Bogotá black metal

En la anterior versión de Rock al Parque, un periodista escribió algo como: “Este país sufre tanto que por eso hay tanto metal”.

En medio del sufrimiento y la violencia, es posible que Rock al Parque sea el desfogue, la válvula de escape, una de ellas al menos. Puede ser. Pero después de la primera hora de “parceros, vamos a volver mierda esta vaina”, la cosa puede tornarse un poco monótona.

Este año, el cartel de bandas pesadas vino de nuevo con una buena dosis de improperios contra el Gobierno (aunque, ¿cómo no hacerlo?) y todos los demás poderes establecidos.

Por eso resultaron refrescantes, sorprendentes incluso, presentaciones de bandas como Aire como Plomo, que se tomó breves momentos para malograr el nombre de Monsanto y después corear con el público un emocionante “abajo el TLC”. Ninguna de éstas es una consigna nueva, pero sí un discurso diferente a los llamados a la destrucción per se que se dan silvestres en el festival. Activismo con 10.000 vatios de potencia, podría ser.

The Dillinger Escape Plan se encargó de cerrar la noche del sábado en el escenario Bio con un concierto profesional. Impecable, según el mismo público. No se esperaba nada menos de una banda llena de buena música.

Aunque otros grandes nombres del rock pesado han pisado el festival (Destruction y Carcass vienen rápido a la mente) lo de Inquisition el sábado en la noche fue hipnótico y magistral. Una agrupación que sólo es guitarra, voz y batería; las vocales vienen de parte del mismo guitarrista. Apenas dos hombres contra más de 40.000 metaleros sudados y con ganas de poguear.

Claro, el metal es agresividad y por momentos incluso violencia. Inquisition fue mucho más que eso, precisamente por no ser ninguna. Sí, la batería va a un ritmo desenfrenado, en el borde de los músculos y el oído. Pero su presentación estuvo llena de un cierto glamour poco convencional en un festival que por instantes presenta la cara más cliché del metal, y eso que se está hablando de músicos con la cara pintada, vestidos de negro con camisetas que llevan la efigie de Vlad Tepes, El Empalador. Dagon, vocalista y guitarrista, apenas saludó a la audiencia y durante una hora interpretó una música limpia, sin mayores pretensiones más allá de las notas mismas. Sólo guitarra y batería y una voz que descresta: no es grito, no es gutural, es una frecuencia muy particular, encantadora.

No fue una apuesta fácil, pues la banda es representante de una vertiente musical e ideológica extrema. El público los adoró y, con banderas en mano, pidieron Inquisition hasta el final. Una de las mejores actuaciones de un festival en el que, polémicas aparte, no sólo cabe rock hoy en día, sino géneros derivados y mezclas a kilómetros de distancia de lo más pesado. Esto fue black metal en su más puro estado. Una verdadera joya, incluso para quienes no militan en el black o en el metal, siquiera. Dos músicos, miles de fanáticos. Plenitud a toda máquina.

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