Bitácora de un desnudo masivo

El fotógrafo estadounidense Spencer Tunick realizó en Bogotá una de sus instalaciones fotográficas. Más de 6.000 personas se desnudaron en la Plaza de Bolívar. Tres momentos del episodio histórico en el país.

6.132 personas hicieron parte del desnudo masivo que realizó el neoyorquino Spencer Tunick en la capital del país. / Cristian Garavito
6.132 personas hicieron parte del desnudo masivo que realizó el neoyorquino Spencer Tunick en la capital del país. / Cristian Garavito

 Había hablado con ella dos horas antes. Antes, cuando todavía tenía la ropa puesta y ni siquiera había visos de la luz del día. La Plaza de Bolívar, en Bogotá, estaba cubierta por un halo blanco producido por las grandes esferas de luz que había en la esquina derecha del Palacio de Justicia y en la calle 10ª, cerca al Centro Cultural Gabriel García Márquez. Martha López tenía en su mochila el formulario que había llenado doce días atrás para hacer parte del desnudo masivo preparado por el fotógrafo estadounidense Spencer Tunick.

 

Había hablado con ella dos horas antes. Antes, cuando todavía tenía la ropa puesta y ni siquiera había visos de la luz del día. La Plaza de Bolívar, en Bogotá, estaba cubierta por un halo blanco producido por las grandes esferas de luz que había en la esquina derecha del Palacio de Justicia y en la calle 10ª, cerca al Centro Cultural Gabriel García Márquez. Martha López tenía en su mochila el formulario que había llenado doce días atrás para hacer parte del desnudo masivo preparado por el fotógrafo estadounidense Spencer Tunick.

—No tengo mucho frío. A esta edad se resiste más, aunque la gente piense lo contrario —me dijo, en medio de la fila que superaba las tres cuadras. El cabello blanco resaltaba sobre el suéter azul aguamarina que traía. Botas de lana. Pantalón negro. Eran las dos y media de la mañana, el centro de la ciudad parecía un monstruo adormilado: las calles pasivas y limpias, sin ruidos.

—Para mí, esto es un acto de libertad. ¿Usted qué piensa? Imagínese: más de mil personas desnudas. ¿Quién va mirar a quién? Todos seremos uno. ¿O qué?

—¿No le da pena?

—Más pena me daría si fuera uno de esos periodistas o gente de logística que nos van a estar mirando. Vestidos, viéndonos a nosotros, mientras tanto, ser libres. Estar tranquilos con lo que somos. Venga, vámonos a empelotar.

Tiene 69 años. De ellos, cuarenta los pasó en salones de clase dictando español en más de quince colegios. Es bogotana. Martha López entró a la plaza a las 2:45, en el primer grupo.

***

Spencer Tunick nació en Nueva York el 1º de enero de 1967. De origen judío y con herencia en las artes: su padre y abuelo fueron fotógrafos, Tunick comenzó a estudiar en el Centro Internacional de Fotografía, en Nueva York, y luego artes en el Emerson College, en Boston. Su primera foto la hizo en el colegio militar, donde retrató a algunos de sus compañeros usando su uniforme.

—Estudié artes plásticas porque es la mejor manera que tengo para expresarme. No me interesan la literatura, ni la poesía, ni el teatro. La fotografía me ha dado todo lo que necesito para expresarme.

Tunick siempre viste de negro. Jean y camiseta tipo polo. Le ahorra mucho tiempo no tener que preocuparse por combinar colores. Es alto, su cuerpo tiene un movimiento torpe, lento. Desde hace ocho años había pensado en hacer una de sus instalaciones fotográficas en Bogotá. Visitó la ciudad en 2013 y en abril de este año anunció que, con ayuda del Museo de Arte Moderno de Bogotá, llevaría a cabo su primer serie de fotografías en Colombia.

—Lo que más me importa es mantener la dignidad del proyecto y mantener la dignidad de las personas que están en él. No existen mejores formas de trabajar con el cuerpo humano que no involucren el arte.

La cita fue programada para el domingo 5 de junio. Las personas que querían participar debían llenar un formulario a través de una página web, sin embargo, al llegar la fecha límite, el Mambo abrió la convocatoria para todos los que quisieran ir sin necesidad de papeleo.

—Cuando vine la primera vez a Bogotá, me sorprendieron mucho las montañas detrás de los grandes edificios. Un monstruo urbano como este, rodeado de grandes masas naturales, es difícil de encontrar. Me quedé en un hotel cercano a los cerros, y cuando me desperté, pasadas las cinco de la mañana, vi cómo la luz del amanecer inundaba el cuarto. “Si vas a hacer alguna foto acá tiene que ser a esta hora”, pensé. Me pareció hermoso imaginar esa luz contra los cuerpos desnudos.

Tunick lleva diez años trabajando con el mismo equipo. Cuando llegaron a Bogotá, las diez personas recorrieron algunos sitios posibles para las fotografías. Desde Monserrate hasta la plaza de toros de Santamaría. Los lugares escogidos fueron la Plaza de Bolívar, el Teatro Colón, la calle 10ª y el Centro Cultural Gabriel García Márquez.

—Para mí es importante sublevar la belleza. Necesito que el lugar que escoja sea poderoso y resalte la pureza del cuerpo. Necesito una especie de flash que demuestre que el cuerpo es el centro del arte.

***

A las ocho de la noche del sábado 4 de junio, más de cien personas llegaron a la Plaza de Bolívar. La mitad con chalecos negros y gorras oscuras y la otra mitad con chaquetas verde fosforescente. Las usuales habitantes de la plaza, las palomas, fueron desalojadas por algunos miembros de logística que esparcieron maíz por calles aledañas al centro. Se comenzaron a formar las vallas que marcarían la ruta y fijarían la hilera de personas que entrarían seis horas después.

—Nosotros llegamos a eso de las ocho de la noche, y luego mandaron un carro con más muchachos —me cuenta uno de los chicos de chaqueta verde—. A mí sí me daría pena empelotarme, uf... Y con este frío, vea. ¿Qué tal que uno se muera de hipotermia? Uy no.

A la una de la mañana ya hay fila. Tunick fue implacable al advertir que las personas que llegaran después de las tres y media no podrían ingresar.

—En ciudad de México, donde hice mi récord (18.000 personas), tuve que dejar a más de 2.000 por fuera. Llegaron treinta minutos tarde y no podía dejarlos entrar porque me creaban un reflejo de la luz. No habría salido ni una sola foto.

Spencer Tunick llega a las dos de la mañana. Revisa desde la cornisa del Palacio de Justicia las cien tablas distribuidas en toda la plaza. Se acerca a Steve, un hombre corpulento de barba larga y blanca, y le dice algo al oído. El otro, con movimientos rápidos, penetra la oscuridad del sitio y se pierde. Usa pantaloneta negra, camiseta negra. Tunick también desaparece.

La gente comienza a entrar. Se dividen en dos grupos: el primero sobre la Catedral Primada, el segundo sobre el Palacio de Liévano. Grandes bultos se dibujan al contraste de la luz blanca. Sólo se ven los puntos anaranjados de los cigarrillos que mitigan el frío.

Se inscribieron 15.000 personas y, como es costumbre, Tunick acertó prediciendo que iría un poco menos de la mitad: 6.132.

A las 3:30 comienzan a voltear las tablas sobre la plaza, que crean, acompañadas de un lazo blanco, un triángulo apuntando al Palacio de Justicia. El pito de la plataforma que comienza a subir deja en silencio a la multitud.

Nada. La gente se queda en silencio y no hace nada. Por momentos parece un plantón pacífico, una protesta silenciosa.

Son las cuatro de la mañana. Según una aplicación del celular de un fotógrafo, el sol saldrá a las seis de la mañana. Todavía dos horas... El frío empieza a calar. Aparece Spencer Tunick en la mitad de la plaza con una maleta azul oscuro. Un hombre delgado lo persigue grabándolo con una cámara pequeña.

—Hola a todos, ustedes son las personas más valientes de Colombia —dice con un inglés lento. Demora 44 minutos dando las instrucciones. La traducción hace más lento y enredado el proceso.

5:44: las 6.132 personas comienzan a desnudarse con la salida del sol. Lo que antes era una masa amorfa, oscura y perdida en las paredes grises de las edificaciones del lugar, ahora es una criatura acompasada por el color piel. Las personas comienzan a saltar y a gritar. Levantan los brazos en son de victoria, como si la ropa hubiera sido una cadena que los mantuvo atados mucho tiempo.

Una de las razones para que la gente no se desnude es la vergüenza de verse expuesto ante el otro. En este caso era imposible ver a una sola persona, sin embargo. Todos los cuerpos juntos combinaban con armonía. No era posible decidir qué forma era más bella o más fea: todas era completamente diferentes. No había punto de comparación.

Hicieron las primeras dos de las seis fotografías. La masa como el mar, las tablas para surfear: cien individuos por encima de los 6.000. Una de ellas, Martha López, haciendo pose de supermán, escuchando la ovación del tumulto.

6:15 de la mañana: la mitad de la plaza es desocupada. Más de 2.000 personas cumplieron con las primeras imágenes. Tunick pide a todas las mujeres dirigirse al Congreso. Más de mil se sientan en las escaleras del capitolio. Todas gritan, aplauden, adulan a Tunick, que tiene una sonrisa tímida, dibujada a medio lado. Se recuestan unas encima de otras. Por fin, luego de casi veinte minutos, vuelve el silencio.

Nunca antes, como en las pasadas elecciones, en Colombia habían salido elegidas tantas mujeres para el Congreso, 23 senadoras y 28 representantes. En total son 52 congresistas. Eso equivale al 20 % del Congreso. La mañana del domingo 5 de junio, el día en que Tunick trabajó en Bogotá, se pudo decir que por primera vez las mujeres se tomaron el Congreso.

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