Blue for reed

Lou Reed fue un pionero entregado a los excesos, un hombre que terminó por redefinir el rock. perfil de un inmortal.

Con 71 años de edad, Lou Reed falleció el 27 de octubre. En mayo de este año recibió un trasplante de hígado. /AFP y EFE

Lou Reed hizo fade a negro el 27 de octubre de 2013. Se habla de una reacción adversa al trasplante de hígado que recibió hace meses. Así que cero escándalo. Nada de jeringas ensangrentadas o travestis sadomasoquistas, ni siquiera hay evidencias de una pelea conyugal con Laurie Anderson. El tiempo, que todo lo tuerce, se encargó de transformar al músico que inventó el rock alternativo en un viejo moderado que admitía que jamás había aprendido a hacer canciones.

71 años son muchos, suficientes si has pasado la vida entregado a unos excesos que mejor no detallar. Sin embargo, cuando a Lou lo alcanzó la Parca no aparentaba esa edad. Tenía unas arrugas hondas, que le daban a su cara el look de estar tallada a hachazos. Su lesión en las vértebras cervicales lo molestaba cada vez más y el estiramiento del cuello que le veíamos hacer durante sus conciertos se había convertido en un tic. Pero por lo demás seguía conservando su majestad juvenil de príncipe de las tinieblas. Cada vez que subía a un escenario, uno lo sentía respaldado por tanto poder que debía dar un paso atrás e inclinar los ojos, subyugado por el lado oscuro de la fuerza.

Ya se sabe cómo es el cuento con esta gente: el sexo, las drogas y el rocanrol los momifican. Si uno se llama Lou Reed o Mick Jagger, termina convenciendo a los demás de que es inmortal. Pero nadie es eterno en el mundo. Como cantó Lou en Sweet Jane: la vida sólo sirve para morirse. Entonces, no hay que dramatizar. El que Lou haya estirado la pata es sólo una noticia más. Algo que sirve para un obituario de seiscientas palabras en la página cultural de un periódico y se olvidará después, como se olvida todo. Pero no me resigno a que Lou Reed salga de escena sin recibir un aplauso más largo.

Odio las multitudes. Diez personas son mi límite. Y sin embargo, en el verano londinense de 1996 me encontré en Hyde Park, rodeado de ingleses que empujaban sin mucha cortesía, mientras bebían largos sorbos de cerveza tibia. El teatro era enorme. Techo altísimo, una alfombra azul y mil y pico de sillas numeradas donde Magdalena y yo no tuvimos problema para sentarnos. El público más prendido se hacinaba en la galería de balcones que había en los extremos de la sala, dando alaridos en un idioma extraño. Quizás galés, porque esos rugidos ebrios tenían poco que ver con el inglés que conocíamos. Entonces decidimos que a la tierra que fueres haz lo que vieres. Pedimos dos pintas y empezamos a gritar también, cosa que a los latinoamericanos se nos da fácil. Al fin y al cabo, teníamos un motivo. Íbamos a ver a Lou Reed.

En ese momento, Lou era una megaestrella. Veintipico de discos, 400 canciones originales, padrino de monstruos como Rick Ocaseck, Brian Eno, Patti Smith, Iggy Pop o David Bowie, inspiración de bandas como Sex Pistols, R.E.M. o Sonic Youth, marca en el alma de millones que habían convertido su música en la banda sonora de sus vidas. Y sin embargo seguía sudándola, con la espalda hundida en el surco, camellando con la seriedad y el empecinamiento de un titán, sin resignarse a interpretar viejos éxitos. Cero en decadencia para Lou. Sin ánimo de ofender, él no era los Rolling, esos descarados que llevaban decenas de años tocando Street fighting man. Esa noche de Londres y cerveza tibia, Lou se arriesgaba a cambiar de piel y nos ofrecía once canciones nuevas. Set the twilight reeling se llamaba el álbum. Yo lo había comprado en el aeropuerto de Madrid y lo había oído con juicio en la habitación que habíamos alquilado con Magdalena en Holland Park. Creía —y sigo creyendo— que tiene tres temas memorables.

Como los ignorantes somos legión, en esa noche de verano yo no tenía por qué saberlo, pero Set the twilight reeling era una despedida. Anticipando la crisis del mercado de la música, Lou sentenció a muerte al CD y sólo le alcanzó la gasolina para producir Ectasy (2000), un álbum que tiene la rara virtud de no estar reseñado en Google. Y hasta ahí llegó el barón del Wild Side con los discos convencionales, esos de cortes de tres minutos y doce canciones por álbum. Su siguiente trabajo fue The raven, un documento “conceptual” en el que usó textos de Edgar Allan Poe —una de sus influencias más amadas— para desarrollar una aventura sincrética donde colaboraron las voces de Laurie Anderson, Willem Dafoe y Steve Buscemi. Después vinieron la falla hepática, la vida sana, el tai chi y un compendio de música para escuchar a la orilla de un río: Hudson River wind meditations (2007). Su último trabajo fue Lulu (2011), algo que hizo en colaboración con Metallica y que puede pasar a la historia por la singular interpretación de White heat en el show de Jools Holland. “I would prefer a kick in my balls than this“, escribió algún indignado en la página de opiniones de Youtube.

Así es. Al final, no sólo morimos, sino que quedamos mal. Pero insisto: en ese verano londinense del 96, Lou y los 1.500 fans que llenábamos el teatro estábamos vivos. Cuando el representante del mal que amábamos pisó el escenario, lo recibimos como una epifanía. Desde abajo, Lou nos miró en silencio, con seriedad fúnebre. No iba vestido de negro, ni llevaba anteojos oscuros, pero el papá de los punk cumplía con su imagen de zombie: parecía de luto. Tenía puesta una camiseta de algodón vino tinto de manga corta y su piel era mucho más pálida de lo que había imaginado. Callé al tiempo que todos y Lou dejó de mirarnos para hacerle una seña al bajista Fernando Saunders. Y después, rasgó el primer acorde de Egg cream.

For 50 cents you got a shot-chocolat bubbles up your nose

Made it easier to deal with knife fights and kids pissing in the street.

Tal vez no era una gran canción. Mejor dicho, en otro concierto, con otro músico, habría impresionado. Pero estábamos chez Lou, escuchando al tipo que había compuesto Walk on the wild side y I’m waiting for the man. Alguien que había puesto el listón tan alto tenía que apostar más fuerte para cumplir con las expectativas. Entonces, sucedió:

When your imagination has too much to say

When the chill of the night meets the sweat of the day

When you have trouble understanding what other people have to say

You´d better hang on to your emotions

Sí. Ese era el Lou que amábamos, el del sonsonete que nos acompañó en esas largas noches de agujas y desolación, cuando el calor blanco era el único consuelo del que podíamos echar mano. El músico que había entrado en nuestros oídos con la dulce insistencia de un veneno, para enseñarnos que más allá de la sucia autocompasión estaba nuestra dignidad de condenados. El poeta que trajo el dolor de la calle y nos lo extendió como una flor.

When a night city breeze blows across the room

And a 5 a.m. moon and sun start their swoon

You hear your lover´s breath

And not a moment too soon

You got to release all your emotions

Un momento. ¿Esa mujer que estaba respaldando a Lou en los coros era Laurie Anderson? ¿Cómo era posible que sobre el escenario se estuviera dando ese encuentro entre el sol y la luna que proponía Hang on to your emotions? Conmovido, apreté la mano de Magdalena, más enamorado que nunca.

Debo advertir que soy de lágrima fácil. Por lo tanto, antes de seguir adelante permítanme echarle agua fría a este texto. Para recuperar la razón me pondré crítico. Y ya en tono solemne, advierto: hay muchos (cada vez más numerosos) que rechazan a Lou Reed por monótono. Y tienen razón: lo es. Y él lo sabía. En alguna entrevista admitió que hacía “rock de un solo acorde”, que con el segundo empezaba el rock intelectual y que “después del tercero viene el jazz”. Una prueba de esta monotonía esencial es Temporary thing, un tema donde la huella de Ravel es tan obvia que nadie se ha tomado la molestia de mencionarlo.

Para seguir con las críticas, hay otros (también cada vez más numerosos) que rechazan a Reed por razones morales. Y también tienen razón. Si uno es un puritano debe ser complicado tolerar a alguien que duró años borracho, o con una aguja clavada en el brazo, y que antes de que la sociedad decidiera perdonar a los maricas se atrevió a vivir con un travesti. De hecho, cuando la familia de Lou se dio cuenta de las inclinaciones sexuales del muchacho, lo internó en una clínica siquiátrica y lo sometió a un tratamiento de electrochoques, con la intención de curarlo.

Aceptemos entonces que Lou Reed fue un músico pervertido y drogo que evolucionó poco. En sus primeras composiciones con Velvet Underground (1965-1970) está todo. Pero en esa época ya era asombrosamente moderno y le bastó con desarrollar lo que hizo en esos años prodigiosos para seguir a la vanguardia. Álbumes tan celebrados como Mask on blue (1976) o New York (1994) pegaron tan hondo porque son “reformulaciones del viejo Lou”, un regreso a la fuente que tuvo la valentía de jamás traicionar.

Volviendo a la noche londinense del concierto, debo confesar otra cosa. No sólo soy de lágrima fácil. Además, soy de memoria endeble. No recuerdo en qué momento abandonamos nuestras sillas y nos acercamos al escenario. Tampoco recuerdo en qué momento Lou dejó de promocionar su nuevo disco y se lanzó a cantar sus viejos éxitos: Coney Island baby, Perfect day, Blue mask…

I´ve made love with my mother

Killed my father and my brother what am I to do?

Por alguna improbable alineación de las estrellas, el concierto duraba y duraba. Más de dos horas de música en las que visitamos el cielo. Y no me pregunten por qué, pero éramos menos que al principio. O tal vez, estábamos más apretados y nos sentíamos uno solo. El caso es que yo (que odio a las multitudes) había llegado a la primera fila y Lou estaba a mi alcance, sólo tenía que estirar la mano para tocarlo. Entonces, vi a Magdalena sacar la cámara fotográfica. Desde su punto de vista, Lou y yo estábamos en el mismo encuadre, como si fuéramos parceros del alma. Lou vio a Magdalena apuntándonos y tuvo la amabilidad de no alejarse. Se quedó ahí, cantando a medio metro de distancia. Estaba dispuesto a regalarme la foto.

Pero yo no iba a recibirla. Di un paso atrás y salí del encuadre.

Mi memoria podía ser endeble, de acuerdo, pero me sobraba una imagen externa para recordar este momento, porque hay cosas que son muy personales y no se olvidan y son las únicas que vale la pena contar. Magdalena bajó la cámara, sin dispararla. Y Lou me miró y sonrió por primera vez en la noche.

Temas relacionados