes pedalean para llevar libros donde no hay luz

La historia de un grupo de mujeres que unió recursos y convicciones para fundar bibliotecas en caseríos como Mengajo, en el Magdalena, y ahora van rumbo al Cabo de la Vela, en La Guajira.

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Érika Plazas trabajó durante muchos años en una librería del centro de Bogotá, hizo trascurrir sus tardes y noches lluviosas en medio de libros, papeles, tertulias literarias y preguntas curiosas e irrevocables de decenas de personas que aparecían atraídas por algún tesoro editorial. Así comenzó a cazar libros por internet y a tratar de llenar la esperanza de los lectores ayudándoles a conseguir sus libros. Poco a poco le fueron llegando ejemplares de todas partes hasta lograr reunir miles.

Aunque tuvo el propósito de leerlos, pronto se dio cuenta que su propósito le tomaría posiblemente dos vidas. Luego cambió su proyecto de vida gracias a una visita que realizó a su librería la señora Martha Robles, una activista caribeña quien conoció su historia y le propuso traer esos libros desde Bogotá hasta el caserío Mengajo, perteneciente al municipio de El Retén (Magdalena), donde solo llega la luz del día y el poco fluido eléctrico solo sirve para la escuela desde octubre pasado. El resto de los servicios públicos se conocen gracias al testimonio de visitantes, los libros recibidos y la imaginación de sus habitantes. La señora Robles le propuso regalar esos libros para los 50 niños de la única escuela de la vereda, donde hasta hace un par de meses solo trabajaba un profesor y cuya biblioteca personal era la misma a través de la cual los niños se acercaban al conocimiento.

Una semana más tarde Margith Van Stralhem, docente del lugar, se contactó con ella y empezó la odisea de trasladar dos mil libros desde la capital del país hasta un apartado y casi olvidado lugar en el calor sofocante del Magdalena. Una parte fue enviada por correo, persuadiendo a un camionero para que hiciera el favor de apoyar la labor, pero todavía quedaban más de un par de centenares de libros y no se había resuelto cómo trasladarlos. Convencida de querer un cambio radical en su vida, contra todas las opiniones de su familia y llena de sueños, Érika renunció a su trabajo y decidió convencer a otros amigos para traer los libros restantes en bicicleta desde Bogotá hasta El Retén.

Hoy lo cuenta con la satisfacción consumada del deber cumplido, pero en aquel momento oyó todos los peros. Juana López, su mejor amiga y compañera de travesía, recuerda cómo todo aquello le parecía absurdo cuando le propuso suspender sus estudios de licenciatura en artes para dedicarse a una vida de servicio sobre dos ruedas, llevando cultura a quienes la necesitan, a pesar de la sed y la deshidratación causadas por la travesía de casi 800 kilómetros, subiendo montañas, bajándolas y soportando frío, calor, viento y lluvia.

Por cada pueblo donde pasaban les regalaban más libros con destino a niños desconocidos. A la vez, aprovechaban para convocar personas, especialmente menores de edad, en las plazas o a la orilla de las carreteras para leerles literatura y dejarles algunas obras. Érika y Juana están convencidas de que a través del conocimiento se logra el verdadero cambio de la sociedad. Cuentan emocionadas que les había impactado cómo en una población de África alguien hizo algo parecido y entre los libros que dejó había uno sobre obras hidráulicas e instalaciones de plantas de agua. De aquel lugar surgió un ingeniero que años más tarde construyó el primer acueducto para su comunidad generando un cambio frente al abandono y la miseria.

No es fácil a los 32 años de edad, que es la edad de las realizadas bibliorodantes, emprender un proyecto que implica dejar la vida confortable de la ciudad por una “locura” de la que intentaron persuadirlas familiares y amigos. Dicen que la primera vez que convocaron personas para la donación de libros cuando pensaron emprender ya en serio su camino hacia el Caribe en bicicleta, solo una mujer acudió al llamado en un centro comercial. Pasaron semanas hasta que vieron la acción generosa de muchos hasta completar los dos mil textos que mandaron en tractomula. Los últimos los llevaron, kilómetro a kilómetro, a fuerza de pedalazo saliendo por la calle 80 de Bogotá hasta encontrar la ruta del sol y atravesar Boyacá, Santander para luego dirigirse a la costa atlántica.

A una de ellas se le dañó la bicicleta y más de una vez estuvieron a punto de darse por vencidas por el sol y el calor, especialmente cuando salían de Santander y entraban al departamento del Cesar. Allí hubo trayectos donde se quedaron sin agua. Les impresionó encontrar en las vías de alta velocidad animales muertos, por ejemplo cerca a Bosconia, y ver pájaros prisioneros vendidos a los turistas a la orilla del camino.

Agotadas pero felices, hoy dicen sin vacilaciones que no se imaginan otra vida, que quieren dedicarse por entero a este tipo de misiones sociales. Cuando llegaron a Mengajo aunque en principio los niños se mostraron tímidos, pronto se dejaron cautivar por las historias que les eran contadas y se acercaban con gran sonrisa y entusiasmo a tomar los libros en sus manos, completar las historias con sus impresiones, enamorarse de la fantasía y abrazar el conocimiento. Aquellos que todavía no han aprendido a leer, mirando las ilustraciones construían su propio relato. Para ellas, al igual que para la profesora Van Stralhem, esa es la mejor recompensa.

Ahora quieren llevar la primera biblioteca infantil permanente al Cabo de la Vela. Las motiva saber que los niños deben ir hasta el municipio de Uribia si quieren conseguir algún libro. Han aparecido algunos contratiempos: alguien ofreció transportar parte de los libros hasta la península de La Guajira, sin embargo solo pudo hacerlo hasta Santa Marta, donde Érika y Juana se inventaron una fiesta con gringos para recoger fondos y hasta tejieron manillas por horas y luego salieron a venderlas.

No han recibido apoyo de ninguna entidad cultural ni del sector privado, pero eso poco importa a las Bibliorrodantes, aunque recibirían donaciones de libros escritos en wayunaiki, el dialecto de los wayuu. En este momento van rumbo a la Guajira, donde quieren lograr lo mismo que en Mengajo, donde los padres de familia están muy satisfechos y los niños se han vuelto lectores esperanzados. Comprobaron que la lectura ayuda a la construcción de mejores personas y un mundo mejor, especialmente en aquellos lugares donde ha reinado el olvido, el abandono y la ambición de los mandatarios locales.

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