En la boca del lobo

Günter Walraff, periodista alemán conocido por infiltrarse en instituciones para realizar sus reportajes, sugiere que no existe otro modo de conocer la verdad que haciéndose pasar por otro. ¿Hasta dónde es legítimo y ético ocultarse para informar?

El periodista Günter Walraff ha publicado, entre otros libros, ‘Cabeza de turco’ y ‘El periodista indeseable’. / Cortesía
El periodista Günter Walraff ha publicado, entre otros libros, ‘Cabeza de turco’ y ‘El periodista indeseable’. / Cortesía

Sería sencillo concluir que el periodismo encubierto no es ético porque, en últimas, alguien es engañado y el periodista, que se disfraza o que oculta medios de grabación para obtener información, aparece como un mentiroso. El conflicto, sin embargo, surge después de un justo análisis. Que un periodista entre en una zona prohibida para el público, sea disfrazándose o cambiando su identidad, es un hecho ambiguo: mientras quiebra el derecho a la privacidad de la persona a quien investiga, permite que el ciudadano común conozca una situación a la que de otro modo jamás tendría acceso. En suma, un periodista encubierto pega con una mano y acaricia con la otra. De allí, una pregunta esencial: ¿qué es más importante: el derecho a la privacidad o a la información?

Ambos conciernen a toda la sociedad y son derechos esenciales. Sin embargo, cuando se trata de información que involucra o tiene consecuencias sobre muchas personas, el derecho a la privacidad se atenúa. Un ejemplo claro es el reportaje que tres periodistas de la BBC realizaron sobre Corea del Norte fingiendo ser estudiantes de la London School of Economics (LSE). El claustro le pidió a la BBC que se disculpara por haber puesto en entredicho la calidad de sus estudiantes. Pero más allá de las implicaciones en contra de la escuela, el debate se centró en la cuestión de si es posible conocer la verdad en Corea del Norte sin acudir a estos métodos. ¿No se supone que un periodista no debe mentir al conseguir información ni al publicarla? Si el periodista no debe mentir, ¿cómo justificar que, mintiendo, consiga información de importancia pública? ¿Qué prevalece?

El periodista alemán Günter Walraff se ha formulado esos dilemas en varias ocasiones. En sus reportajes, desglosados en libros como Cabeza de turco, Nuestro fascismo de al lado, El periodista indeseable y Dominad la tierra, Walraff se ha hecho pasar por estudiante, alcohólico y trabajador, entre otros oficios o condiciones, para conocer el modo en que son tratadas estas personas. Ha entrado a lugares a los que un periodista, desde su computador y recibiendo los temas en su correo electrónico, no podría entrar.

Walraff, que comenzó en el periodismo cuando denunció los maltratos a los que había sido sometido en el ejército, piensa que en ocasiones los métodos tradicionales del periodismo no atrapan ciertas realidades y el retrato que tracen de ellas, sugiere, podría ser muy pobre.

“Esta forma de disfrazarse para entrar en situaciones —dice— es necesaria y es legítima. Muchas veces sólo puedes descubrir las cosas si entras en el círculo que quieres investigar. También es legítimo porque pasan cosas que la gente tiene derecho a saber. Esta forma de investigar, de ir al fondo, es imprescindible para encontrar la verdad. Tengo que sentir una situación para contarla en una forma auténtica”. ¿En realidad es imprescindible? Este es un tópico que genera más preguntas que respuestas. Los casos son muy diversos y, la mayoría de veces, tienen matices muy específicos. Como sucedió con el dirigente francés Georges-Pierre Tonnelier, quien dijo que se retiraba de la extrema derecha y fue descubierto incurriendo de nuevo en esas prácticas —algunas de ellas racistas— cuando una ONG creó un perfil falso y lo contactó. Descubrieron una verdad, sí, pero ¿no son discutibles los medios?

A propósito, Mario Morales, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad Javeriana, expone en su blog una serie de interrogantes: “¿Qué tanto altera la realidad que quiere presentar el reportero su presencia, la de una cámara, la de un agente externo? ¿Qué tan dirigida y qué tan espontánea resulta la narración?”. Al respecto, Walraff responde: “Eso depende mucho de cómo estás entrando en este rol. Lo hago con cuidado, sin cambiar la situación ni ser protagonista. Entro como un mero observador. Es un rol pasivo. Es uno entre varios. No hago discursos, más bien escucho. A veces pregunto para buscar qué piensa la gente, pero de ninguna manera intento manipular o crear una situación que, sintéticamente, no existe”.

En los últimos meses, a raíz de los casos mencionados, se abrió el debate en sitios como la Red Ética Segura, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), y la Red de Periodistas Internacionales (Ijnet). En esta última preguntaron a sus foristas si creían que tal práctica era legítima. Uno de ellos contestó: “Todo periodismo encubierto es antiético porque viola la intimidad de las personas. En un periodismo serio debemos cruzar información, datos. Precisamente ahí está nuestra habilidad. Los periodistas por definición somos investigadores”. Además de la tensión entre la vida privada y la pública —es claro que cuando un político gasta dinero público en asuntos personales el problema no es sólo suyo—, valdría preguntarse si el periodismo encubierto deja de lado la tarea de verificar y entregar información veraz.

No, dice Walraff. Pese a que entra en una escena, existen ciertos criterios que le permiten discernir la verdad. “Las personas que a veces gritan más fuerte que son objetivas —dice Walraff—, son las menos objetivas. Hay que ser realista. Una visión objetiva no existe. Soy subjetivo, pero hay que tener criterios para tomar decisiones y tener valores. Cada uno tiene sus puntos de vista, su subjetividad; somos seres sociales. Ya llevamos un paquete cuando entramos al periodismo. Pero hay que aprender los métodos de periodismo, hay que aprender ética, conocer la justicia, la honestidad, los derechos humanos, el respeto a la privacidad y los derechos del otro”.

La narración final puede ser verídica y rica en experiencias. Persiste, a pesar de todo, la probable ilegitimidad de esos medios para conseguirla. Javier Darío Restrepo, periodista y miembro de la FNPI, escribe en su consultorio ético que “el uso habitual de medios tramposos para conocer la verdad de los hechos, mina la credibilidad del periodista. Cuando algún lector conoce esos medios desleales, tiene el derecho a pensar que esa misma deslealtad se aplica en todos los casos. Sin embargo, hay estudiosos de la ética que encuentran lícito el uso de estos medios —cámaras escondidas, identidad falsa, etc.— cuando se dan dos condiciones: que la denuncia sea de alto interés social, y que no haya otro recurso posible para comprobar el hecho”.

Restrepo acepta que el periodista tiene un compromiso ineludible con la verdad. Dicha tarea debe cumplirse a través de medios “diáfanos y transparentes”, porque de no hacerse así produciría el efecto contrario: los lectores, al conocer sus métodos ilegítimos, podrían desconfiar de su versión. De modo que por buscar la verdad a costa de lo que sea, el periodista, en cambio, atentaría contra el derecho a la información de los ciudadanos.

Walraff sostiene que aparentar un rol es el único modo de penetrar ciertas instituciones. Sin embargo, ¿quién y cómo se determina qué información es en realidad difícil de conseguir? Antes de encubrirse, ¿se han probado todos los métodos legales para acceder a ella? ¿Hasta qué punto disfrazarse y engañar es sólo un atajo? Y, en ese caso, ¿es legítimo tomar el camino corto con tal de encontrar la verdad?

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