Bob Dylan, el eterno hippie

Con una capacidad que parece mística, Bob Dylan hace literatura. Varias veces su obra ha sido candidatizada para el premio Nobel.

Bob Dylan nació en 1941 en Minnesota, Estados Unidos / Reuters

Bob Dylan le voló la cabeza a toda una generación a punta de sonidos y letras. Antes, los rockeros cantaban ‘te amo bebé’ ‘quiero sostenerte las manos’, ‘oh nena’, ‘oh yeah’. Con él, después de él y para siempre, el rock empezó a sonar a sentimiento, a protesta social, a confusión, a caos. La música entendió su poder transformador, ayudó a detener la guerra de Vietnam, se llenó de sentido, de metáforas. “Cuántas veces deben volar las balas de cañón antes de ser prohibidas para siempre”, entonó con esa voz nasal y se inmortalizó sin morir, se inmortalizó siendo joven e hizo de su juventud una inmortal, porque él nunca tendrá más de 20.

Y sí que le molesta que lo llamen “el portavoz de una generación”. En sus palabras, él es “un simple trovador” y lo demás son pendejadas. Sus trovas comenzaron a escucharse en 1960 y, así, casi sin quererlo, cargó en su guitarra al movimiento hippie de la década. Se lo dijeron el día se ganó el premio Príncipe de Asturias de las Artes, pues según el jurado es “un mito viviente de una generación que tuvo el sueño de cambiar el mundo”.

Quizá, por ese rechazo a ser una leyenda, al escribir su autobiografía, ‘Chronicles, Volume One’, no quiso centrarse en la fama ni en sus discos más sonados. Le dedicó capítulos enteros a los menos reconocidos, ‘New Morning’ y ‘Oh Mercy’. Además, habló del encanto de Nueva York, la maravillosa Nueva York de los artistas, el lugar que lo recibió luego de dejar Minnesota en 1961 y que lo vio dar sus primeros acordes en la música, una época difícil, turbia.

En ese primer acercamiento directo a la literatura prefirió narrar su oscuridad y no su luz. “Detrás de todo lo hermoso existe el dolor”, dijo en ‘Not Dark yet’. La frase podría ser perfecta a él, que pocas veces sonríe para sus admiradores, que casi no concede entrevistas, que a los 71 años ha sufrido dos divorcios y ha tenido cinco hijos. Detrás de tanto lirismo hay una mente atormentada, o al menos, con algo de tormento. En el libro ‘Bob Dylan, años de Juventud’, de Paul Williams cuenta que “comía poco y rara vez dormía, procedimiento operativo habitual de un consumidor de anfetaminas”. Le preguntaron si la droga influía en sus canciones y dijo: “no la composición de ellas. Pero me mantienen ahí arriba para poder sacarlas fuera”. En la lista de Dylan, Williams enumera todo tipo de anfetaminas y consumos ocasionales de opio, cocaína y heroína. También se ha narrado muchas veces el famoso encuentro de The Beatles y Dylan en un hotel en Park Avenue, en Nueva York. Dicen que el cantante llegó con una bolsa llena de marihuana para los otros. “Fumamos hierba, bebimos vino y vivíamos como rockeros. Estábamos de fiesta”, afirmó John Lennon en una entrevista y desde ahí Lennon y los demás dejaron de ser niños buenos, de sonar como buenos.

Desde niño había sido fiel a la lectura de la biblia y la influencia del libro se le notó en varias de sus letras. “El levítico y el deuteronomio, la ley de la selva y el mar. Son mis únicos maestros”, siempre en ese tono apologético o reverencial. Caminó entre una religión y otra, tal vez buscando una eternidad que ya se ha ganado con canciones. En 1997 hizo evidente su conversión al cristianismo cuando cantó frente al papa Juan Pablo II ‘Knocking On Heaven’s Door’. Entonces se desató una tendencia espiritual que lo hizo sonar como pastor o profeta, así él deteste que se lo digan.

Ahora no sé sabe muy bien en qué cree, pero sí lo que lee, lo que ha leído desde niño y a lo que no renuncia: Shakespeare, Rimbaud, Kerouac, Dostoievsky, Whitman, Eliot, Blake, Brecht, Alicia en el país de las maravillas. Todas esas influencias intentó plasmarlas en ‘Tarántula’, un libro de prosa poética que terminó convertido en una telaraña difícil de descifrar. Él mismo lo dijo: "Las cosas estaban fuera de control en aquel momento. No fue nunca mi intención escribir un libro”.

No por ese libro pero sí por los himnos que compone, lo han nominado en dos ocasiones al Premio Nobel de literatura y así, como siempre lo ha hecho por una cosa u otra, generó polémica. Esta vez lo hizo entre los puristas que cayeron alarmados frente a la idea de que un músico terminara quedándose con ese galardón. Nunca un músico ha estado tan cerca como él de ganárselo.

Así nunca lo haya dicho, Dylan debe ser consciente de que también quiso cambiar el mundo. Que creyó en hacer el amor y no la guerra, cuando esas cosas estaban cargadas de significado y no se habían convertido en las expresiones prostituidas por rebeldes sin causa, publicistas, ‘hipsters’, ‘vintage’ y medio planeta.

Dylan se quedó detenido en los 60 y cuando queremos algo de esos tiempos, lo buscamos en Youtube. Ya no con Long Play (LP), ya no en la radio, pero suena igual, suena a desorden, a pasiones, a buena música, a marihuana, a literatura de la más sutil y contundente. Porque Bob Dylan es el eterno joven, el eterno hippie, el eterno poeta.

 

 

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